El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

UN DÍA LIbrE OBLIGATORIO

LEO

Vera trabaja con la mandíbula apretada y el café intacto. A las diez ha corregido el mismo párrafo cuatro veces. A las once responde a Mateo en francés. A las doce intento cerrar su portátil.

—¿Qué haces?

—Evitar un incidente diplomático.

—Tengo que entregar un borrador.

—Mañana.

—Esta noche.

—Alicia dijo mañana.

Vera me mira con sospecha.

—¿Has escuchado mi llamada?

—No. Has hablado dormida y recitado plazos.

No sonríe.

—Necesito concentrarme.

—Necesitas salir dos horas.

—No.

—Candela ha organizado una prueba de raquetas. Debes auditarla.

—Puedo auditar el parte de costes.

—No sin vivirla. Palabras de una consultora insoportable.

Gano por agotamiento. Media hora después caminamos sobre nieve virgen por una ruta corta encima del hotel. Vera lleva gorro rojo, gafas de sol y una mochila con el portátil que le obligo a dejar en recepción.

—Esto es secuestro —dice.

—Actividad de integración.

—No somos un equipo.

—Anoche ocupabas tres cuartas partes de mi cama.

—Eso no acredita competencias.

Candela finge no oír. Nos enseña a distribuir el peso y avanza delante. La subida exige atención. Vera deja de hablar de informes. Al alcanzar un claro, el valle aparece bajo nosotros, blanco y silencioso.

—Vale —admite—. Esto se vende.

—Has tardado cuarenta minutos en ponerle precio.

—Veinticinco euros, grupos de ocho.

—Ahí está.

Sacamos termos. Candela recibe una llamada y se aparta. Vera se sienta en un tronco. Le doy chocolate.

—¿Qué te ha dicho Alicia además del borrador?

Ella sostiene la taza con ambas manos.

—Que Altura quiere contratar a Lumen.

—Eso me lo contaste.

—Me preguntó si algo afectaba a mi objetividad.

—¿Y qué dijiste?

—Que no hay nada que altere mis cifras.

La respuesta no me gusta.

—No fue eso lo que preguntó.

—Lo sé.

Vera se quita las gafas. Tiene cansancio bajo los ojos.

—Debo declarar nuestra relación.

—Entonces declárala.

—Pueden retirarme del proyecto.

—Que lo hagan.

—No quiero dejarlo ahora.

—Otra persona puede terminar.

—No entendería lo que hemos construido.

—¿Y si ocultarlo invalida el informe?

Ella mira el valle.

—Pensaba contártelo hoy.

—Después de enviarlo.

—Antes.

—¿Por qué no ayer?

—Porque cada opción perjudicaba a alguien.

La honestidad me desarma y me enfada a la vez. Quiero decirle que tendría que haber confiado en mí. Sé que yo oculté la oferta y mantuve cerrada una habitación durante tres años.

—Lo declararemos juntos —digo—. Inés debe saberlo primero.

Vera asiente.

—Puede que me vaya mañana.

El miedo se instala bajo mis costillas.

—Sí.

—¿Eso es todo?

—Si te pido que arriesgues tu carrera para quedarte, seré exactamente el hombre que crees que soy.

—No sé qué hombre creo que eres.

—Uno que retiene.

Vera deja la taza y toma mi mano.

—Creo que eres un hombre que se queda. No es lo mismo.

Nos besamos en el claro. No para borrar el problema, sino para reconocerlo.

De vuelta, llamamos a Inés. Se queda en silencio dos segundos y después pregunta:

—¿Solo besos?

—Inés —gruño.

—Necesito valorar la gravedad del conflicto.

Vera se tapa la cara.

—Existe una relación personal —dice con profesionalidad admirable—. Recomiendo que otro consultor revise de forma independiente mis hipótesis antes de la entrega.

—Recomiendo que mi hermano no estropee esto —responde Inés—. Y sí, que alguien revise las cifras.

Acordamos documentarlo por escrito. Vera envía el correo a Alicia delante de mí.

La respuesta tarda siete minutos: «Suspende cualquier trabajo y llámame».

Vera cierra los ojos.

—Ya está.

—Has hecho lo correcto.

—A veces odio lo correcto.

La abrazo. Ella apoya la frente en mi hombro.

Por primera vez no puedo arreglar el problema, y quedarme a su lado tiene que bastar.