CAPÍTULO 26
LA CENA QUE CABE
LEO
El pavo regresa a las ocho. El banco llama a las ocho y cuarto.
Vidal informa de que el comité concede seis meses de carencia, condicionados a alcanzar cien mil euros de financiación participativa y mantener los indicadores del plan. No venderán la deuda durante ese periodo.
—¿Es un sí? —pregunta Inés.
—Es tiempo —responde Julia.
Tiempo. Lo que no pude comprar para mi madre y lo que he pedido para el hotel. Esta vez viene con condiciones, intereses y una oportunidad real.
Reúno al personal en cocina. Les doy la noticia. Mateo abre champán reservado para una boda que se canceló hace dos años.
—Caduca —dice.
—El champán no caduca así.
—Entonces estaba esperando.
Brindamos. No prometo que todo será fácil ni que nadie tendrá que cambiar. Prometo compartir cifras cada mes y escuchar antes de decidir.
—¿Eso lo ha escrito Vera? —pregunta Candela.
—No.
—Se nota. Ella habría usado verbos mejores.
La cena reúne a huéspedes, personal libre, proveedores, mi hermana, Dani, la madre de Vera y nosotros.
Añadimos mesas hasta ocupar el comedor. Nadie queda fuera.
La idea de mi madre continúa sin exigir que trabajemos hasta rompernos: hay menú único, turnos claros y huéspedes que reservaron su plaza.
Vera se sienta a mi lado. Lleva un vestido rojo y la estrella de madera colgada al cuello con una cinta.
—Era para la chimenea —digo.
—La he robado.
—Tendré que cobrarla.
—Añádela a mi factura.
Durante los postres, Bruna pide silencio. Saca el cuaderno de mi madre y lee una nota de la primera Navidad del hotel: «Veintitrés huéspedes, doce sillas, comida para veinte. Ha cabido todo».
Miro las mesas unidas, las sillas distintas, el pavo cortado en la panadería, la gente que ha invertido, trabajado y regresado.
—Sigue cabiendo —dice Inés.
No puedo responder. Vera aprieta mi mano bajo el mantel.
Después de medianoche salimos al jardín. Candela reparte faroles. Esta ruta no figura en el programa y nadie la cobra. Es para nosotros.
Avanzamos hasta el lago. Mi madre habría llevado el primer farol. Esta noche lo lleva Inés. Dani camina a su lado. Vera y su madre van juntas, todavía con distancia, aunque al mismo ritmo.
En el arco de muérdago, la niña Ortega nos reconoce.
—La otra vez hicisteis trampa.
—Esta vez no —digo.
Vera alza una ceja.
—¿Quién te ha dado autoridad?
—La clienta.
La beso. El grupo aplaude. Vera me rodea el cuello y prolonga el beso hasta que los aplausos se convierten en risas.
—Muy profesional —murmuro.
—Ya no trabajo para ti.
—Mejor.
Junto al lago, le entrego una llave. No es un anillo ni una promesa desproporcionada. Es una copia de la puerta del apartamento.
—Para cuando vuelvas —digo.
Vera la sostiene en la palma.
—¿Y si no sé cuándo?
—Las llaves no caducan.
—Las reservas sí.
—La tuya está por determinar.
Sus ojos se llenan de lágrimas. Sonríe.
—Me quedaré hasta después de Reyes.
—¿Y luego?
—Luego me iré unos días. Y volveré. Y tú vendrás. Podemos dejar de exigirle a una sola fecha que resuelva toda la vida.
—Eso suena sensato.
—No te acostumbres.
La abrazo. Los faroles se reflejan en el agua y la nieve empieza a caer.
Por primera vez, conservar Los Abetos no significa inmovilizarlo.
Y querer a Vera no significa impedir que se marche.
Significa construir un lugar al que ambos podamos volver.