El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

CLÁUSULAS DE MADRUGADA

VERA

Mi capacidad para tomar decisiones responsables abandona el hotel a las doce y media.

La encuentro en el ascensor, justo cuando Leo y yo subimos al apartamento en silencio. Nuestros hombros se rozan. Ninguno menciona el beso. Las puertas tardan una eternidad en abrirse.

—Buenas noches —digo al entrar.

—Tenemos que hablar.

—Mañana.

—Has dicho mañana hace cuarenta minutos.

—Técnicamente ya lo es.

Leo se apoya en la puerta. Lleva la corbata floja y el primer botón de la camisa abierto. Mirarlo debería estar prohibido por el contrato.

—No voy a utilizar esto para presionarte —dice—. Ni con el informe ni con nada.

—Lo sé.

—Si quieres que no vuelva a pasar, no pasará.

—Eso no es lo que quiero.

Las palabras salen antes de que pueda negociarlas. Leo se queda quieto.

—¿Qué quieres?

—Que no complique el trabajo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Se acerca despacio. Tengo tiempo para detenerlo. En vez de hacerlo, levanto la barbilla.

—Podemos establecer reglas —digo.

—Claro. Eres buena con las reglas.

—Nada durante el horario laboral. Nada que afecte a decisiones. Nadie tiene que saberlo.

—Todo el hotel lo sabe.

—Nada que no sepan ya.

—¿Y cuando entregues el informe?

—Me voy.

La frase cae entre nosotros. Leo desvía la vista un instante.

—Eso también lo sé.

No quiero pensar en nueve días. Lo beso.

Esta vez no hay chaqueta, viento ni terraza. Leo responde con una mano en mi espalda y otra en la mandíbula. Me conduce contra la pared sin empujarme, dejándome la posibilidad de apartarme. No lo hago. Le desabrocho otro botón. Su piel está caliente bajo mis dedos.

—Regla uno —murmura junto a mi boca—. No estamos trabajando.

—Aprobada.

Me levanta por la cintura. Rodeo sus caderas con las piernas y se me escapa una risa sorprendida. Leo me lleva hasta el sofá, se arrodilla entre mis rodillas y me mira como si todavía esperara permiso.

La atención me conmueve más que la fuerza.

—Sí —digo.

Me besa el cuello. Sus manos avanzan por mis muslos, lentas, firmes. El deseo me vuelve impaciente. Tiro de su camisa, recorro el pecho que ayer ocultaba bajo capas de invierno. Cuando sus dedos alcanzan el borde de mi vestido, un golpe suena dentro de la pared.

Los dos nos detenemos.

Otro golpe. Después, el ruido agudo de una alarma.

Leo apoya la frente en mi hombro.

—Dime que no es el hotel.

—Es tu especialidad.

El transmisor cobra vida.

—Alarma de humedad en lavandería —informa Bruna—. Siento interrumpir la reunión.

—¿Por qué sigues despierta? —pregunta Leo.

—Por vocación periodística.

Él se incorpora, maldice y abrocha la camisa. Yo bajo el vestido.

—Regla dos —digo—. El hotel siempre interrumpe.

—Voy a venderlo.

—Ahora no puedo permitirlo. El plan está mejorando.

Bajamos a lavandería. Una manguera de la lavadora industrial se ha soltado y el agua cubre el suelo. Pasamos una hora con cubos, fregonas y toallas. La excitación se transforma en cansancio y humor.

A las dos, nos sentamos sobre una mesa mientras la máquina nueva termina un ciclo de prueba.

—¿Siempre es así? —pregunto.

—No. A veces se rompen dos cosas.

—Tu seducción es impecable.

Leo me ofrece una botella de agua. Bebemos por turnos.

—Podrías dormir en otro sitio —dice—. Mañana liberaríamos una habitación.

—¿Quieres que lo haga?

—Quiero que puedas decidir sin tenerme a diez metros.

—Si no pudiera decidir, habría cerrado mi puerta la primera noche.

—La dejaste abierta.

Lo miro.

—¿Cómo sabes eso?

—Dijiste que no la cerrara. Estabas dormida.

No recuerdo haber hablado. Sí recuerdo muchas habitaciones nuevas, puertas que mi madre cerraba al salir hacia una reunión y el sonido del ascensor llevándosela.

—Yo te tapé —añade—. Nada más.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque no me estás contando que eres de fiar. Estás haciendo cosas que lo demuestran.

Leo deja la botella. Su mano cubre la mía sobre la mesa.

—Tú también.

La alarma permanece callada. Lo beso despacio. No intentamos volver al sofá ni convertir la madrugada en otra cosa. Nos quedamos en lavandería, con los dedos entrelazados, hasta que la máquina termina.

Al subir, cada uno entra en su dormitorio.

La puerta de Leo queda abierta.

La mía también.