El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

VOLVER NO ES INSTALARSE

VERA

La recepción aplaude cuando entramos. Yo considero regresar a Barcelona por pura vergüenza, pero Leo mantiene una mano en mi espalda y Bruna ya sirve cava.

—No he vuelto para celebrar mi despido —digo.

—Renuncia —corrige Candela.

—Ni mi renuncia.

—Celebramos que el coche ha subido —explica Mateo—. Era una apuesta.

Leo amenaza con despedirlos. Nadie le cree.

Inés me abraza. Tiene los ojos húmedos.

—Julia es magnífica.

—Y cara.

—La pagaremos.

—Eso esperaba.

No puedo trabajar en el informe ni participar en la negociación hasta que termine mi relación contractual con Lumen, pero sí puedo alojarme como particular.

Pago una habitación. Leo protesta. Insisto.

Bruna me entrega una llave del apartamento familiar y un recibo por «habitación 401, tarifa: una cena de Nochebuena».

—Esto no es contabilidad válida.

—Reclama a dirección.

Subo con Leo. En cuanto se cierra la puerta, me besa. La ternura del aparcamiento se convierte en hambre. Mi abrigo cae al suelo. Su jersey lo sigue. Llegamos al dormitorio dejando un rastro poco profesional.

—Te he echado de menos —dice contra mi piel.

Solo han sido dos noches. Parecen meses.

—Yo también.

Hacemos el amor deprisa al principio y despacio después. Leo recorre mi cuerpo como si comprobara que he vuelto entero. Yo lo sujeto cuando la emoción le vuelve torpes las manos. Al terminar, permanecemos abrazados.

—He renunciado a Lumen —digo al techo—. No a mi trabajo.

—Lo sé.

—Quiero abrir mi propia consultora.

Leo levanta la cabeza.

—¿Aquí?

La esperanza aparece demasiado pronto en su voz.

—No lo sé. Barcelona tiene clientes, contactos y mi vida.

—Claro.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de quien ya me ha construido un despacho en el ala este.

—Solo necesita una pared.

—Leo.

Se incorpora y apoya la espalda en el cabecero.

—No voy a pedirte que abandones nada. Pero tampoco fingiré que me da igual dónde estés.

—Podría trabajar por proyectos. Parte desde Barcelona, parte aquí.

—¿Quieres eso?

—Quiero averiguarlo sin convertirte en otro hotel al que llego por un contrato.

—Yo no soy un hotel.

—A veces cuesta distinguirlo.

Acepta el golpe con una sonrisa cansada.

—Justo.

Hablamos de trenes, alquileres y temporadas. No decidimos nada. Es nuevo para mí imaginar opciones en vez de una salida.

Por la tarde paseo por el mercado como visitante. Compro queso, una estrella de madera y un jersey ridículo para el bebé de Inés. La gente me saluda por mi nombre. Algunos agradecen la campaña. Otros ofrecen ideas que no he pedido.

En la plaza, Leo ajusta luces con Tomás. Me ve y baja de la escalera.

—No deberías trabajar —digo.

—Tú tampoco.

—Estoy comprando.

—Yo estoy colgando luces.

Le enseño la estrella.

—Para el apartamento.

—¿Nuestro apartamento?

—No abuses de una preposición.

La toma y la guarda en el bolsillo interior de su chaqueta.

—La pondremos esta noche.

No corrijo el plural.

Volver no es instalarse. Pero por primera vez, instalarse no suena a quedar atrapada.