El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

SIETE RELLENOS Y UNA TREGUA

VERA

Mateo declara la guerra a mi hoja de costes a las nueve de la mañana.

—No puedes ponerle precio al sofrito por gramos —dice.

—Puedo y debo.

—El sofrito sabe cuándo lo pesas.

—Entonces tiene un problema de autoestima.

Pasamos tres horas en cocina. Pesa ingredientes refunfuñando, yo registro mermas y el ayudante, Nico, apuesta discretamente por quién se rendirá antes.

Descubrimos que el menú de pensión completa ofrece dieciocho platos aunque algunos se venden dos veces por semana.

Reducirlo a doce mejoraría compras y ejecución.

Mateo acepta después de comprobar que no quiero sustituir su estofado por pasta recalentada.

—Con lo que ahorremos hacemos los talleres —dice.

—Con una parte. La otra paga deudas.

—Eres menos divertida de lo que pareces.

—No sé qué te hizo pensar lo contrario.

Mateo señala a Leo, que atraviesa la cocina con una caja de vino.

—Su cara desde que llegaste.

Leo deja la caja.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Utiliza músculos nuevos.

—Ve a quemar algo.

—Tú ya vas bastante bien.

Me concentro en las cifras. Leo se acerca para leer por encima de mi hombro y su pecho roza mi espalda. No debería afectarme; el contacto dura un segundo. Sin embargo, mi cuerpo lleva una contabilidad propia y acaba de marcarlo en rojo.

—¿Habéis acordado algo? —pregunta.

—Menú más corto, carta estacional, talleres dos domingos al mes y una línea de conservas para vender en recepción.

—Mi salsa de setas no cabe en un tarro —protesta Mateo.

—Tus peras al vino sí.

—Mis peras tienen dignidad.

—Y margen del sesenta y cuatro por ciento.

—Las venderemos.

Leo ríe. El sonido me hace girar. Tiene una risa entera, distinta de las sonrisas breves que suele permitirse. Durante un momento olvido que estamos trabajando.

—Tienes harina —dice.

—¿Dónde?

Señala mi nariz. Me limpio y fallo. Leo alarga la mano. Recuerdo su pulgar en mi mejilla, el sótano, el vapor. Él también debe recordarlo, porque se detiene antes de tocarme.

Mateo deja caer una bandeja con estrépito.

—Qué torpe soy.

—Fuera —ordena Leo.

—Es mi cocina.

—Entonces mírate desde el almacén.

Mateo se marcha encantado. Yo cojo un paño y elimino la harina.

—Tu personal te respeta muchísimo.

—Procuro no abusar del poder.

—Se nota.

Por la tarde hacemos una prueba del taller.

Una familia, dos parejas y las señoras que juegan a las cartas preparan empanadillas de queso.

Mateo enseña; Candela toma fotografías; yo observo tiempos y satisfacción.

Leo ayuda a un niño a cerrar la masa sin que se rompa.

Tiene paciencia. Más de la que me concede a mí.

Una mujer me pregunta si somos pareja.

—No —respondo con demasiada energía.

—Trabajamos juntos —dice Leo a la vez.

La mujer sonríe como si ambas frases confirmaran lo contrario.

Al terminar, los participantes pagan voluntariamente por llevarse delantales y tarros de pera. La recepción vende once unidades en veinte minutos. Hago números: con dos talleres mensuales en temporada baja, cubren parte de la nómina de cocina en domingos flojos.

—Funciona —admite Leo.

—No parezcas tan dolido.

—Esperaba que tardaras una semana en tener razón.

—Llevo cinco días conteniéndome.

Nos quedamos solos recogiendo. Afuera anochece. Suena música suave desde el comedor y las luces del árbol se reflejan en las ventanas.

—¿Por qué haces esto? —pregunta.

—¿Recoger harina?

—Entrar en hoteles que están a punto de caer.

Doblo un delantal.

—Porque sé arreglarlos.

—Eso explica que puedas. No que quieras.

Pienso en mi primer proyecto. Un establecimiento en la costa donde mi madre había trabajado años antes.

El propietario pagaba a proveedores con retraso y ocultaba cifras.

Llegué a tiempo para salvar parte del negocio, no para impedir que cuarenta personas pasaran dos meses sin cobrar.

Me prometí que no volvería a creer en el optimismo de un dueño.

—Me gusta que las cosas tengan una salida —digo—. Incluso cuando nadie quiere mirarla.

—¿Y si no la tienen?

—La invento o la nombro.

—Cerrar.

—A veces.

Leo apoya las manos en la mesa.

—¿Has cerrado un lugar que te importara?

—Sí.

No añado que aquel hotel era el único donde vivimos dos años seguidos. Ni que mi madre me acusó de falta de lealtad cuando recomendé vender. Él entiende demasiado bien el idioma de la lealtad.

—Lo siento —dice.

—Fue lo correcto.

—También puede doler.

Levanto la vista. Está muy cerca. Quiero responder con una broma y no encuentro ninguna.

—Sí.

Leo recoge una empanadilla que ha quedado en la bandeja y la parte por la mitad.

—Tregua —propone, ofreciéndome un trozo.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que vuelvas a insultar mi gestión.

—Entonces disponemos de unos cuatro minutos.

Acepto la mitad. Comemos de pie, mirándonos. El relleno lleva queso, cebolla y una tensión que Mateo no ha incluido en la receta.

—Mañana llega una tormenta —dice Leo—. Puede que se cierre el puerto.

—Tengo trabajo aquí.

—Podrías marcharte esta noche.

La posibilidad me produce una resistencia inmediata.

—¿Quieres que me vaya?

—Quiero que elijas sabiendo que quizá no puedas hacerlo después.

—Me quedo.

Leo asiente. No sonríe, aunque algo se relaja en su rostro.

—Entonces revisaremos el protocolo de emergencia.

—Romántico.

—¿Buscabas romanticismo?

La pregunta cae despacio. Sostengo su mirada.

—Buscaba un plan de viabilidad.

—Claro.

Se lleva mi bandeja y sale. La tregua dura más de cuatro minutos.

Lo que no dura es mi capacidad para fingir que solo me quedo por trabajo.