CAPÍTULO 20
EL HOTEL APRENDE A PEDIR
LEO
La campaña recauda treinta y ocho mil euros en veinticuatro horas. No alcanza, pero convierte el miedo en trabajo.
Bruna llama a huéspedes antiguos. No lee un guion: recuerda aniversarios, hijos y preferencias. Candela coordina publicaciones. Mateo vende cien plazas para talleres y descubre que la gente pagará por verlo discutir con una masa.
—Podemos retransmitirlo —le digo.
—No pienso cocinar para una pantalla.
—Vera lo pondría en una hoja de ingresos.
—Vera tiene criterio.
Su nombre aparece en todas partes. En las fórmulas, en las tarjetas de la pared, en la nueva forma de reunirnos. No hace falta que esté para que el hotel haya cambiado.
El abogado de Inés confirma que Altura ha preguntado por nuestra deuda. El banco no ha vendido el crédito, pero podría hacerlo si incumplimos. Necesitamos que Vidal acepte seis meses de carencia y un calendario nuevo.
Sergio envía su borrador. Recomienda continuidad condicionada a reducir siete puestos y captar ciento veinte mil euros antes de marzo.
Reúno al equipo.
—Siete —digo.
Nadie habla.
—¿Cuáles? —pregunta Rosa.
—No especifica. Propone reducir equivalentes de jornada.
Antes habría rechazado el documento. Ahora pido los horarios.
Trabajamos dos horas. Encontramos jubilaciones próximas, dos contratos temporales que terminan, horas extra evitables y funciones que pueden compartirse con formación pagada.
Podríamos reducir cuatro equivalentes sin despedir a nadie de plantilla fija. Faltan tres.
—Yo paso a media jornada hasta verano —dice Bruna.
—No.
—Mi marido lleva dos años pidiéndome que trabaje menos.
—No quiero que sacrifiques sueldo.
—Quiero seguir teniendo recepción en julio. Y cobraré más si vendemos bonos, ¿no?
Vera había diseñado un incentivo por venta directa. Asiento.
Tomás propone externalizar guardias nocturnas compartiéndolas con dos hoteles del valle. Candela reorganiza actividades por reserva. El plan aparece de decisiones que no son solo mías.
—Lo presentaremos así —digo.
Inés me llama aparte.
—Estoy orgullosa de ti.
—No he hecho nada.
—Exacto. Has dejado que los demás lo hagan.
—No abuses.
Esa noche marco el número de Vera. Contesta al tercer tono.
—Hola.
—Hola.
Le cuento los avances. Ella escucha y hace preguntas sin cruzar la línea de asesorar. Cuando explico lo de Bruna, guarda silencio.
—Ha sido decisión suya —digo.
—Lo sé. Solo… cuídala.
—La cuidamos entre todos.
—Mejor.
—¿Qué pasará con Lumen?
—Mañana deciden sobre Altura. Si siguen, renuncio.
—¿Y si no?
—No sé si quiero volver.
Quiero decirle que venga aquí. No lo hago.
—¿Has pensado en Nochebuena? —pregunto.
—Todo el tiempo.
—Eso tampoco es una respuesta.
—La aprendí de ti.
Sonrío en la oscuridad.
—Vera, siento lo que dije. Sabes marcharte porque has tenido que hacerlo. No significa que no sepas volver.
Ella respira hondo.
—Yo también lo siento. Quedarte no convierte todo lo que pides en una obligación. Me asusté.
—Yo también.
—Muy eficiente por tu parte reconocerlo.
—Estoy aprendiendo.
Nos quedamos callados sin querer colgar.
—Buenas noches, Leo.
—Buenas noches.
Cuando termina la llamada, la habitación está vacía. No cierro la puerta.
No porque espere que aparezca. Porque algunas costumbres nuevas merecen conservarse.