CAPÍTULO 34
LA PUERTA CON SU NOMbrE
LEO
El despacho de Vera abre en octubre. Una placa pequeña dice FERRER HOSPITALIDAD. Debajo, Nuria ha pegado una nota: «No entrar sin datos o café».
—La placa es excesiva —dice Vera.
—La pagas con el alquiler.
—Entonces puedo quitarla.
—No.
—Propietario autoritario.
—Inquilina difícil.
Su empresa ocupa dos mesas y un armario.
Nuria trabaja desde Barcelona, pero pasa una semana al mes aquí.
Los clientes visitan el hotel y algunos terminan contratando retiros.
La frontera entre nuestros negocios produce oportunidades y riesgos.
Vera documenta cada recomendación con una obsesión que admiro.
Yo empiezo terapia.
No lo anuncio. Busco a una psicóloga en Zaragoza y hago sesiones por vídeo desde el despacho de Inés. La primera semana hablo del hotel. La segunda, de mi madre. La tercera, de por qué creo que descansar es una deuda que otro pagará.
Vera lo descubre cuando entra buscando una grapadora. Cierra la puerta enseguida. Después no pregunta hasta la noche.
—¿Quieres contármelo?
—No mucho.
—Vale.
—He empezado terapia.
—Me alegro.
—No porque esté roto.
—No he dicho eso.
—Ya.
Me toma la mano. No convierte el gesto en una lección.
Ese mes contratamos a Paula como directora de operaciones. Lleva quince años en hotelería, sabe más de reservas que Bruna y no se intimida cuando yo entro en su oficina.
—Si quieres revisar turnos, pide cita —me dice el primer día.
—Es mi hotel.
—Y esta es mi función.
Vera y ella se hacen amigas inmediatamente. Yo tardo una semana en dejar de revisar el informe nocturno. Dos semanas en pasar una tarde fuera. Tres en permitir que Paula gestione una queja sin intervenir.
El huésped recibe una compensación mayor de la que yo habría dado y publica una reseña excelente.
—No digas nada —le pido a Vera.
—Estoy pensando muy alto.
Nos reímos.
Una tarde, Vera cierra el despacho y deja la llave sobre mi palma.
—Mañana trabajo desde Barcelona. Vuelvo el martes.
—Lo sé.
—No has preguntado a qué hora.
—Me lo dirás cuando lo sepas.
—Ni has puesto cara.
—Tengo terapia.
Me besa.
—Estoy orgullosa de ti.
—No abuses.
Cuando se marcha, no entro en su despacho. La puerta con su nombre permanece cerrada y el hotel no pierde nada por contener un espacio que no controlo.
El martes vuelve a las cinco. Yo no la espero en el aparcamiento. Estoy reunido con Paula.
Vera entra, deja el bolso y me abraza por detrás.
—Has vuelto —digo.
—Y tú estabas ocupado.
—Qué decepción.
—Enorme.
Su puerta y la mía pueden cerrarse.
Lo importante es que ya no confundimos una puerta con una despedida.