CAPÍTULO 30
LA PRIMERA PRIMAVERA
LEO
La nieve se retira y deja al descubierto todo lo que ocultaba: ramas rotas, pintura levantada, canalones torcidos. Vera dice que la primavera es una auditoría del invierno.
Abril supera la ocupación prevista. Mayo todavía asusta. Lanzamos fines de semana de cocina, rutas y trabajo remoto. No llenamos el hotel, pero dejamos de perder dinero cada día abierto.
Vera instala su mesa junto a la ventana del apartamento. Tiene dos pantallas, archivadores verdes y una taza que dice «No es personal, es Excel». Juro que no la compré. Bruna jura peor.
La presencia de esa mesa cambia el lugar. Hay papeles que no son del hotel, llamadas con otros clientes y una planta nueva que ambos recordamos regar. Vera no se ha mudado. Tiene ropa en un armario y libros en una estantería. A veces pasa diez días lejos. La llave sigue funcionando.
Un martes de mayo discutimos de verdad.
Ella acepta un proyecto de seis semanas en Mallorca sin hablarlo conmigo. Me lo cuenta mientras cenamos.
—Empiezo el lunes.
—¿Seis semanas?
—Volveré algunos fines de semana.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—Lo he firmado hoy.
—Después de firmar.
—Es mi empresa.
—Y esta es nuestra vida.
Vera deja el tenedor.
—¿Nuestra vida exige que pida permiso para trabajar?
—Exige que una ausencia de seis semanas sea una conversación.
—Sabía que intentarías convencerme de rechazarlo.
—No me diste la oportunidad de no hacerlo.
La pelea crece. Yo digo que siempre prepara la salida. Ella dice que he convertido una mesa en un ancla. Dormimos separados.
Por la mañana, el resentimiento sigue allí, frío y preciso. Recuerdo la regla.
—No quiero que rechaces Mallorca —digo—. Quiero importar lo suficiente para que me cuentes una decisión antes de cerrarla.
Vera cruza los brazos.
—Y yo no quiero que cada viaje parezca una amenaza.
—Entonces tendremos que practicar.
—O descubrir que esto no funciona.
La posibilidad me golpea. No la rechazo por miedo.
—También.
Ella se sienta. La dureza se le rompe en los ojos.
—No quería decirlo.
—Necesitamos poder decirlo.
Hablamos dos horas. Acordamos calendario, visitas y límites. Yo iré una semana a Mallorca en junio, dejando el hotel a Inés y Candela. Vera no modificará el contrato. Ninguno gana. Ambos permanecemos.
Las seis semanas son difíciles. Hay llamadas cortadas, vuelos retrasados y un fin de semana que no puede volver.
Yo viajo a la isla y descubro un complejo enorme donde nadie conoce el nombre de los huéspedes.
Vera se mueve allí con seguridad y cansancio.
La veo dirigir una reunión, desmontar una previsión falsa y defender a una gobernanta ante el propietario.
—Eres muy buena —le digo esa noche.
—Te lo dije en la carretera.
—Pensaba que era propaganda.
Nos reímos. Hacemos el amor con la ventana abierta y olor a mar, lejos de Los Abetos. Entiendo que puedo quererla también donde yo soy el visitante.
Cuando termina el proyecto, Vera regresa con un contrato nuevo y la decisión de contratar a una analista junior. Ferrer Hospitalidad deja de caber en una sola mesa.
—Podemos acondicionar el despacho pequeño del ala este —propongo.
—Con alquiler.
—Con alquiler.
—Y puerta.
—Que podrás cerrar.
—O dejar abierta.
La primavera no nos ha hecho fáciles.
Nos ha hecho capaces de elegirnos después de ver dónde fallamos.