CAPÍTULO 18
LA CARRETERA ABIERTA
LEO
Vera se marcha a las ocho. Lo sé porque oigo las ruedas de la maleta por el pasillo y permanezco de pie detrás de mi puerta como un cobarde.
Cuando salgo, la puerta del ascensor ya se ha cerrado.
Bajo por las escaleras. Llego al vestíbulo justo cuando la camioneta de Dani abandona el aparcamiento. Vera mira por la ventanilla. No sé si me ve.
Bruna coloca su ficha en el archivador.
—No digas nada —le advierto.
—No iba a decirlo.
—Eso es peor.
Paso el día ocupado. Sergio pide archivos, hace preguntas y propone soluciones rápidas. No es mala persona. Tampoco entiende por qué Maribel necesita un pedido mínimo en mayo o por qué cerrar el comedor dos noches exige hablar con el pueblo. Le explico. Cada explicación lleva la voz de Vera dentro.
A mediodía llega un correo del banco. Vidal adelanta la revisión al día veintiuno. Cuatro días.
—Altura ha renovado su oferta —dice Inés por teléfono—. Siete millones seiscientos. El banco la conoce.
—¿Cómo?
—No sé.
Sí sabemos. Lumen, el banco o algún intermediario. No importa quién haya movido el papel. Importa que nuestra deuda parece pequeña junto a una venta segura.
—Sergio terminará el informe —digo.
—Sergio acaba de preguntarme cuántos despidos aceptaríamos.
—No aceptaremos ninguno.
—Leo, escucha. Quizá haya que aceptar algunos para salvar el resto.
Aprieto el teléfono. Hace una semana habría colgado.
—¿Cuántos?
Inés tarda en responder, sorprendida.
—No lo sé. Quiero que lo estudiemos.
—Lo estudiaremos.
Al decirlo siento que algo cede. No es rendición. Es permitir que mi hermana cargue una parte.
Por la tarde reúno a los responsables. Les cuento la verdad: la deuda, la oferta, el plazo. Espero miedo. Recibo preguntas.
—¿Qué necesitamos vender? —pregunta Mateo.
—Sesenta mil euros en reservas anticipadas y compromisos para primavera. Además, refinanciación.
—La gente del pueblo ayudará —dice Candela.
—No vamos a pedir caridad.
—No. Vamos a vender cosas que quieren. ¿No era esa la idea?
Tomás propone bonos de estancias. Bruna, llamar a antiguos huéspedes. Mateo quiere lanzar los talleres y las conservas. Inés se conecta y organiza tareas.
Yo escucho.
La campaña nace sin que yo dé cada orden. «Los Abetos sigue encendido»: estancias futuras, rutas, retiros y experiencias locales. No hablamos de salvarnos por nostalgia; ofrecemos un hotel mejor.
A las seis, Candela necesita fotografías del ala este. A las siete, Maribel confirma cupos. A las ocho, Óscar promete terminar mesas si cerramos dos retiros. El pueblo entra en el plan como socio, no como decorado.
Abro el correo para enviar a Sergio las nuevas cifras. Encuentro un mensaje de Vera, dirigido a Inés, a mí y a él. Asunto: «Documentación de transición y riesgos de independencia».
Incluye fuentes, cálculos y una nota sobre la carta de intenciones entre Lumen y Altura. Pide que cualquier recomendación sea revisada por un experto externo sin relación con ambas compañías. No viola su suspensión: describe el conflicto y protege al cliente.
Al final hay una línea personal solo para mí: «Confiar no significa no comprobar. Comprueba todo».
La llamo. No responde.
Escribo: «La campaña sale mañana. Hemos repartido responsabilidades».
Veo los tres puntos. Desaparecen. Vuelven.
«Bien. No intentes hacerlo todo».
«Estoy aprendiendo».
«Yo también».
No pregunto si regresará. Ella no pregunta si sigo enfadado.
La carretera está abierta, pero entre los dos continúa habiendo una distancia que no se mide en kilómetros.