El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

LA HABITACIÓN DE LAS ESTRELLAS

LEO

La grúa libera el coche de Vera a mediodía. El mecánico recomienda dejarlo en el aparcamiento bajo hasta que cambie el tiempo. Vera acepta sin discutir, lo que demuestra que sabe reconocer una derrota cuando tiene ruedas.

Por la tarde, me entrega una lista titulada «Cuarenta y siete preguntas urgentes».

—¿Las otras no son urgentes? —pregunto.

—Las otras ciento doce pueden esperar.

—Qué alivio.

La lista incluye el coste de la leña, la vida útil de los colchones, la política de cancelación y la razón por la que la habitación 212 no se vende.

—Está fuera de servicio.

—No aparece como avería.

—No lo es.

Vera espera. Podría inventar una fuga, aunque sabría comprobarla.

—Era la habitación de mi madre cuando el apartamento estaba en obras —explico—. Después de morir, Inés y yo no la volvimos a abrir.

—¿Desde hace tres años?

—No afecta a la capacidad en temporada baja.

—En Navidad habéis alojado a una familia en la sala del personal.

—No voy a vender esa habitación.

—No he dicho que debas hacerlo mañana. Necesito verla.

—No.

—Leo, una habitación bloqueada tiene costes aunque no facture. Si contiene efectos personales, se inventarían y se guardan. Si tiene valor para el hotel, se decide cómo utilizarla. Mantenerla fuera del sistema no es una decisión.

—No todo lo pendiente te pertenece.

La dureza de mi voz la hace retroceder medio paso. Quiero disculparme y, al mismo tiempo, cerrar la conversación.

—Tienes razón —dice—. No me pertenece. Tú me pediste un plan completo.

—Mi hermana te lo pidió.

—Y tú aceptaste.

Se aleja. La veo cruzar el vestíbulo y odio que parezca decepcionada en vez de enfadada.

Abro la 212 una hora después.

Vera está en el pasillo, entrevistando a Rosa, la gobernanta. Levanta la cabeza al oír la llave. No hago un gesto para llamarla, aunque se acerca.

Dentro huele a cerrado. Las cortinas tienen estrellas bordadas y sobre la cómoda quedan frascos de perfume, libros y un cepillo con cabellos grises. La cama está hecha. Inés guardó parte de la ropa, pero yo pedí que detuviera las cajas.

—Mamá eligió esta habitación cuando empezó a necesitar el ascensor —digo—. Desde aquí oía recepción. Seguía llamando a Bruna para corregir cosas.

Vera entra despacio. No fotografía nada.

—Mi madre se marcha cuando termina un proyecto —dice—. De pequeña aprendí a no sacar todos los juguetes de las cajas. Nos mudábamos antes de que encontraran sitio.

—¿Dónde vive ahora?

—Dubái. Abre un hotel.

—¿Y tu padre?

—Se fue antes de que yo pudiera echarlo de menos. O eso cuenta ella.

Hay un filo bajo la ligereza. Vera toca una estrella de la cortina.

—No tengo una habitación que conserve a nadie —continúa—. Entiendo que te cueste abrir esta.

—Eso suena sospechosamente humano.

—Puedo borrarlo del informe.

Me siento en el borde de la cama. Durante meses, venía aquí para contarle a mi madre problemas que ya no podía resolver. Después dejé de entrar porque siempre salía peor.

—Ella empezó con seis habitaciones —digo—. Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete. Todo el mundo esperaba que vendiera. Amplió el comedor.

—Debía de ser difícil discutir con ella.

—Era imposible ganar.

—Ahora entiendo muchas cosas.

Vera se sienta en una butaca. No ofrece consuelo ni frases limpias. Me deja hablar.

Le cuento que estudié ingeniería en Bilbao y trabajé diseñando sistemas térmicos. Volví cuando el cáncer avanzó. Pensaba regresar a mi vida. Después de la muerte de mi madre, la obra del ala este se detuvo, Inés estaba empezando su familia y alguien debía quedarse.

—¿Alguien o tú? —pregunta.

—Yo sabía cómo funcionaba el edificio.

—Eso no responde.

—No quería que todo lo que construyó acabara en manos de Altura.

Vera asiente.

—Podemos transformar la habitación sin borrarla. Un pequeño archivo del hotel, quizá. Fotografías, cartas, objetos. Abrirla en visitas concretas. No produciría lo mismo que alojar huéspedes, pero daría sentido a conservarla.

Miro los libros, el frasco de perfume, las estrellas.

—Mi madre odiaría un museo sobre ella.

—Entonces llámalo sala de memoria y deja también historias de huéspedes y empleados. Así podrá protestar desde donde esté.

Sonrío a pesar de mí.

—Lo pensaré.

—Es suficiente.

Al levantarse, la puerta se cierra por una corriente. La cerradura antigua encaja. Giro el pomo desde dentro y no cede.

—No puede ser —murmuro.

—¿Estamos encerrados?

—La manilla falla. Tomás tiene la llave maestra.

Saco el transmisor. No responde; los muros de esta parte bloquean la señal.

Vera consulta el móvil.

—Sin cobertura.

—Grita si quieres.

—Preferiría morir aquí antes que darle esa satisfacción a Bruna.

Examino la cerradura con una horquilla que Vera saca del pelo. No sirve. Ella se arrodilla a mi lado y sostiene la linterna. Su pelo cae suelto sobre un hombro.

—Esta posición empieza a repetirse —dice.

—El hotel intenta crear una tradición.

—Cobraremos por ella.

Nuestros brazos se tocan. Giro la pieza interior y la puerta se abre justo cuando Tomás llega por el pasillo.

—¿Todo bien?

Vera y yo nos incorporamos demasiado deprisa.

—La cerradura —digo.

Tomás observa la horquilla, el pelo suelto de Vera y mi expresión.

—Claro.

Ella sale con dignidad. Yo le encargo a Tomás una cerradura nueva y cierro la habitación.

Esa noche, mientras cenamos en la cocina del apartamento, Vera propone un calendario para vaciarla con Inés. No insiste en venderla. Ha comprendido el límite y ha buscado una utilidad dentro de él.

—No eres lo que esperaba —le digo.

—¿Mayor?

—Más fría.

Vera deja el tenedor.

—Ser precisa no significa no sentir.

—No he dicho eso.

—Casi todos lo hacen.

—Casi todos no comparten cocina contigo.

—Tú tampoco por elección.

La observo beber vino. Con el pelo suelto y los pies descalzos bajo la silla, ha perdido la armadura del primer día.

—Empiezo a no estar seguro —admito.

Ella no pregunta de qué.

Su silencio permanece entre los dos, cálido y atento, hasta que terminamos la botella.