CAPÍTULO 4
LA LISTA DE LO IMPOSIBLE
LEO
Vera convierte el comedor privado en una sala de guerra.
A las ocho de la mañana ha pegado hojas en la pared, colocado rotuladores por colores y convocado a seis responsables de área. En el centro hay un papel con una pregunta: «¿Qué perdería Los Abetos si dejáramos de hacerlo?».
—Dinero —dice Mateo.
Vera lo apunta.
—La pregunta era qué perdería el hotel.
—El hotel perdería dinero.
—Ya lo hace.
Candela ríe. Yo cruzo los brazos al fondo. Vera me ha pedido que no intervenga y he aceptado con la intención de intervenir solo cuando sea necesario. Ya ha sido necesario tres veces y aún no han pasado cinco minutos.
Bruna propone la bienvenida personalizada. Tomás, el mantenimiento preventivo. Candela, las actividades con el pueblo. Mateo escribe «comida que sabe a comida» en una tarjeta y la pega torcida.
—¿Y qué hacemos solo porque siempre se ha hecho? —pregunta Vera.
El silencio cambia.
Bruna mira la mesa. Candela juega con el tapón del rotulador. Nadie quiere ser el primero en nombrar una costumbre de mi madre.
—Las cestas de Nochebuena en todas las habitaciones —dice Tomás al fin—. Antes las montaba Elena. Ahora nos lleva dos días y la mitad de los huéspedes dejan cosas.
Mi madre preparaba cada cesta. Turrón, mandarinas, una vela, una tarjeta escrita a mano. Cuando enfermó, todo el personal continuó haciéndolo. No he preguntado cuánto cuesta.
Vera anota sin mirarme.
—¿Qué parte valoran?
—La tarjeta —responde Bruna—. Algunos las guardan. El resto se puede pedir en recepción.
—Entonces mantenemos la tarjeta, ofrecemos la cesta como detalle reservado y dejamos una pequeña bandeja común en cada planta.
Espero sentir que arranca algo. En cambio, la solución suena razonable. Me molesta más.
—Las tarjetas las escribimos a mano —digo.
—Bien. Es una hora que sí sostiene la experiencia.
Vera me lanza un rotulador.
—Su turno. Algo que conservaría.
Atrapo el rotulador.
—A la plantilla.
—Eso no es una actividad.
—Es lo que conservaría.
—No puedo prometerlo sin ver el plan completo.
—Entonces no puedo responder a su juego.
Dejo el rotulador sobre la mesa. La sala queda en silencio. Vera no aparta la vista.
—No es un juego —dice—. Y si quiere protegerlos, deje de convertir cualquier cambio en una amenaza.
—Si quiere que confíe en usted, deje de hablar de personas como costes.
—No lo he hecho.
—Aún.
Salgo antes de decir algo peor. Sé que estoy siendo injusto. También sé que la justicia sirve de poco cuando veintiséis familias dependen de una decisión firmada desde Barcelona.
En el vestíbulo, Inés me llama.
—Bruna dice que has abandonado una reunión —empieza.
—Bruna debería dirigir una agencia de noticias.
—Bruna dice que te comportas como un adolescente.
—También editorializa.
Mi hermana suspira.
—Leo, contraté a Vera para que nos ayude.
—Sin preguntarme.
—Te pregunté durante seis meses. Dijiste que ya encontraríamos una salida.
—La encontraremos.
—La cuota de enero son cuarenta y dos mil euros.
Miro hacia la recepción. Bruna sonríe a unos huéspedes mientras señala un mapa. Tomás cruza el vestíbulo con un banco reparado. El número de Inés borra la calidez del lugar.
—Lo sé.
—Mamá no habría querido que te hundieras con el hotel.
—No la metas en esto.
—Está en todo esto. Esa es la cuestión.
Inés cuelga después de hacerme prometer que escucharé. Regreso al comedor. La sesión ha terminado y Vera recoge las tarjetas. Los demás se han marchado.
—¿Ha recomendado mi despido? —pregunto.
—Lo estoy valorando.
—Tendrá que negociar con la propiedad.
—Su hermana parece flexible.
Me acerco a la pared. Hay dos columnas: «esencia» y «costumbre».
Las tarjetas de la esencia hablan de atención, paisaje, memoria, comida, refugio.
Las de costumbre incluyen el archivo duplicado, horarios del restaurante, regalos indiscriminados, traslados vacíos y abrir todas las plantas aunque haya poca ocupación.
—Cerrar un ala entre semana en temporada baja no implica despedir —dice Vera—. Permite concentrar huéspedes, limpieza y calefacción. Podemos rotar descansos, invertir horas en mantenimiento y abrir por demanda.
—¿Y el restaurante?
—Abrir cinco cenas y ofrecer una mesa común con reserva los otros dos días. Mateo puede dar talleres o preparar producto para vender. Tiene talento que ahora mismo regaláis.
—No le gustará.
—Ya le gusta. Ha propuesto un curso de cocina de montaña y me ha hecho probar siete rellenos de empanadilla.
