CAPÍTULO 5
UN PUEBLO QUE TOMA NOTA
VERA
La oferta de Altura llega a mi correo a las once y siete. Alicia me llama a las once y ocho.
—¿Cómo la has conseguido?
Miro el archivo sin abrir.
—Leo me la ha enviado.
—No figuraba entre la documentación.
—Eso ya lo sé.
—Altura es cliente potencial de Lumen. Sé prudente.
La advertencia me hace enderezarme en la silla.
—¿Cliente de qué?
—Están estudiando varias adquisiciones. No tiene relación con tu trabajo.
—Una de esas adquisiciones está encima de mi mesa.
—Y tu trabajo consiste en preparar un plan de viabilidad objetivo.
Objetivo. La palabra que se utiliza cuando alguien quiere separar una decisión de las personas que sufrirán sus consecuencias.
—Lo haré.
—No prometas nada a los Valdés.
—Nunca prometo resultados antes de terminar un análisis.
—Por eso te mandé a ti.
Cuelga. Abro la oferta. Altura proponía siete millones doscientos mil euros por el edificio, el terreno y la licencia. El personal no se subrogaba. El proyecto adjunto conserva el nombre «Los Abetos Residences» y transforma el comedor en una recepción sin cocina.
Entiendo por qué Leo dijo que vaciaban el interior.
También entiendo por qué Inés debió incluirlo en el expediente. Con esa oferta, el banco tiene una salida cómoda si el hotel incumple. No hace falta imaginar una conspiración: basta con seguir el dinero hasta donde resulte más sencillo cobrarlo.
Cierro el documento y bajo. Hoy debo recuperar el coche y entrevistar proveedores en Valdebruma. Leo insiste en acompañarme, alegando que la carretera requiere cadenas y que el coche de alquiler probablemente necesita una grúa. Alega muchas cosas cuando quiere decir que no confía en mí.
—Puedo ir con Candela —propongo.
—Candela trabaja.
—Tú también.
—Yo soy el jefe.
—Eso explica tu flexibilidad horaria y nada más.
Subimos a la camioneta. El cielo está despejado y la nieve refleja una luz que obliga a entrecerrar los ojos. Mi coche aparece donde lo dejamos, cubierto hasta media rueda. Leo llama al taller y promete regresar cuando la máquina quitanieves despeje el arcén.
Valdebruma ocupa una ladera junto al río. Casas de piedra, tejados oscuros, balcones con ramas de acebo. En la plaza montan casetas para el mercado. Un hombre saluda a Leo desde una escalera; dos mujeres lo paran para preguntarle por su hermana; una niña sale de la panadería y le entrega una bolsa.
—Tu red de inteligencia supera a la de Bruna —digo.
—Es difícil.
—Todo el mundo te conoce.
—Todo el mundo conoce el hotel.
No es falsa modestia. Aquí parecen intercambiables.
Entramos en la quesería que abastece al restaurante. La dueña, Maribel, me explica que Los Abetos compra todo el año, incluso en mayo, cuando otros clientes reducen pedidos.
—Elena decía que un proveedor no puede existir solo cuando llegan turistas —cuenta.
Leo baja la vista hacia una rueda de queso. Es la primera vez que alguien pronuncia el nombre de su madre delante de mí. No intervengo.
En la carpintería, Óscar repara muebles a cambio de que el hotel aloje a sus clientes profesionales cuando vienen de fuera. En la tienda de lana, venden mantas tejidas para las habitaciones y reciben grupos enviados por Candela. Los acuerdos son poco formales, difíciles de medir y valiosos.
—Si recortas compras sin entender esto, haces daño fuera del hotel —dice Leo al salir.
—No recorto con los ojos cerrados.
—Es lo que hace Altura.
—No trabajo para Altura.
La respuesta sale demasiado deprisa. Leo se detiene.
—No he dicho que lo hagas.
—Alicia me ha contado que han hablado con Lumen sobre adquisiciones.
—¿Hoy?
—Sí. No existe un contrato, por lo que sé. Te lo cuento para evitar conflictos.
Su mandíbula se tensa.
—¿Y si existe?
—Pediré que me retiren del proyecto.
—¿Sin más?
—Mi reputación depende de que mis informes no estén escritos para beneficiar a un comprador.
—Creía que dependía de cerrar hoteles.
—Cuatro de diecisiete —replico—. Uno tenía daños estructurales. Otro llevaba meses pagando salarios con préstamos personales del dueño. En los otros dos conseguí vender la operación conservando la mayoría de empleos.
Leo me mira de frente.
—Eso no aparecía en tu perfil.
—Has elegido leer la versión que te permitía odiarme.
—Era una versión muy eficiente.
—Y cómoda.
Continuamos en silencio. Me duele haber defendido mi trabajo como si su opinión importara. Debería bastarme con saber que actúo bien. Casi siempre basta.
En la plaza, un golpe de viento arranca una lona de una caseta. Leo corre a sujetarla. Yo ayudo a una mujer a recoger cajas de adornos que caen sobre la nieve. En pocos minutos, media plaza tira de cuerdas y recoloca pesos.
—El mercado recauda para la escuela —me explica la mujer—. Sin los huéspedes del hotel, no vendríamos ni la mitad.
Tomo nota mental. No en la tableta.
Al terminar, tengo los guantes mojados. Leo aparece con la bolsa de la panadería y me ofrece un trozo de coca dulce.
—¿Soborno local? —pregunto.
—Coste de adquisición de consultora.
Muerdo. Lleva almendra, naranja y azúcar crujiente.
—Es eficaz.
Nos refugiamos bajo el soportal. La plaza huele a leña y pan. Leo tiene nieve en el pelo. Se la sacudo antes de pensar si debería hacerlo. Él se queda inmóvil.
—Tenías esto —digo.
—Ya.
Mi mano permanece cerca de su sien. La bajo.
—Sobre Altura… —empiezo.
—Gracias por decírmelo.
—No significa que puedas ocultarme información.
—Ahí está mi consultora.
—No soy tuya.
Leo sostiene mi mirada.
—No —dice despacio—. Eso también lo sé.
Una campana suena en la iglesia. Me aparto hacia la camioneta con el pulso fuera de lugar.
De regreso, anoto una nueva categoría en el informe: impacto económico local. No porque sea sentimental, sino porque el hotel tiene una red que ningún comprador puede reproducir desde un despacho.
Cuando Leo pone en marcha el motor, nuestras rodillas se rozan.
Ninguno de los dos se mueve.