CAPÍTULO 28
ENERO SIN LUCES
LEO
El hotel parece más pequeño cuando retiramos la decoración. El árbol deja un círculo de agujas. Las guirnaldas entran en cajas. El tren vuelve al almacén.
Enero revela la operación sin brillo. Catorce habitaciones ocupadas entre semana, seis el domingo, cuatro cenas en el restaurante. Cerramos la cuarta planta y agrupamos huéspedes. Funciona. También obliga a admitir cuánto espacio calentábamos para nadie.
Vera regresa con el nombre de su empresa registrado: Ferrer Hospitalidad. Dice que es provisional. Todos empiezan a llamarla FH, lo que a Mateo le parece una marca de detergente.
Inés firma un contrato de tres meses para implantar el plan. Esta vez Vera tiene habitación facturada, alcance definido y una cláusula de conflicto. Duerme conmigo. El papel no finge lo contrario.
La primera semana discutimos por los horarios del restaurante. Ella propone cerrar lunes y martes, con una mesa común para huéspedes bajo reserva. Yo temo que parezca abandono.
—Abandono es tener un comedor vacío y un camarero esperando —dice.
—La gente espera servicio completo.
—La gente espera saber qué compra. Comunícalo bien.
Probamos. La primera mesa común reúne a nueve huéspedes y tres vecinos. Mateo sirve un menú único y termina sentado con ellos. Facturamos más que un martes normal con la mitad de horas.
—Odio cuando tienes razón —le digo en cocina.
—No puedes odiar cada día.
—Me adapto.
La financiación participativa alcanza ochenta y cuatro mil euros. Los Aguirre invierten diez mil; otras treinta familias aportan cantidades pequeñas. Julia revisa cada documento. No hay donaciones ni recompensas vacías: hay contratos.
El banco exige informes mensuales. Delego la preparación en Inés y Vera. La primera vez que recibo el documento final sin haber revisado cada celda, me sudan las manos.
—No se ha incendiado nada —dice Vera.
—Todavía.
—Confías en mí para dormir a tu lado, pero no para sumar ingresos.
—Dormida haces menos fórmulas.
Me besa para callarme. Funciona.
La convivencia parcial descubre rincones menos románticos. Vera deja vasos de agua por todas partes. Yo cuelgo ropa en el respaldo de las sillas. Ella necesita silencio al despertar; yo pongo radio en la cocina. Una mañana discutimos porque utilizo su champú.
—Cuesta treinta euros —dice.
—Es jabón.
—Fuera del baño.
Compro uno idéntico y descubro que no quiere el dinero: quiere que pregunte. Le cuento que en mi familia todo era de todos. Ella responde que en su infancia cada maleta tenía límites precisos. Llegamos a un acuerdo sobre estantes.
Parece ridículo. También parece vida.
A finales de mes, el técnico aprueba el inicio del ala este. Retiramos el suelo viejo. Bajo una tabla encuentro la servilleta donde mi madre dibujó el salón. Vera la enmarca y la cuelga en la entrada de obra.
—Para recordar la intención —dice.
—Y cambiar la ejecución.
—Exacto.
Le pongo un casco demasiado grande. Ella me coloca otro y nos hacemos una fotografía.
Esa noche recibimos la confirmación del segundo retiro, en abril. Hemos llegado a cien mil euros comprometidos.
El banco mantiene el acuerdo.
No abrimos champán. Bajamos al salón vacío, nos sentamos en el suelo y comemos peras al vino de un tarro mal etiquetado.
—Saben a margen del sesenta y cuatro por ciento —dice Vera.
—Saben a romero.
—Mateo te matará.
Apoya la cabeza en mi hombro. A nuestro alrededor hay polvo, herramientas y una obra que ya no es una deuda detenida.
Enero sin luces no resulta hermoso de la misma manera.
Resulta más verdadero.