CAPÍTULO 35
UN RETRASO DE OCHO DÍAS
VERA
Mi menstruación se retrasa ocho días en noviembre.
No se lo cuento a Leo. Compro una prueba en Zaragoza entre dos reuniones y la llevo tres días en el bolso. Cada vez que la toco, aparecen dos futuros opuestos y ninguno cabe en mi agenda.
No hemos hablado de hijos. Hemos hablado de trenes, viajes y estantes de baño. La ausencia de conversación parecía prudencia hasta que deja de ser teórica.
El viernes llego a Los Abetos. Leo prepara la nueva temporada de nieve. Me besa, carga mi maleta y nota mi rigidez.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Su expresión cambia.
—Esa palabra ya nos ha costado suficiente.
Subimos al apartamento. Saco la caja del bolso y la dejo sobre la mesa.
Leo la mira. Se sienta.
—¿La has hecho?
—No.
—¿Quieres hacerla sola?
—No sé.
—¿Quieres que me vaya?
—No sé.
No me toca. Espera. Su miedo está allí, visible, y aun así me deja espacio.
—No sé qué quiero que salga —admito.
—Yo tampoco.
—Pensaba que tú querrías… familia, continuidad, todo eso.
—Quiero una vida contigo. No he decidido su forma sin preguntarte.
Lloro antes de abrir la caja. Leo me abraza. Hacemos la prueba juntos y esperamos tres minutos sentados en el suelo del baño.
Negativa.
El alivio llega primero. Después una pérdida extraña, la sombra de algo que no existía. Leo me pregunta qué siento. Se lo digo.
—Yo también —responde.
Nos quedamos en el suelo mucho tiempo.
—No quiero hijos ahora —digo—. Quizá nunca. No lo sé.
—Yo creía que sí quería. Ahora sé que quiero poder hablarlo antes.
—Muy poco romántico.
—Tengo un hotel. He aprendido que las previsiones optimistas son peligrosas.
Me río con la cara mojada.
Consulto a mi médica. El retraso parece relacionado con estrés y viajes. Revisamos anticoncepción y salud. Leo participa en la responsabilidad sin que yo tenga que pedírselo.
La experiencia no nos da una respuesta sobre hijos. Nos obliga a reemplazar suposiciones por preguntas.
En la cena del sábado, Inés coloca a Elena en mis brazos. La niña me agarra un dedo. No siento una revelación maternal. Siento ternura, miedo y libertad para no traducirlos de inmediato.
—Se te da bien —dice Leo.
—Solo está quieta.
—Eso no le ocurre conmigo.
Lo miro.
—¿Estás bien?
—Sí. Y si algún día cambia, te lo diré antes de resentirlo.
Nuestra regla, aplicada a un futuro que todavía no existe.
Esa noche colocamos la primera guirnalda de la temporada. Leo sube a la escalera y yo sostengo la base.
—¿Segura? —pregunta.
—Puedo sostener la luz.
Él sonríe desde arriba.
Un año atrás habría convertido cualquier incertidumbre en una salida.
Ahora puedo quedarme dentro de una pregunta sin exigir que me encierre.