El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

UNA EMPRESA CON UNA MESA

VERA

Ferrer Hospitalidad empieza en una mesa del comedor del apartamento, entre facturas de Leo y una cesta de mandarinas.

Mi primer cliente externo es una casa rural de Huesca. El segundo, un hostal urbano de Barcelona. El tercero quiere pagarme con participación futura y lo rechazo. Aprendo que dirigir mi trabajo incluye cobrarlo.

Los Abetos representa más de la mitad de mis ingresos. No me gusta depender del hotel que dirige mi pareja. Inés lo entiende.

—En junio reducimos horas —propone—. Para entonces habrás captado más clientes.

—¿Y si no?

—Entonces hablaremos. No te regalo seguridad y tú no nos regalas trabajo.

Por eso confío en ella.

Viajo cada semana. Tres días en Valdebruma, dos en Barcelona, uno en cualquier hotel que necesite una visita. Al principio la movilidad me resulta familiar. Después empiezo a notar la diferencia entre moverme porque puedo y hacerlo porque he llenado cada hueco.

Leo cumple la regla. Lo dice antes de resentirlo.

—Te echo de menos —me confiesa por teléfono una noche—. Y me enfada que llegues mañana y te marches pasado.

—Tengo una auditoría.

—Lo sé. No te pido que la canceles.

—Entonces, ¿qué hago con esto?

—Nada. Quería que lo supieras.

Me incomoda no tener una solución. Aprendo a responder sin defenderme.

—Yo también te echo de menos.

Al día siguiente llego tarde. Leo duerme. Me meto en la cama y él me rodea sin despertar. Por la mañana discutimos sobre café y terminamos haciendo el amor contra la encimera, con cuidado de no tirar la cafetera. Después me acompaña al coche.

—Vuelve el viernes —dice.

—El jueves si termino pronto.

—El viernes. Sin prometer lo que no controlas.

Lo beso.

En marzo llega el primer retiro. El salón está terminado: madera clara, chimenea, mesas móviles, tecnología discreta. Cuatro habitaciones del ala este abren con tejidos del pueblo y fotografías antiguas. Nada parece una copia del hotel de moda que Altura habría construido.

El estudio de diseño llega con veintidós personas. La pantalla falla durante la primera presentación. Antes de que Leo saque herramientas, Candela llama al técnico y traslada el grupo a una dinámica exterior. Él me mira.

—Estoy compartiendo.

—Te tiembla un ojo.

—Es crecimiento.

El retiro factura lo previsto. Además vende talleres, queso y una segunda estancia. La directora reserva para el año siguiente antes de marcharse.

Esa noche, el equipo se reúne en el salón. Mateo lleva champán no caducado. Inés participa con el bebé, Elena, dormida en brazos. Han elegido el nombre sin convertirlo en obligación: dicen que les gustaba.

Leo sostiene a su sobrina. La niña abre los ojos y él se queda inmóvil, aterrorizado y feliz.

—No se rompe —le digo.

—Tú tampoco parecías romperte.

—¿Perdón?

—Nada.

Le quito la copa antes de que derrame. Nos sentamos junto a la chimenea.

—Quiero poner una mesa para ti arriba —dice.

—Tengo una mesa.

—Está cubierta de mandarinas.

—Es un sistema de archivo.

—Una mesa de trabajo. No un despacho. No una exigencia.

Pienso en mi piso, en los trenes, en esta sala que existe porque alguien se atrevió a vender una promesa creíble.

—Sí —digo—. Una mesa.

Leo sonríe. No convierte mi sí en nada más grande.

Por eso puedo dárselo.