El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

LA VÍSPERA DEL BANCO

LEO

La reunión es a las diez. A las nueve y media, el proyector decide actualizarse.

Antes habría intentado arreglarlo. Hoy le entrego el ordenador a Candela y reviso con Inés los argumentos.

Julia se conecta desde Barcelona. Tiene voz serena y ninguna paciencia para las respuestas vagas. Ha revisado el préstamo y detectado que el banco debe ofrecernos un periodo de subsanación antes de vender la deuda.

—Eso nos da treinta días, no seis meses —aclara—. El objetivo es utilizar esos treinta días para demostrar tracción y negociar.

—Tenemos cincuenta y dos mil en reservas —dice Inés.

—Necesitamos demostrar que no es un pico emocional navideño.

Presentamos contratos para primavera, costes reorganizados y el retiro de marzo. Sergio participa como autor del informe revisado. Ha eliminado la recomendación de despidos obligatorios y reconoce el plan de reducción natural.

—¿Lumen avala esta versión? —pregunta Julia.

—Mi firma es independiente —responde—. He solicitado retirarme de cualquier cuenta relacionada con Altura.

Me sorprende. Quizá Vera no era la única persona capaz de elegir.

Vidal llega por videollamada con dos miembros del comité. No sonríe. Yo empiezo hablando de errores: previsiones irreales, costes sin medir, exceso de control. Inés presenta cambios de gobierno. Sergio muestra números. Julia explica riesgos legales y alternativas.

Durante una hora, el hotel deja de ser una casa amenazada y se convierte en una empresa capaz de defenderse.

—La oferta de Altura elimina el riesgo para la propiedad —dice Vidal.

—Y transfiere el riesgo a veintiséis trabajadores y a proveedores del valle —respondo—. Nuestra propuesta paga la deuda. Solo necesita tiempo.

—El banco no financia impacto sentimental.

—No es sentimental. El impacto local sostiene demanda, reputación y suministro. Está valorado en el anexo cuatro.

Vera habría sonreído. Yo no.

El comité pide cuarenta y ocho horas. Mantendrá el crédito sin ejecutar hasta entonces. Es una victoria pequeña y agotadora.

Al terminar, todo el mundo me felicita. Yo miro el teléfono. Vera no ha llamado. Son las doce y media.

Marco su número. Salta el buzón.

A la una, la carretera se cierra por un accidente. A la una y diez, empiezo a caminar por recepción. Bruna me obliga a comer un sándwich. A las dos, Vera envía un mensaje: «Estoy bien. Tráfico parado a cuarenta kilómetros. No vengas».

La llamo.

—¿Dónde estás exactamente?

—Área de servicio de Monreal. Hay café y calefacción.

—Voy.

—La carretera está cerrada.

—Por la ruta del sur puedo llegar.

—Tardarías tres horas y mañana tienes el mercado.

—No me importa.

—A mí sí. Dijiste que ibas a compartir responsabilidades. Hazlo también conmigo.

Me apoyo en el mostrador.

—No sé hacer esto.

—¿Qué?

—Esperar a que alguien vuelva.

Su voz se suaviza.

—Yo tampoco sé que me esperen.

—Entonces tenemos una experiencia nueva.

—Ponle precio.

—Carísimo.

—Nos vemos esta noche. Te avisaré cuando avance.

Cumplo. No conduzco. Reviso el mercado, hablo con empleados y dejo el teléfono sobre cada superficie. A las cinco reabren la carretera. A las siete, Vera dice que entra en el valle.

Salgo al aparcamiento. Nieva. Espero cuarenta minutos sin abrigo adecuado porque la paciencia no incluye sensatez.

Los faros de su coche aparecen en la curva.

Vera aparca y baja. Lleva el mismo abrigo rojo del primer día, botas esta vez y una sonrisa cansada.

—Has conseguido subir —digo.

—He aprendido.

Corro hacia ella. Nos encontramos a mitad de camino y la abrazo con tanta fuerza que se ríe contra mi cuello.

—He vuelto —susurra.

—Lo sé.

La beso bajo la nieve, delante del hotel entero, porque Bruna ha colocado a media plantilla tras las ventanas.

Esta vez no hay reglas.