El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

BARCELONA NO ENCAJA

VERA

Mi piso parece una habitación piloto: limpio, neutro y sin pruebas de que alguien tenga una vida dentro.

Dejo la maleta en el salón y no la deshago. En la nevera hay agua, medio limón y una mostaza caducada. Pido comida. Abro el portátil por reflejo y recuerdo que no puedo acceder al proyecto.

El silencio resulta ofensivo.

Mi madre llama desde Dubái. Le conté por mensaje que me habían suspendido, sin explicar a Leo.

—Podrías venir antes —dice—. Aquí necesitan a alguien para revisar operaciones.

—Estoy suspendida de Lumen, no disponible para tu hotel.

—Solo intento ayudarte.

—¿Sabes dónde he estado estas dos semanas?

Calla.

—En Aragón, ¿no?

—En Valdebruma. Hotel Los Abetos.

—Claro, cariño. He tenido días imposibles.

Durante años he aceptado que su trabajo ocupaba el espacio donde otras personas colocaban atención. Ahora veo el mecanismo con demasiada claridad.

—No voy a Dubái.

—¿Por qué?

—Porque no quiero seguir llegando a lugares de los que ya estás saliendo.

—Eso es injusto.

—Puede ser. También es verdad.

Mi madre respira al otro lado.

—¿Hay alguien en ese hotel?

—Sí.

—Ah.

Una sílaba llena de juicio.

—No he arriesgado el trabajo solo por un hombre —digo—. Lo he arriesgado porque mi empresa aceptó acercarse a un comprador mientras asesoraba al vendedor. Y porque tardé en admitir que mi vida también estaba dentro del informe.

—Siempre te implicas demasiado.

—Tú nunca te implicas el tiempo suficiente.

Colgamos mal. Me siento culpable y aliviada.

Al día siguiente, Recursos Humanos abre una investigación. Entrego correos, cronología y declaración. Reconozco la demora. También denuncio el conflicto de Lumen. Alicia me llama después.

—Podías haber hablado conmigo antes de escalarlo.

—Hablé contigo.

—Has puesto en riesgo una cuenta importante.

—Yo era responsable de otra cuenta importante.

—Un hotel pequeño.

—Un cliente.

—No seas idealista. En seis meses estarás en otro proyecto.

Miro la maleta cerrada.

—Ese es el problema.

—¿Qué quieres decir?

—Que llevo años pensando que poder irme siempre me hace libre. Últimamente solo me hace alguien que no deshace la maleta.

—Vera, no tomes decisiones emocionales.

—Las decisiones sin emoción también las toma una persona. Solo disimula mejor.

Le digo que presentaré mi renuncia si Lumen mantiene la carta con Altura. Alicia pide veinticuatro horas.

La campaña de Los Abetos se publica esa tarde. Candela me envía el enlace. Un vídeo muestra el lago, la cocina, las manos de Tomás reparando el tren y a Leo frente al ala este. Habla sin guion:

«No queremos que reservéis por pena. Queremos que vengáis porque aquí hacemos sitio. Estamos cambiando para poder seguir haciéndolo».

Las primeras cien reservas se venden en tres horas.

Escribo una felicitación en el grupo. Leo responde con un abeto y una bombilla. Nuestra intimidad reducida a dos iconos me hace sonreír y doler.

Por la noche reviso información pública del banco y de Altura. Encuentro que una filial compró créditos hoteleros en dos operaciones recientes. No demuestra que quiera adquirir la deuda de Los Abetos, pero convierte la prisa del banco en una pregunta razonable.

Envío el hallazgo a Inés desde mi correo personal, aclarando que no es asesoramiento, solo información pública. Le recomiendo un abogado independiente.

Después abro la maleta.

Saco la ropa, la cuelgo y encuentro la nota de Leo. La coloco sobre la mesa.

No es deshacerla para quedarme en Barcelona.

Es dejar de vivir preparada para huir.