El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

LOS DÍAS DESPUÉS

VERA

El veintiséis de diciembre, Los Abetos amanece bajo restos de papel de regalo y una resaca colectiva.

Mi madre se queda cuatro noches. Al principio pregunta por cada proceso del hotel y ofrece soluciones no solicitadas. Leo la escucha con respeto y aplica exactamente una. Ella parece desconcertada.

—No está acostumbrada a que la gente no te obedezca —le digo.

—Tú nunca lo hacías.

—Obedecía mucho. Solo aprendí a parecer independiente.

Paseamos por Valdebruma. Me cuenta que ha rechazado un contrato de dos años en Singapur. Quiere alquilar un piso en Valencia, cerca de su hermana. No sé cuánto durará. Decido no exigir garantías para permitirle intentarlo.

—Leo te quiere —dice frente a la panadería.

—Nos conocemos desde hace dos semanas.

—Yo me casé con tu padre a los seis meses.

—Un argumento pésimo.

—Precisamente. El tiempo no sustituye al criterio.

—¿Y cuál es tu criterio?

—Te mira como si quedarse no fuera algo que das por hecho.

Guardo la frase.

Cuando mi madre se marcha, abrazo su abrigo blanco y lloro. Ella también. Promete llamarme desde Valencia. Le pido que no prometa fechas que no controla. Acordamos una llamada cada domingo.

Después de Reyes, ayudo a Inés como amiga, no como consultora. Julia insiste en mantener la separación documental hasta que mi contrato con Lumen termine. Paso las mañanas leyendo, paseo por el bosque y descubro que descansar me pone de mal humor.

Leo me asigna tareas absurdas: probar colchones, elegir tazas, evaluar el chocolate. Sé que intenta darme un propósito sin pedirme trabajo gratis.

—La taza verde conserva mejor el calor —le digo.

—Decisión estratégica.

—Facturaré por horas.

—Te pago en tostadas.

Vivimos una intimidad nueva. Dormimos juntos casi todas las noches, hacemos el amor sin la urgencia del plazo y discutimos por cosas pequeñas: sus botas en la entrada, mi costumbre de responder correos en la cama, la temperatura del dormitorio.

Me gusta incluso enfadarme sabiendo que no debo hacer una maleta después.

El diez de enero conduzco a Barcelona. Leo me acompaña. En mi piso abre la nevera y contempla la mostaza.

—¿Así vive una experta en operaciones?

—Externalizo alimentación.

—Esto no es un hogar.

—No empieces.

—Es una observación.

—Suena a juicio.

Compramos comida, una planta y dos tazas. Leo coloca su cepillo de dientes en el baño. El gesto me produce más vértigo que la llave del apartamento.

Durante tres días, le enseño mi ciudad. Trabajo en el registro de mi empresa; él atiende el hotel por teléfono solo dos veces cada hora. Cenamos con Julia, visitamos un edificio que debo auditar para un posible cliente y dormimos con ruido de tráfico.

La última noche, Leo admite que no le gusta Barcelona.

—Demasiada gente.

—Esa gente paga hoteles.

—No digo que no sea útil.

—Qué generoso.

—Me gusta tu versión de aquí.

—¿Cuál?

—La que sabe dónde está todo y camina deprisa. No pareces de paso.

Me apoyo en la encimera.

—No quiero elegir entre esa Vera y la de Los Abetos.

—No te lo he pedido.

—Todavía.

Leo se acerca.

—Prometamos no pedirlo.

—Las promesas necesitan condiciones.

—Entonces hagamos una regla.

—¿Cuál?

—Decirlo antes de empezar a resentirlo.

Acepto. Nos besamos junto a la planta recién comprada.

Dos semanas después, cuando regreso a Valdebruma, descubro que la planta se ha secado.

Mantener algo vivo, al parecer, requiere más que intención.