El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

LA OFERTA DE LOS CINCUENTA INVIERNOS

LEO

La señora Ortega compra un bono de diez noches y exige que la ficha se guarde en papel. Un matrimonio que lleva cincuenta Navidades viniendo al hotel pide hablar conmigo.

Los Aguirre se sientan en el salón. Él utiliza bastón; ella lleva un broche con forma de acebo. Me muestran fotografías de su luna de miel, del primer viaje con hijos, de aniversarios y nietos. Los Abetos aparece detrás en todas.

—Tenemos ahorros —dice el señor Aguirre—. Queremos invertir.

—No aceptamos donaciones.

—No hemos dicho regalar. Queremos rendimiento, aunque sea modesto.

Vera no está en la reunión. Julia sí, por pantalla. Explica la posibilidad de un préstamo participativo con pequeños inversores, límites y riesgos. Los Aguirre proponen ser los primeros y ayudar a contactar con otros huéspedes fieles.

—No venda vuestra historia para tapar un agujero —advierte Julia—. Solo si el modelo puede devolverlo.

—Puede —dice Sergio.

La palabra cambia la sala.

Diseñamos una ronda limitada a cien mil euros, subordinada al acuerdo bancario y con interés ligado a ingresos. No sustituye el crédito; demuestra confianza y financia la reforma.

Cuando se lo cuento a Vera, está colocando la estrella de madera sobre la chimenea.

—Es posible —dice—. Pero hay que comunicar riesgos con claridad. Nada de llamar comunidad a esconder una inversión mala.

—Julia ha dicho lo mismo.

—Por eso te la recomendé.

—Y porque da más miedo que tú.

—Imposible.

La estrella queda torcida. La corrijo. Vera me corrige a mí. Al final la dejamos como estaba.

—Mañana es Nochebuena —digo.

—Sé utilizar un calendario.

—¿Te quedas a cenar?

—La habitación ya está cobrada.

—No es una respuesta.

—Sí.

La beso bajo la estrella.

—¿Y después?

—Tengo que volver a Barcelona unos días. Hablar con clientes, registrar la empresa, declarar en la investigación.

—¿Y después?

—Volveré para el retiro de marzo, si me contratáis.

—Te contrataremos.

—Debe decidirlo Inés y con presupuesto.

—Te contrataremos con presupuesto.

—Y antes de marzo vendré algún fin de semana.

—¿Por trabajo?

—No.

La respuesta me atraviesa con una felicidad casi dolorosa.

—Yo iré a Barcelona —digo.

—¿Puedes dejar el hotel?

—Estoy aprendiendo.

Esa tarde delego el cierre a Candela y subo a las nueve. Vera ha cocinado pasta. Está demasiado hecha y la salsa procede de un frasco.

—Mateo nos retirará la custodia de la cocina —digo.

—No puede saberlo.

Comemos frente a la chimenea. Hablamos de cosas pequeñas. Una serie que ella quiere ver. El barrio donde vive. Un bar de Bilbao que quizá ya no exista. La vida fuera de la emergencia empieza a dibujarse con detalles que no caben en un plan financiero.

Al acostarnos, Vera deja el teléfono en otra habitación.

Yo apago el transmisor durante una hora y se lo entrego a Bruna.

El hotel continúa funcionando.

Nosotros también.