CAPÍTULO 25
NOCHEBUENA EMPIEZA TEMPRANO
VERA
Nochebuena en Los Abetos comienza a las seis de la mañana con Mateo insultando un pavo.
—No cabe —dice ante el horno.
—¿Ha crecido desde ayer?
—El proveedor mandó el grande.
—Córtalo.
Mateo me mira como si hubiera propuesto asesinar la Navidad. Leo entra, evalúa el ave y decide llevarla al horno de la panadería del pueblo. A las seis y veinte, Tomás conduce un pavo de doce kilos por una carretera helada.
No trabajo, oficialmente. En la práctica, ayudo a Bruna con llegadas, preparo tarjetas y enseño a una huésped a reservar la ruta en el nuevo sistema. Cada vez que abro una hoja de cálculo, Leo me la cierra.
—No eres consultora hoy.
—No sé qué soy hoy.
—Invitada.
La palabra me incomoda. Invitada significa que alguien espera que estés.
A media mañana, mi madre llama desde recepción. No por teléfono: está delante del mostrador con una maleta azul.
Me quedo inmóvil.
—Dijiste después de Navidad —dice—. He encontrado un vuelo antes.
Lleva un abrigo blanco demasiado elegante para la nieve y el cansancio de quien ha viajado sin dormir. Leo aparece detrás de mí.
—Mamá, él es Leo.
Ella lo estudia con rapidez profesional.
—El del hotel.
—El del hotel —confirma él—. Bienvenida a Los Abetos.
No pregunta cuánto se queda. Toma su maleta y pide a Bruna una habitación. Mi madre observa cómo el personal lo saluda, cómo él delega y cómo yo conozco el camino hacia el ascensor.
En la 212 le enseño la sala de memoria. Ella mira la tarjeta que envió desde Dubái dentro de la caja.
—¿Por qué está aquí?
—Porque era algo mío que quería guardar.
—Pensé que te parecería impersonal.
—Lo era.
Se sienta en la butaca.
—No supe hacerlo mejor, Vera.
—Eras excelente abriendo hoteles.
—Y creí que llevarte conmigo era incluirte.
—A veces lo fue. También fue no preguntarme si quería ir.
Mi madre asiente. No se defiende.
—He cancelado la inauguración de enero —dice—. Estoy cansada.
—¿De trabajar?
—De llegar siempre antes que todo el mundo y marcharme antes de que algo se convierta en hogar.
La frase me duele por lo familiar.
—Puedes quedarte aquí dos noches —digo—. Después veremos.
—Dos noches está bien.
No nos abrazamos todavía. Salimos juntas.
Leo espera en el pasillo con dos tazas de café. Le entrega una a mi madre y otra a mí, sin azúcar.
—La cena es a las nueve —dice—. Pero en esta familia probablemente empecemos a las once.
Mi madre mira nuestras manos cuando él roza la mía.
—¿Eres feliz? —me pregunta.
Miro a Leo, el pasillo de estrellas, el hotel que se prepara para una noche imposible.
—Estoy asustada.
—No es lo mismo.
—No —respondo—. Aunque se parece más de lo que esperaba.