—Eso explica que esté de buen humor.
Vera despega una tarjeta caída. Se ha recogido el pelo en una coleta alta y lleva una camisa blanca con las mangas dobladas. Parece tan fuera de lugar entre las paredes de madera como si hubiera entrado una línea recta en un bosque.
—Necesito ver el ala este —dice.
—Está cerrada.
—Por eso.
La reforma del ala este fue el principio del problema. Contratamos a una empresa que quebró a mitad de obra. Quedaron ocho habitaciones sin terminar, un salón con el suelo levantado y facturas suficientes para asustar a cualquiera.
Busco las llaves.
—Abríguese.
Atravesamos un corredor sin calefacción. La temperatura baja de inmediato y nuestro aliento se vuelve visible. En las paredes quedan rectángulos más claros donde retiraron cuadros. Vera abre puertas, mide espacios con un láser y fotografía tuberías.
—La estructura está bien —dice.
—¿También es arquitecta?
—Sé reconocer un techo que no cae.
—Un estándar exigente.
La última puerta conduce al salón. Grandes ventanales miran hacia el valle. Las tablas del suelo se apilan en una esquina y una chimenea de piedra espera terminarse.
Vera recorre el espacio con lentitud.
—Aquí caben cuarenta personas.
—Cuarenta y ocho sentadas.
—¿Para bodas?
—Mi madre quería celebraciones pequeñas.
—No organizo bodas.
—Me alegra. El hotel no sobreviviría a dos consultoras.
—Estoy pensando en retiros de empresa, clubes de lectura, talleres, presentaciones de producto. Actividad entre semana y fuera de temporada.
—Para eso hay que acabar la obra.
—No toda. Acondicionar el salón, dos baños y cuatro habitaciones bastaría para una primera fase. Podríamos financiarlo con preventa.
—¿Vender algo que no existe?
—Vender fechas para cuando exista. Con condiciones claras.
Me acerco al ventanal. El paisaje es el mismo que mi madre contemplaba cuando dibujó la ampliación en una servilleta. Quería que el hotel creciera para que Inés y yo tuviéramos un futuro. Terminó dejándonos una obra, una deuda y el miedo de equivocarnos con todo lo que ella había acertado.
—Altura Collection ofreció comprar hace un año —digo.
Vera deja de medir.
—No consta en el expediente.
—Lo rechacé antes de pedir documentación.
—¿Por qué?
—Querían convertirlo en apartamentos turísticos. Mantener la fachada y vaciar el interior.
—¿Cuánto ofrecían?
—Lo suficiente.
—Esa no es una cifra.
—Era una cifra que implicaba despedir a todos.
Vera guarda el medidor.
—Necesito verla.
—No.
—Si existe una oferta, afecta a la valoración y a la negociación con el banco.
—Está caducada.
—Leo.
Es la primera vez que utiliza mi nombre sin convertirlo en un desafío. Su voz baja llena el salón vacío.
—No voy a recomendar vender a Altura —dice—. Voy a preparar todos los escenarios. Ocultar información solo empeora el que usted quiere.
—Tú.
—¿Qué?
—Si vamos a pelear durante doce días y compartimos cocina, podemos tutearnos.
Vera ladea la cabeza.
—¿Es una concesión empresarial?
—Es ahorrar sílabas.
—De acuerdo. Enséñame la oferta.
—Eso no formaba parte del trato.
—Eres agotador.
—Tú has traído rotuladores.
La nieve golpea los cristales. Una ráfaga mueve una puerta al fondo y el golpe nos sobresalta. Vera da un paso, pisa una tabla suelta y pierde el equilibrio.
La sujeto por la cintura.
Su cuerpo choca contra el mío. El medidor cae al suelo. Durante un instante no existe el ala cerrada, la deuda ni la lista pegada en la pared. Solo su respiración contra mi cuello y mis manos en su cintura.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí.
No se aparta.
Yo tampoco.
Vera levanta la cara. Tiene una pequeña peca junto al labio que no había visto con las gafas. Mi mano derecha ocupa casi toda la curva de su espalda. Bastaría inclinarme.
Una tubería golpea dentro de la pared.
Ella retrocede de inmediato.
—Hay que revisar eso.
—Es la dilatación.
—Sigue siendo un ruido.
Recoge el aparato y finge estudiar la pantalla. Yo me meto las manos en los bolsillos.
—Te enviaré la oferta esta tarde.
Vera asiente.
Volvemos al comedor sin tocarnos. Cuando entramos, la tarjeta que escribí antes sigue sola sobre la mesa: «la plantilla».
Vera coge un rotulador, añade una frase debajo y me la entrega.
«Protegerla exige cambiar».
—No es una promesa —advierte.
—Lo sé.
La pego en la columna de la esencia.
Por primera vez desde que llegó, no siento que estemos en lados opuestos.
Eso debería aliviarme.
En cambio, recuerdo su cuerpo entre mis brazos y comprendo que tenerla cerca puede ser bastante más peligroso que discutir con ella.