El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

LA CASA QUE NO SE VENDE

VERA

Altura regresa en septiembre con una oferta mayor.

No compra la deuda. Escribe directamente a Inés y Leo: ocho millones cuatrocientos mil euros, permanencia de diez empleados durante un año y uso de la marca. El banco ya ha confirmado continuidad, el hotel mejora y, aun así, la cifra sería suficiente para cancelar préstamos y vivir sin preocuparse.

—Debemos estudiarla —dice Inés.

Leo se levanta de la reunión.

—No.

—Prometiste escuchar.

—He escuchado. Quieren lo mismo con un envoltorio más caro.

—Quiero saber qué significa para mi hija que rechacemos ocho millones.

Leo mira a la pequeña Elena, dormida en un moisés junto a la mesa. La discusión deja de ser abstracta.

Yo no debería intervenir como pareja ni como consultora contratada para operaciones. Recomiendo una valoración independiente y una reunión familiar con Julia.

—¿Tú qué harías? —me pregunta Leo esa noche.

—No soy dueña.

—No te pregunto profesionalmente.

—Profesionalmente es más fácil.

—Vera.

Me siento frente a él.

—Estudiaría la oferta. No significa aceptarla. Rechazar una cifra sin saber qué compras con la decisión también es miedo.

—¿Crees que debo vender?

—Creo que tú y el hotel seguís siendo la misma cosa. Eso no es sostenible aunque el negocio ya lo sea.

Leo se encierra en sí mismo. No discutimos; se vuelve educado, que resulta peor.

Durante la semana, el tasador recorre el edificio. Altura envía un proyecto nuevo: conservar restaurante, convertir el ala este en suites y construir cabañas en el bosque. Hablan de autenticidad con frases copiadas de la campaña.

Candela se enfada. Mateo quiere prohibirles la entrada. Bruna guarda la oferta en una ficha marcada como «huéspedes que no volverán».

Inés no es codiciosa. Está cansada de avalar deuda y teme que un mal invierno devuelva el peligro. Leo interpreta su prudencia como traición. Yo entiendo a ambos y no puedo resolverlos.

La reunión familiar ocurre en la 212. Julia presenta tres opciones: rechazar, negociar condiciones de continuidad o vender una participación minoritaria sin control.

—Altura no querrá una minoría —dice Leo.

—Entonces sabremos que no compra rendimiento, compra decisiones —responde Julia.

Inés propone negociar. Leo acepta con el rostro duro.

Después me encuentra guardando papeles.

—¿Estás de su parte?

—No hay partes.

—Siempre las hay.

—Eso te permite tratar cualquier desacuerdo como abandono.

—Y a ti te permite no elegir.

—Elijo no decirte lo que quieres oír.

Salgo de la habitación. Duermo en mi habitación facturada, no con él.

A las tres llaman a la puerta. Leo sostiene la servilleta enmarcada con el dibujo de su madre.

—He estado a punto de romper esto —dice.

—¿Por qué?

—Porque llevo años utilizándolo como una orden suya. Ella dibujó un salón, no mi condena.

Lo dejo entrar.

—No quiero vender —continúa—. Tampoco quiero que Inés sienta que su parte solo sirve para sostener mi decisión.

—Eso ya es elegir mejor.

—Y tú eres parte. No propietaria. Parte de mi vida.

La precisión importa. Me acerco.

—Yo tampoco quiero que vendáis a Altura.

Leo exhala, casi una risa.

—Podías haber empezado por ahí.

—Necesitabas llegar tú.

Nos abrazamos. La oferta sigue sobre la mesa. No desaparece por querernos.

A la mañana siguiente, Inés envía una contraoferta por el treinta por ciento, sin control operativo, con protección de empleo y límites de desarrollo.

Altura la rechaza en una hora.

La familia rechaza la compra en dos líneas.

Por primera vez, el no de Leo no es un acto solitario.