El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

EL ALA DE LOS COMIENZOS

VERA

El presupuesto para acondicionar el salón del ala este es menor de lo esperado y mayor de lo disponible.

—Sesenta y ocho mil euros —digo—. Primera fase. Instalación eléctrica, suelo, chimenea, baños y accesibilidad.

Leo estudia las cifras.

—No los tenemos.

—Podemos conseguir treinta mil en reservas anticipadas si cerramos tres retiros. El proveedor acepta cobrar una parte a noventa días. Para el resto hay una línea regional de eficiencia energética.

—Tarda meses.

—Por eso necesitamos un puente con el banco.

—El mismo banco que espera el informe.

—El mismo.

Estamos solos en el salón, rodeados de muestras de suelo y planos.

Afuera nieva con calma. Hemos pasado la mañana diseñando un producto: tres noches, uso exclusivo del espacio, actividades locales, cocina de Mateo, alojamiento para veinticuatro personas.

La primera empresa interesada es un estudio de diseño de Zaragoza que busca fecha en marzo.

—Quieren verlo por videollamada esta tarde —digo.

—No hay nada que enseñar.

—Hay ventanas, chimenea y una promesa creíble.

—También un agujero donde debería haber una lámpara.

—No enfoques el techo.

Ensayamos. Leo describe la historia del ala y el paisaje; yo explico capacidades y calendario. Cuando el cliente pregunta por la filosofía del lugar, él habla de refugio, atención y comunidad. No menciona lujo. Cerramos una pre-reserva condicionada por ocho mil euros.

Al terminar, doy un pequeño grito.

—Eres muy ruidosa cuando un número te gusta —dice Leo.

—Es un número precioso.

—He visto números mejores.

—No en tus cuentas.

Me lanza una muestra de moqueta. La esquivo y le tiro un catálogo. En segundos estamos riendo entre papeles. Leo me atrapa por la cintura antes de que alcance otra muestra.

La risa desaparece.

—Horario laboral —digo.

—Son las seis y tres.

Miro el reloj. Tiene razón.

—Odio tu atención al detalle.

—La he aprendido de ti.

Me besa. No hay urgencia al principio. La construimos despacio, con la boca y las manos. Leo me sienta sobre una mesa de trabajo. Se coloca entre mis piernas y recorre mi espalda bajo el jersey.

—¿Aquí? —pregunto.

—Puedo parar.

—No era una queja.

Lo atraigo. Sus labios bajan por mi cuello, sus dientes rozan la piel y el placer me obliga a cerrar los ojos. Le quito el jersey. Debajo lleva una camiseta que desaparece después. Paso las manos por su pecho y la línea firme de su abdomen.

—Tanto mantenimiento tiene ventajas —murmuro.

—También sé arreglar cerraduras.

—Presumido.

Leo me quita el jersey y se detiene ante mi sujetador.

—Dime qué quieres.

La pregunta no es decorativa. Espera.

—A ti. Sin interrupciones.

—Eso último no puedo prometerlo.

—Cierra con llave.

Lo hace.

Cuando vuelve, me besa con menos paciencia. Desabrocha mis vaqueros y desliza la mano por debajo de la tela. El primer contacto me arranca su nombre. Leo observa mi cara mientras mueve los dedos, atento a cada reacción. Me tumba sobre la mesa, aparta planos y se arrodilla.

—Leo…

—¿Sí?

—No pares.

Su boca sustituye a su mano. El mundo se reduce a calor, madera bajo mi espalda y la presión exacta de su lengua. Me aferro al borde de la mesa, incapaz de controlar los sonidos. Cuando alcanzo el orgasmo, él me sostiene las caderas y espera a que vuelva a respirar.

Se incorpora con una sonrisa que debería resultar arrogante. Me parece devastadora.

—Ahora te toca dejar de pensar —dice.

—No estaba pensando.

—Otro número precioso.

Lo atraigo por el cinturón. Desabrocho sus pantalones y noto cuánto me desea. Leo cierra los ojos cuando lo acaricio. La vulnerabilidad de su expresión me enciende de nuevo.

—Tengo preservativos en mi cartera —dice.

—Consultor responsable.

—Director previsor.

Se lo pone. Me pregunta otra vez. Respondo rodeándolo con las piernas.

Entra despacio. La sensación me llena y me obliga a respirar contra su cuello.

Leo se detiene hasta que muevo las caderas.

Después encuentra un ritmo profundo, contenido al principio, más intenso cuando le pido que no se cuide tanto.

La mesa cruje. Afuera, la nieve cubre el hotel.

Dentro, él pronuncia mi nombre como si no fuera una despedida futura.

Llegamos casi juntos. Leo permanece sobre mí, apoyado en los antebrazos, respirando contra mi boca.

—La mesa entra en el presupuesto —digo.

—Ha superado la prueba de carga.

Nos reímos. Luego el silencio se vuelve íntimo de un modo que me asusta más que el sexo.

Leo me acaricia el pelo.

—Quédate esta noche conmigo.

—Compartimos apartamento.

—Sabes a qué me refiero.

Lo sé. Dormir a su lado. Amanecer sin fingir que ha sido una decisión aislada.

—Sí.

Nos vestimos y regresamos al ala principal por el corredor frío, tomados de la mano. Antes de entrar donde alguien pueda vernos, nos soltamos.

Esa noche, Leo no cierra la puerta de su dormitorio. Yo cruzo el pasillo.

Me recibe bajo el edredón y me atrae contra su pecho. No hacemos el amor de nuevo. Hablamos en voz baja: de Bilbao, de Barcelona, de lugares donde hemos vivido y platos que odiamos. Al quedarme dormida, su mano descansa sobre mi cintura.

Por primera vez desde que llegué, no sueño con marcharme.