El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

DESPUÉS DE LA LUZ

VERA

Existe un momento exacto en el que una casi besa a un cliente dentro de un cobertizo y debe elegir entre reconocerlo o dedicar toda su energía a fingir que los labios no tienen memoria.

Yo elijo una tercera opción: trabajar hasta las tres de la madrugada.

Al despertar, Leo ya no está en el apartamento. Ha dejado café en un termo y una nota: «El puente aguanta. Desayuna». Debajo hay una flecha hacia un plato cubierto con un paño.

No desayuno. Me llevo la tostada al despacho, lo que técnicamente cumple la orden sin concederle autoridad.

El hotel amanece cansado y de buen humor. Los huéspedes hablan del apagón como si hubieran pagado por vivirlo. Las fotografías de la cena junto al fuego circulan en redes y el teléfono recibe reservas para la ruta de faroles. Candela me enseña las cifras con una sonrisa triunfal.

—No vamos a provocar otro corte para promocionarnos —le advierto.

—Solo uno pequeño.

—No.

—Media planta.

—Candela.

Se marcha riéndose. Leo entra por la puerta lateral con nieve en los hombros. Nos miramos. El vestíbulo entero parece bajar el volumen, aunque sé que es mi imaginación.

—Buenos días —dice.

—Buenos días.

—¿Has desayunado?

Levanto la tostada.

—¿Eso cuenta?

—Para Mateo, no.

—No se lo diremos.

La conversación es tan normal que resulta obscena. Anoche estuvimos a centímetros de besarnos. Hoy hablamos de pan.

—Sobre lo de fuera… —empieza.

—Funcionó bien el protocolo.

Leo ladea la cabeza.

—No me refería al protocolo.

—Tenemos una reunión con el banco en cuarenta minutos.

—Vera.

Bruna aparece con un paquete y una habilidad sobrenatural para interrumpir.

—Esto es para ti —me dice.

Mi madre ha enviado una caja desde Dubái. Dentro hay dátiles, un pañuelo de seda y una tarjeta impresa por el hotel que está inaugurando. «Feliz Navidad, cariño. Espero que tu proyecto vaya de maravilla. Quizá vengas en enero».

No pregunta dónde estoy. Debí de mencionarlo en un mensaje que no leyó.

—Qué bonito —dice Bruna.

—Sí.

Cierro la caja. Leo no comenta, pero ve demasiado.

La videollamada con el banco reúne a Inés, Leo, Alicia y a mí. Presento hallazgos preliminares: capacidad de reducir costes sin despidos estructurales, nuevos ingresos por experiencias, reforma por fases. El director de riesgos, señor Vidal, escucha con una cortesía opaca.

—Necesitamos garantías —dice—. El hotel no ha cumplido el plan anterior.

—Porque el plan anterior preveía ocupaciones irreales y no modificaba operaciones —respondo—. Este se basará en demanda demostrable.

Alicia interviene.

—Vera aún está en fase de diagnóstico. No podemos anticipar que la continuidad sea la recomendación final.

Leo se queda quieto a mi lado.

—No he anticipado eso —digo—. He descrito oportunidades verificadas.

—Esperaremos el informe —concluye Vidal.

Después de colgar, Inés nos pide cinco minutos a solas. La pantalla muestra su salón y una barriga cubierta por un jersey rojo.

—Alicia me ha caído fatal —dice.

—Es muy buena —respondo por hábito.

—No son incompatibles.

Leo camina hacia la ventana.

—Altura está detrás.

—No lo sabemos —digo.

—Tu jefa ha recordado al banco que puedes recomendar cerrar cuando estabas explicando cómo evitarlo.

—Ha protegido la posición de Lumen.

—¿Y tú qué proteges?

La pregunta me irrita porque no tengo una respuesta sencilla.

—La calidad del análisis.

—Eso no es un sitio donde vivir.

Inés pronuncia su nombre con advertencia. Leo sale del despacho.

—Lo siento —dice ella—. Está asustado.

—No soy un saco contra el que practicar.

—No. Y tiene que aprenderlo.

Termino la llamada y encuentro a Leo en el ala este. Ha llevado herramientas al salón y retira clavos del suelo.

—¿Qué haces?

—Algo que puedo arreglar.

—Tu especialidad.

Deja el martillo.

—No debí hablarte así.

—No.

—Cuando Alicia ha dicho…

—Sé lo que ha dicho.

—He pensado que todos estáis esperando a que fallemos.

—Yo llevo una semana buscando cómo no hacerlo.

—Lo sé.

—¿Lo sabes o te conviene saberlo cuando estamos a solas?

Leo se acerca. No tengo espacio para retroceder sin tropezar con las tablas.

—Lo sé —repite—. Y anoche quise besarte.

Mi enfado pierde el equilibrio.

—Eso no es una disculpa.

—No. Es otra cosa que también debía decir.

—Trabajo para tu hotel.

—Lo sé.

—Vivo en tu apartamento.

—También lo sé.

—Y en once días entregaré un informe que puede cambiar tu vida.

—Nueve.

—No mejora nada.

—No intento mejorarlo. Intento no mentirte.

Lo miro. Leo espera sin tocarme. Esa contención es más peligrosa que cualquier avance.

—Yo también quise —admito.

Sus ojos bajan a mi boca.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy enfadada.

—Puedo esperar.

—No te he prometido que se me pase.

—No. Pero pareces eficiente.

Cojo el martillo y lo dejo lejos de su mano.

—Reunión a las cuatro. Necesito presupuestos reales para este salón.

—Los tendrás.

Salgo con la sensación de haber ganado una discusión que no me deja ninguna paz.

En el pasillo abro la tarjeta de mi madre, la leo otra vez y la guardo en un cajón de la 212.

Por primera vez, prefiero dejar algo en un lugar al que pienso volver.