El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

AGOSTO SIN ARMADURA

LEO

En agosto el hotel está lleno y Vera casi nunca está. Su empresa ha contratado a Nuria, una analista de veintiséis años que mira las cifras con el mismo hambre que Vera y le recuerda comer con mensajes programados.

Yo trabajo más de lo acordado. Candela me descubre reparando una persiana a medianoche.

—Tomás entra a las siete —dice.

—Un huésped no puede dormir.

—Puede cambiar de habitación.

—Estamos llenos.

—La 212 tiene un sofá cama.

Me detengo. La sala de memoria ya no es intocable. Alojamos allí al huésped una noche, rodeado de fotografías. A la mañana siguiente deja una carta contando que su abuelo trabajó en el hotel en 1964.

Vera regresa el viernes. Encuentra la carta y la añade al archivo.

—Tomaste una decisión flexible —dice.

—No te emociones.

—Voy a documentarlo.

Está bronceada, cansada y preciosa. Subimos al apartamento antes de cenar. Me besa contra la puerta. Llevamos nueve días sin vernos y el cuerpo elimina conversación innecesaria.

Más tarde, desnudos en la cama, le cuento lo de la persiana.

—Sigues trabajando demasiado.

—Agosto es así.

—Todo mes tiene una excusa.

—No empieces.

—No quiero empezar. Quiero que vengas a Valencia conmigo la semana próxima. Mi madre alquiló el piso.

—No puedo irme en agosto.

—Dos noches.

—Estamos llenos.

—Precisamente. Hay ingresos y responsables.

Noto la trampa. También la verdad.

—Lo hablaré con Inés.

—No le pides permiso para reparar una persiana.

—Eso no requiere reorganizar turnos.

—La diferencia siempre favorece quedarte.

Vera se levanta y se pone mi camisa. La discusión amenaza con repetir Mallorca al revés.

—Quiero ir —digo—. Me da miedo que ocurra algo.

Ella se detiene.

—Eso es distinto.

—Lo sé.

—Gracias por decirlo.

Organizamos la ausencia. Inés se burla, Candela se declara capaz de sobrevivir cuarenta y ocho horas y Tomás esconde las herramientas.

Valencia me abruma de calor. La madre de Vera vive entre cajas, pero ha comprado un sofá y colgado tres cuadros. Cocina una paella discutible. Vera la deja hacerlo sin corregir. Paseamos por la playa y hablamos de proyectos. Su madre pregunta por la calefacción del hotel con interés genuino.

La segunda noche, recibo un mensaje: un huésped ha quedado encerrado en el ascensor. Candela ya ha llamado al técnico. No me pide nada.

Miro el teléfono durante un minuto. Después lo apago.

—¿Todo bien? —pregunta Vera.

—Lo estarán.

Nos bañamos de noche. Vera entra en el agua con ropa interior y yo la sigo. Ríe cuando una ola me golpea. No hay montañas, hotel ni nadie que me necesite.

Al volver a la arena, me tumbo a su lado.

—Podría acostumbrarme a esto —digo.

—No hace falta convertirlo en costumbre para que importe.

Tiene razón. Algunas cosas valen precisamente porque abrimos espacio para ellas.

En el viaje de vuelta, el ascensor funciona.

El hotel también.