El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

LA MAÑANA SIGUIENTE

LEO

Vera duerme con una mano bajo la mejilla y la otra sobre mi pecho, como si durante la noche hubiera decidido comprobar que sigo aquí.

Yo llevo despierto veinte minutos.

No me muevo. La luz entra entre las cortinas y recorre su espalda desnuda. Debería pensar en el proveedor eléctrico, la reunión con el banco o el presupuesto del ala este. Pienso en que ha dicho sí a quedarse en mi cama y todavía no sé qué derecho me concede eso sobre la mañana.

Vera abre los ojos.

—¿Qué hora es?

—Las seis y cuarto.

—¿Por qué estás despierto?

—Porque diriges un régimen militar.

—Mi reunión es a las ocho.

—La mía a las siete.

Intenta incorporarse. La retengo por la cintura.

—Tienes cuarenta y cinco minutos.

—Cincuenta y siete.

—Tu cálculo incluye ducha.

—La tuya también.

La sonrisa que aparece en su cara elimina cualquier posibilidad de que salgamos pronto de la cama.

La beso. Esta vez hacemos el amor sin urgencia, aprendiendo. Vera se coloca sobre mí y marca el ritmo, el pelo cayéndole alrededor de la cara. Le sostengo las caderas y la miro hasta que se ruboriza.

—No dejes de mirarme —dice.

No lo hago.

Después compartimos la ducha. Ella insiste en que ahorramos agua. Yo le recuerdo que hemos tardado el doble. Salimos tarde y nos encontramos a Bruna frente al ascensor con dos cafés.

—No diré nada —promete.

—Ya lo has dicho todo —responde Vera.

Bruna le entrega una taza.

—Sin azúcar. Leo me ha dicho cómo lo tomas.

Vera me mira. Es un detalle pequeño. En su expresión se vuelve enorme.

—Gracias —dice.

Durante el día, respetamos las reglas. Ella entrevista, yo resuelvo operaciones. Comemos con el equipo sin tocarnos. Solo al cruzarnos en el pasillo, mi mano roza la suya. Vera continúa caminando, aunque curva los dedos hacia los míos durante un instante.

Por la tarde llega el correo de la empresa de Zaragoza. Confirman la pre-reserva y transfieren la señal si enviamos garantías antes del viernes.

—Primer retiro —anuncia Vera en recepción.

Todo el personal aplaude. Mateo abre una botella. Candela fotografía el momento. Vera intenta apartarse, pero la empujo suavemente hacia el centro.

—Es suyo —digo.

—Es de todos.

—Eso lo dices porque aún no has visto cómo celebra Mateo.

El cocinero la abraza y casi le rompe una costilla. Vera ríe. Después busca mi mirada entre los demás. No necesito besarla para saber que el logro nos pertenece de una forma privada.

Esa noche abrimos los números. Con el retiro, los talleres y una previsión prudente de experiencias, el déficit anual baja casi a la mitad. Falta financiación y renegociar deuda, pero por primera vez el borde no parece inevitable.

—Podemos salvarlo —digo.

Vera no responde enseguida.

—Podemos construir un escenario viable.

—Eso he dicho.

—No. Tú has dicho salvar, como si dependiera de una sola victoria. Habrá que cambiar precios, horarios, responsabilidades y hábitos. Tendrás que permitir que otros decidan.

—Lo haré.

—Ahora estás feliz. Quiero que lo recuerdes cuando duela.

—¿Tú qué recordarás?

Ella mira la pantalla.

—Que vine a hacer un trabajo.

La distancia regresa a su voz. Cierro el portátil.

—No vuelvas a esconderte ahí.

—¿Dónde?

—En el trabajo, cuando hablamos de nosotros.

—No sé qué somos.

—Podemos averiguarlo.

—Me voy dentro de ocho días.

—Sigues utilizándolo como respuesta para todo.

—Es una realidad.

—También lo es esto.

Le tomo la mano. Vera la mira como si fuese una pregunta más difícil que las ciento cincuenta y nueve.

—No te pido una promesa —digo—. Te pido que no finjas que no importa.

Ella entrelaza sus dedos con los míos.

—Importa.

Es poco y es mucho. Esa noche vuelve a mi cama. Cuando se duerme, entiendo que el problema ya no es que se marche.

Es cuánto de mí querrá llevarse.