El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

LA SUSPENSIÓN

VERA

Alicia me aparta del proyecto a las cuatro y doce.

No levanta la voz. Eso lo vuelve peor.

—Has incumplido una norma básica —dice—. No por la relación, sino por tardar en comunicarla.

—Lo sé.

—Legal revisará tu trabajo. Hasta entonces no accedas a los archivos ni asesores al cliente.

—Necesitan entregar el informe en seis días.

—Asignaremos a Sergio.

Sergio es competente y no conoce el hotel. Necesitará una semana solo para entender por qué las horas de Candela no son un exceso fácil de borrar.

—Altura no puede estar cerca de esa revisión.

—No te corresponde decidirlo.

—¿Habéis firmado?

Alicia guarda silencio.

—Existe una carta de intenciones —admite—. Con barreras de información.

—Aceptasteis mientras yo trabajaba aquí.

—La dirección aceptó. Yo no participo en esa cuenta.

—Y me exigiste un escenario de venta.

—Porque era necesario.

—¿Altura tendrá acceso a mi borrador?

—No.

La pausa anterior hace que no le crea.

—Enviaré todo a Sergio —continúa—. Regresa a Barcelona mañana. Recursos Humanos te contactará.

—No abandonaré al cliente sin una transición.

—No tienes autorización para seguir trabajando.

—Puedo explicar el estado del proyecto.

—Una hora. Con Inés presente. Nada más.

Al colgar, permanezco sentada frente a la pantalla negra. He pasado mi carrera defendiendo procesos porque protegen a personas de decisiones caprichosas. Ahora el proceso me expulsa y la decisión caprichosa fue mía: creer que podía controlar cuánto sentía.

Leo espera fuera.

—Suspendida —digo.

—¿Despedida?

—Aún no. Mañana vuelvo a Barcelona.

Su rostro se cierra, no contra mí, sino para sostenerse.

—Puedes quedarte como huésped.

—No mientras otra persona revisa mi trabajo. Parecería que intento influir.

—¿Y nosotros?

—No lo sé.

—No es una pregunta profesional.

—Ahora no consigo separar nada.

Leo se aleja dos pasos. Apoya las manos en la mesa.

—Yo sí sé algo. Lo que pasó no desaparece porque Alicia te mande un correo.

—No.

—Entonces no me digas adiós como si fuera una incidencia.

—No estoy diciendo adiós.

—¿Qué estás diciendo?

No encuentro una frase que le prometa un futuro sin mentir. Barcelona, su hotel, mi empleo, su deuda: todo tira en direcciones distintas.

—Que necesito pensar fuera de aquí.

—Tú siempre sabes marcharte.

La herida detrás de las palabras no justifica el golpe.

—Y tú sabes convertir quedarse en una obligación —respondo.

Nos miramos, ambos arrepentidos y demasiado orgullosos para retirar nada.

—Haremos la transición a las seis —digo.

Leo asiente y sale.

Inés participa por videollamada. Le explico el modelo, los presupuestos, el calendario, los riesgos.

Sergio se conecta desde Madrid y pregunta si no sería más sencillo reducir plantilla un treinta por ciento.

Antes habría contestado con calma. Ahora debo recordar que no puedo defender una conclusión como responsable del proyecto.

—Los datos muestran que el ahorro puede conseguirse con cierres parciales y reorganización —digo—. Despedir reduciría capacidad en temporada alta y destruiría producto propio.

—Lo revisaré —responde.

Leo no habla. Cuando terminamos, se marcha sin despedirse.

Subo al apartamento y hago la maleta. Doblo ropa, guardo cargadores, retiro mis cosas del baño. Cada gesto me resulta conocido. He abandonado decenas de habitaciones. Siempre dejo la superficie vacía, las toallas juntas, la puerta cerrada.

Esta vez encuentro la nota de Leo junto al termo: «El puente aguanta. Desayuna».

La guardo en el bolsillo interior.

A medianoche alguien llama. Abro esperando encontrarlo. Es Bruna.

Trae una bandeja con cena y una ficha de cartulina.

—La reserva del coche para mañana —dice.

—Podías haberla metido en el sistema.

—Podía. No quería.

En la ficha ha escrito: «Vera Ferrer. Llegada: 12 de diciembre. Salida: por determinar».

—Bruna…

—Las fichas antiguas admiten correcciones.

Me abraza sin pedirme permiso. Después se marcha.

Como la cena fría, sentada sobre la maleta. La puerta de Leo permanece cerrada al otro lado del pasillo.

No llamo.

Él tampoco.