El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

EL BAILE DE LOS PROVEEDORES

LEO

Cada jueves antes de Navidad, el hotel invita a cenar a sus proveedores. Mi madre lo llamaba reunión anual. Mateo lo llama la noche en que alimentamos gratis a quienes ya cobran por traernos comida.

Este año Vera propone convertirla en una sesión de trabajo. Nadie debería divertirse con rotuladores tanto como ella.

—Si van a formar parte de los paquetes, necesitamos precios, cupos y compromisos —explica.

—También podríamos ofrecerles una copa antes de pedirles que firmen —digo.

—Dos después.

—Una antes.

—Media.

—No sabes negociar vino.

Acabamos sirviendo una copa. Maribel ofrece visitas a la quesería; Óscar, talleres de madera; la tienda de lana acepta demostraciones. El hotel gestionará reservas y cobrará comisión. A cambio, garantizamos grupos pequeños y transporte compartido.

Vera dirige la mesa sin adueñarse de ella. Pregunta, toma notas, detecta límites. Cuando Maribel dice que no puede recibir más de diez personas, Vera no intenta persuadirla: aumenta el precio y convierte la escasez en valor.

—Esa chica da miedo —me susurra Óscar.

—Lo sé.

—Te gusta.

—Bebe.

Después de cenar, Candela aparta mesas y pone música. Nadie me avisó de que habría baile. Probablemente sí me avisaron y lo olvidé entre el transformador y el banco.

Vera permanece junto a la chimenea con una copa. Lleva un vestido verde oscuro que le deja los hombros al descubierto. No la he visto salir del hotel para comprarlo y decido que no necesito comprender la logística.

Mateo me empuja por la espalda.

—Invítala.

—No.

—Entonces lo haré yo.

Lo sujeto del cuello del jersey.

—Ni se te ocurra.

—Interesante.

Me libero de él y cruzo el salón. Vera me ve llegar. La luz del fuego colorea su piel.

—Parece que vienes a comunicarme una avería —dice.

—Baila conmigo.

—Eso ha sonado más a orden.

—¿Quieres bailar conmigo?

—No especialmente.

Le ofrezco la mano. La mira durante tres segundos y la acepta.

La canción es lenta. Coloco una mano en su cintura y ella apoya la suya en mi hombro. Al principio deja una distancia prudente. Cuando una pareja nos obliga a movernos, se acerca.

—No sabía que bailabas —dice.

—Hay muchas cosas que no sabes.

—Tengo ciento doce preguntas.

—Ciento cincuenta y nueve, después de la lista urgente.

—Has prestado atención.

—A todo.

La frase cambia el aire. Vera levanta la vista. Mi mano nota el movimiento de su respiración.

—Leo…

—Sigues enfadada.

—Menos.

—Te dije que eras eficiente.

—No lo estropees.

La hago girar. Se ríe al volver contra mí. Durante una canción, no existen préstamos ni informes. Solo su mano entre la mía y la forma en que confía el peso cuando la conduzco.

Al terminar, los proveedores aplauden. Vera se aparta, ruborizada.

—Esto no cambia nada —dice.

—No sabía que estábamos cambiando algo.

—Exacto.

Sale a la terraza. La sigo después de darle un minuto. Está apoyada en la barandilla, mirando la nieve.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Le pongo mi chaqueta sobre los hombros. Vera no protesta.

—Mi madre me ha escrito —dice—. Quiere que vaya a Dubái en enero.

—¿Irás?

—No lo sé. Lleva toda la vida invitándome a llegar cuando está a punto de marcharse a otro sitio.

—Podrías pedirle que vaya ella.

—Lo he hecho. Siempre hay una apertura.

—Entonces sabe lo que es importante.

—Sí. El próximo hotel.

Me apoyo a su lado.

—Yo hice lo contrario. Cancelé todo lo próximo para quedarme con lo anterior.

—Quizá ninguno eligió del todo.

—Tú sí puedes.

Vera vuelve el rostro. Estamos solos, ocultos por la puerta y la noche.

—¿Elegir qué?

—Ahora mismo, besarme o volver dentro.

No me muevo. Quiero que no haya dudas ni tormentas a las que culpar.

Ella deja la copa en la barandilla. Después agarra mi jersey y me atrae.

El primer beso es frío por el aire y cálido por todo lo demás. Vera roza mi boca con cautela, como si comprobara una cifra. La cautela dura poco. Le sujeto la nuca y profundizo el beso. Ella se pega a mí, abre los labios y el sonido que deja escapar me borra cualquier intención de ser prudente.

La beso hasta que ambos respiramos deprisa. Su espalda choca con la pared de madera. Mis manos recorren su cintura bajo la chaqueta y se detienen donde empieza la piel desnuda.

Vera abre los ojos.

—Esto es una idea terrible.

—La peor de la semana.

—Y ha caído un árbol sobre un transformador.

—Competencia dura.

Ella sonríe contra mi boca y vuelve a besarme.

La puerta se abre. Candela asoma la cabeza, nos ve y la retira.

—No he visto nada —anuncia hacia el salón—. Bruna, me debes veinte euros.

Vera esconde la cara en mi pecho.

—Voy a despedirlos a todos —murmuro.

—No entra en el plan.

—Haré un anexo.

Nos separamos. Le acomodo la chaqueta. Ella recoge la copa, todavía con los labios hinchados.

—Mañana hablamos —dice.

—O esta noche.

—Mañana.

Regresa al salón. Yo me quedo fuera para recuperar una respiración aceptable.

En el cristal veo el reflejo del muérdago que alguien ha colgado sobre la puerta.

Esta vez la tradición no ha necesitado ayuda.