CAPÍTULO 8
LA TORMENTA TIENE NOMbrE
LEO
El parte meteorológico bautiza la borrasca como Ofelia. Bruna afirma que poner nombres a las tormentas solo sirve para que una pueda insultarlas con precisión.
A las seis de la tarde, el puerto cierra. A las siete, se corta la línea telefónica. A las ocho y doce, un abeto cae sobre el transformador auxiliar y medio hotel queda sin electricidad.
Vera está conmigo en recepción cuando las lámparas se apagan.
—¿También forma parte de la experiencia? —pregunta.
—Esta vez cobraremos suplemento.
El generador entra, pero solo alimenta cocina, recepción, bombas y luces de emergencia. Organizo al personal. Vera abre su portátil y convierte una hoja de cálculo en un centro de control: habitaciones, necesidades médicas, niños, movilidad reducida, radiadores, mantas.
—No tenemos red —le recuerdo.
—La batería funciona sin internet. Es tecnología del futuro.
—Bruna preferirá sus fichas.
—Esta noche le permito conservarlas.
No entra en pánico. Tampoco estorba. Recorre plantas con Candela, informa a huéspedes y consigue que la interrupción parezca una aventura programada. Mateo traslada la cena al salón principal y sirve sopa junto a la chimenea. Alguien saca una guitarra. Los niños construyen fortalezas con cojines.
Durante dos horas, Los Abetos funciona con fuego, linternas y personas que saben improvisar.
El problema llega desde la cuarta planta: la temperatura baja demasiado. El circuito de calefacción necesita más potencia de la que el generador puede sostener.
—Tenemos que reagrupar —dice Vera—. Las habitaciones del ala sur conservan calor. Movemos a doce familias y cerramos la cuarta.
—No caben.
—Sí caben si convertimos el salón del segundo piso y ofrecemos habitaciones compartidas voluntarias a grupos que viajan juntos.
—Se quejarán.
—Se quejarán más si se congelan.
Tiene razón. Lo hacemos. Vera comunica cada cambio sin minimizar el problema, ofrece compensaciones razonables y consigue voluntarios. Los Ortega aceptan otra noche extraña con un entusiasmo que me resulta sospechoso.
—Esta vez queremos dos botellas de vino —dice la señora Ortega.
—Una —negocia Vera—. Y desayuno en la habitación cuando vuelva la corriente.
—Trato hecho.
A medianoche, todo está estable. Solo falta comprobar el transformador exterior. Tomás tiene fiebre, así que me pongo la chaqueta.
—Voy contigo —dice Vera.
—No.
—Necesitas a alguien que sostenga la luz.
—Necesito que te quedes dentro.
—Tu necesidad de dar órdenes no cuenta como protocolo.
Le explico que hay viento, ramas y cableado. Ella me enseña las botas, el frontal y el transmisor.
—He aprendido a preparar el orden correcto.
No tengo tiempo para discutir. Salimos por la puerta de servicio unidos a una cuerda de seguridad. La nieve golpea en horizontal. El transformador está a cincuenta metros, detrás del almacén, pero el trayecto parece mucho más largo.
Vera avanza pegada a mí. Cuando una ráfaga la desequilibra, la sujeto del brazo.
—Estoy bien —grita.
—Eso lo decido yo.
—Detesto esa frase.
—Puedes incluirla en el informe.
La cubierta del transformador está abollada y el cable de entrada intacto. El fallo se encuentra en el conmutador, protegido dentro del cobertizo. Necesito herramientas del almacén. Vera permanece a mi lado mientras reviso fusibles.
—¿Cuánto tardará la compañía? —pregunta.
—Si el puerto sigue cerrado, hasta mañana.
—Entonces lo reparas tú.
No es una pregunta.
—Puedo intentar puentear el relé dañado.
—¿Es seguro?
—Si lo hago bien.
—Qué tranquilizador.
Trabajamos casi una hora. Vera mantiene la luz, lee valores y no menciona el frío hasta que le tiemblan los dedos. Le ordeno volver. Se niega. Le doy mis guantes exteriores. Protesta. Se los pongo yo mismo, dedo a dedo, con una paciencia que no sabía que me quedaba.
—No puedes arreglarlo todo —dice.
—Hoy sí.
—Leo.
—No pienso dejar a cuarenta habitaciones sin calefacción.
—No hablo del hotel.
Levanto la cabeza. Bajo la capucha, sus ojos parecen casi negros. La tormenta golpea el tejado.
—¿De qué hablas?
—De ti. Llevas cinco días sin parar. Has sustituido una bomba, cubierto recepción, descargado proveedores y ahora reparas un transformador. Dirigir no significa hacer el trabajo de todos.
—Esta noche sí.
—Siempre tienes una razón para que sea esta noche.
El comentario acierta en un punto que prefiero no mirar. Regreso al relé.
—Sostén la luz.
—La sostengo.
Su voz pierde el filo. Terminamos el puente. Acciono el conmutador y el transformador zumba. A través de la ventana del almacén, las luces del hotel se encienden planta por planta.
Vera levanta los brazos.
—¡Sí!
Me abraza.
No es un gesto pensado. Su cuerpo se lanza contra el mío y yo la rodeo por la cintura. Reímos con un alivio casi infantil. Cuando la alegría se apaga, seguimos abrazados.
Vera alza la cara. Tiene copos derretidos en las pestañas y mis guantes enormes en las manos.
—Gracias —digo.
—Solo he sostenido la luz.
—Te quedaste.
Sus labios se separan. Me inclino. Esta vez no hay tuberías ni personal ni niñas bajo un muérdago.
El transmisor crepita.
—Leo, ¿tenemos corriente? —pregunta Bruna.
Cierro los ojos. Vera apoya la frente en mi pecho y se ríe sin sonido.
—Tenemos corriente —respondo.
—¿Y tardaréis mucho en celebrarlo?
Vera se aparta.
—La agencia de noticias —murmura.
Regresamos al hotel. En el vestíbulo nos reciben aplausos. Mateo reparte vino caliente y alguien inicia otro villancico. Vera se quita mis guantes y me los devuelve.
—No ha estado mal para una hoja de cálculo —le digo.
—No ha estado mal para un imbécil protector.
La miro. Ella sonríe.
La tregua acaba de cambiar de forma.
Y la tormenta que me preocupa ya no se llama Ofelia.