El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

LA INSPECCIÓN SORPRESA

VERA

En julio, el banco envía un auditor sin avisar. Se llama Ernesto Moya y llega con traje azul, zapatos demasiado limpios y una reserva a nombre de una sociedad instrumental.

Bruna lo identifica en doce minutos.

—Ha preguntado por el índice de cobertura de deuda antes que por la contraseña del wifi —susurra.

—Quizá sea su forma de relajarse.

Leo quiere confrontarlo. Le convenzo de atenderlo como a cualquier huésped. La mejor prueba del plan es que funcione sin teatro.

Moya recorre instalaciones, revisa facturas y pregunta por la plantilla.

Encuentra el comedor cerrado el lunes y frunce el ceño.

Esa noche se sienta en la mesa común con una familia holandesa, dos senderistas y Maribel.

Mateo sirve tres platos. A las once, Moya sigue hablando de montaña con los senderistas.

Al día siguiente participa en el taller de madera porque se cancela una reunión. Fabrica una estrella torcida.

—No influirá en mi informe —aclara.

—Sería preocupante —respondo.

Las cifras sí influyen. La venta directa ha subido, las horas extra bajan, el margen del restaurante mejora y la campaña no ha canibalizado reservas normales. Moya detecta una desviación en mantenimiento. Leo admite que adelantó una reparación sin comunicarla.

—El tejado no entiende de calendarios bancarios —dice.

—Los convenios sí —responde Moya.

Intervengo antes de que conviertan una factura en un duelo.

—Actualizaremos el presupuesto y estableceremos un umbral de notificación.

Después, Leo me acusa de darle la razón al banco.

—La tenía en ese punto.

—Podías haberlo dicho en privado.

—La transparencia era parte del acuerdo.

—También eres mi pareja.

—Precisamente por eso no voy a decorar tus errores.

Se aleja enfadado. Yo temo haber confundido independencia con dureza.

Por la noche, Moya entrega una conclusión favorable condicionada a controles trimestrales. El crédito continuará después de los seis meses.

Encuentro a Leo en el almacén, guardando faroles.

—Lo siento por el tono —digo—. No por el contenido.

—Yo siento haber esperado que me protegieras de una consecuencia.

—Puedo protegerte y discrepar contigo.

—Lo sé. No siempre me gusta.

—Eso no estaba prometido.

Me entrega un farol.

—Moya ha dejado su estrella.

—Quizá vuelva.

—Dice que traerá a su mujer en Navidad. Sin traje.

Colgamos la estrella torcida en la sala de memoria. Junto a ella, una nota de Bruna: «Auditor. Dos almohadas. Le gusta el queso azul. Finge no divertirse».

Leo me abraza por detrás.

—Gracias —dice.

—¿Por contradecirte?

—Por no dejar que el hotel dependa de que yo siempre tenga razón.

Me giro y lo beso.

—Eso sería un modelo de riesgo extremo.

—Qué romántica.

—Me contrataste por esto.

—Inés te contrató. Yo te recogí descalza.

—Llevaba medias.

Hay discusiones que merece la pena conservar.