CAPÍTULO 12
LA MESA DE ELENA
LEO
El domingo, Inés aparece sin avisar.
Llega en el coche de su marido, Dani, con un abrigo rojo, una barriga enorme y la expresión satisfecha de quien ha desobedecido a varias personas a la vez.
—El médico dijo que no condujera —explica—. No he conducido.
—Dijo que descansaras.
—He descansado todo el trayecto.
Dani me abraza y murmura que ha perdido la discusión antes de empezarla. Vera baja la escalera en ese momento. Mi hermana la mira, me mira y sonríe.
—Por fin nos conocemos en persona.
La abraza. Vera tarda un segundo en responder.
—No deberías haber viajado con este tiempo.
—Tú también hablas como Leo. Qué rápido.
Vera y yo intercambiamos una mirada. Las noticias han viajado más deprisa que la carretera.
Inés convoca una comida familiar en la mesa de la 212. Dice que si vamos a transformar la habitación debemos empezar utilizándola. Bruna añade platos, Mateo prepara canelones y Dani abre vino. Vera intenta excusarse.
—Trabajo.
—Eres la razón por la que estamos hablando del futuro —dice Inés—. Te sientas.
Comemos rodeados por los objetos de mi madre. Al principio me cuesta respirar. Después Inés cuenta que rompió el perfume de la cómoda a los once años y rellenó el frasco con agua. Yo recuerdo que mamá olió a alcohol diluido durante una semana. Dani se ríe; Vera también.
—¿Nunca celebrabais arriba? —pregunta ella.
—Mamá decía que una mesa vacía en el comedor era una familia sin sitio —responde Inés—. Cenábamos después del servicio.
—A veces a las dos de la madrugada —añado.
—Y abríamos regalos dormidos.
Vera escucha. Sé que compara nuestra Navidad tardía con sus vestíbulos de paso.
—¿Cuál era tu tradición? —le pregunta Dani.
—Cambiar de zona horaria.
Todos callamos un momento.
—Una vez celebramos Nochebuena en un avión —continúa—. La tripulación me regaló una cajita de bombones. Mi madre estaba dormida. Yo pensé que era emocionante.
—¿Y lo era? —pregunto.
—Tenía ocho años. Casi todo podía serlo.
Inés toma su mano.
—Este año cenas aquí.
Vera mira hacia mí.
—Entrego el informe el veintitrés.
—Nochebuena es el veinticuatro —dice mi hermana—. Las consultoras conocen el calendario.
—Tengo vuelo a Barcelona.
—Los vuelos se cambian.
—Inés —intervengo—. No la presiones.
—Tú calla. Has tardado cinco días en besarla.
Vera se atraganta. Dani mira su plato. Yo cierro los ojos.
—Bruna —digo.
—Candela —corrige Inés—. Bruna solo confirmó.
—No es asunto de nadie.
—En este hotel todo es asunto de todos. Es uno de nuestros defectos estructurales.
Vera se recupera y, para mi sorpresa, sonríe.
—Ya lo había registrado.
La comida se prolonga. Abrimos cajones, clasificamos fotografías y encontramos cuadernos con notas de mi madre. En uno hay recetas; en otro, nombres de huéspedes y pequeños detalles: «Los Carrasco prefieren dos almohadas. Alba tiene miedo a la oscuridad. Guardar estrella azul para Martín».
Vera pasa las páginas con cuidado.
—Esto es vuestra base de datos —dice.
—En papel —respondo.
—Y con una caligrafía horrible.
—Herencia familiar.
Propone digitalizar la información con permiso y utilizarla para personalizar futuras estancias. Inés sugiere exponer algunas páginas. La habitación empieza a convertirse en algo distinto delante de nosotros: no una tumba ni una habitación vendible, sino un lugar que explica la forma de atender.
Cuando terminamos, Vera guarda la tarjeta de su madre en una caja. La veo hacerlo y no pregunto.
Inés necesita descansar. Dani la lleva al apartamento de invitados que acabamos de liberar. Antes de irse, mi hermana me acorrala en el pasillo.
—No la castigues por poder marcharse —dice.
—No hago eso.
—Lo haces con todo el mundo.
—Tú te marchaste.
—Me casé y vivo a dos horas. Sigo siendo dueña de la mitad.
—No estaba hablando de acciones.
Inés me toca la cara.
—Mamá murió, Leo. Yo no te abandoné. Y querer algo fuera de este hotel no la traiciona.
Se aleja. Me quedo frente a la puerta de la 212.
Vera está dentro, colocando las estrellas de la cortina. Me acerco y la ayudo a enganchar una anilla.
—Tu hermana es sutil —dice.
—La familia no invirtió en sutileza.
—Me ha invitado a Nochebuena.
—Lo he oído.
—¿Tú quieres que me quede?
La respuesta es inmediata. Me obliga a contenerla.
—Sí.
—¿Aunque ya no trabaje para vosotros?
—Sobre todo entonces.
Vera baja las manos. La cortina queda torcida.
—No sé quedarme —dice.
—Puedes empezar con una cena.
Me mira con miedo, no a mí, sino a lo que implica aceptar.
—Lo pensaré.
—Es suficiente.
Le devuelvo sus propias palabras. Ella sonríe.
Terminamos de colocar las estrellas. Esta vez quedan rectas.