El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

ELEGIR SIN RED

VERA

Lumen mantiene la carta de intenciones con Altura.

Alicia me lo comunica a las nueve. A las nueve y doce envío mi renuncia.

No es un gesto heroico. Pierdo el bonus anual, el seguro médico y una carrera que he construido durante cinco años. Tengo ahorros para seis meses si no gasto demasiado. También tengo un expediente abierto que puede impedir que otra consultora me contrate pronto.

Cuando pulso «enviar», las manos me tiemblan.

Alicia llama enseguida.

—Retírala.

—No.

—Podemos apartarte de la cuenta de Altura.

—Ya estaba apartada. El problema es que no apartasteis a Altura de Los Abetos.

—El comité ha aprobado barreras.

—El banco recibió una oferta que el cliente no había compartido y adelantó su revisión. Puede ser coincidencia, pero Lumen ya no tiene credibilidad para certificarlo.

—¿Vas a tirar tu carrera por alguien a quien conoces desde hace diez días?

—No. La tiro, si quieres llamarlo así, por la profesional que quiero seguir siendo después de esos diez días.

Alicia guarda silencio.

—Eras la mejor —dice al fin.

—Sigo siéndolo.

Cuelgo antes de llorar. Luego lloro de todos modos, sentada en el suelo de un piso que nunca decoré.

Mi madre llama. No sé quién le ha contado nada; tal vez yo misma anoche, en un mensaje impulsivo.

—No entiendo por qué renuncias sin otro puesto —dice.

—Porque quedarme también era una decisión.

—Podías negociar.

—He negociado toda mi vida.

—Yo te enseñé a ser independiente.

—Me enseñaste a no necesitar a nadie. No es igual.

La frase nos deja a ambas en silencio.

—¿Quieres que vaya a Barcelona? —pregunta.

Es la primera vez que la oigo ofrecerse a venir.

—Quiero que vengas cuando puedas quedarte dos días sin mirar vuelos.

—Puedo intentarlo.

—Entonces ven después de Navidad.

No solucionamos treinta años en una llamada. Abrimos una puerta.

Después contacto con Julia Montes, abogada especializada en reestructuraciones hoteleras.

Coincidimos en dos proyectos y confío en ella.

Le explico el conflicto, le envío documentos públicos y le pido que represente a los Valdés si ellos aceptan.

Yo no puedo asesorarlos durante el preaviso de mi contrato, pero sí recomendar independencia.

—¿Te has enamorado? —pregunta Julia.

—He renunciado esta mañana. No me hagas diagnósticos adicionales.

—Eso es un sí con gastos jurídicos.

—¿Puedes ayudarlos?

—Si firman, sí. El banco debe justificar cualquier cesión y podemos pedir tiempo. También existe financiación participativa regional.

Le doy el contacto de Inés.

Al mediodía, Leo escribe: «Cuarenta y nueve mil. Vidal acepta vernos mañana».

Respondo: «He renunciado».

El teléfono suena de inmediato.

—¿Estás bien? —pregunta.

No dice enhorabuena ni me llama valiente. Pregunta lo que necesito.

—No lo sé.

—Voy a buscarte.

—Mañana tienes al banco.

—Inés puede dirigir la reunión.

—No. Leo, no abandones el hotel para demostrar que te importo.

—No intento demostrarlo.

—Entonces confía en que puedo pasar una noche sola.

Respira hondo.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Volverás?

Miro la nota sobre la mesa.

—Sí.

Esta vez la palabra no me asusta.

—Después de la reunión —añado—. Te llamaré antes.

—Te recogeré donde haga falta.

—Mi coche ya conoce el camino.

—Tu coche no conoce la pendiente.

Me río entre lágrimas.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana, Vera.

Deshago la maleta por completo. Luego vuelvo a llenarla con ropa para más de dos días.