El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

EL PRECIO DE UNA TRADICIÓN

VERA

Despertarme bajo una manta que no recuerdo haber cogido figura bastante abajo en mi lista de situaciones profesionales ideales. Descubrir a Leo preparando café a tres metros, con el pelo húmedo y una camiseta gris, la desplaza otro puesto.

Abro los ojos sin moverme. El portátil está cerrado sobre la mesa. Mi cuello protesta por haber dormido en el sofá y mi cerebro tarda unos segundos en recordar dónde estoy.

—Puede fingir que sigue dormida —dice Leo de espaldas—. Prometo no utilizarlo en su evaluación.

Me incorporo.

—No evalúo personas.

—Solo decide si conservan su trabajo.

—Evalúo puestos y procesos.

—Una distinción muy reconfortante para quien pierde el sueldo.

No ha pasado ni un minuto y ya discutimos. Me tranquiliza recuperar un terreno conocido.

—¿Usted me ha tapado?

—La calefacción cuesta dinero.

—Qué detalle tan fiscalmente responsable.

Me ofrece una taza. El café es fuerte y está exactamente a la temperatura a la que puedo beberlo. No pienso concederle importancia.

A las siete recorremos el hotel. Empiezo por recepción, continúo con pisos y termino en cocina. Leo intenta acompañarme hasta que le recuerdo mi condición. Se marcha con mala cara y Bruna espera a que desaparezca para acercarse.

—No muerde —susurra.

—No me preocupa.

—A él sí.

—¿Que yo muerda?

Bruna sonríe.

—Entre otras cosas.

La ignoro y dedico la mañana a observar. Los Abetos no está mal gestionado del modo habitual. No hay empleados ociosos, compras extravagantes ni una dirección ausente. El problema es más incómodo: todos trabajan mucho en tareas que el hotel no cobra.

Candela, responsable de actividades, empieza a las ocho preparando raquetas para una excursión.

A las diez ayuda a decorar galletas con niños.

A mediodía conduce la furgoneta al pueblo y por la tarde ensaya villancicos con tres empleados para la cena del sábado.

Su contrato dice treinta y cinco horas. La semana anterior trabajó cincuenta y ocho.

—Leo me da días libres en enero —explica.

—En enero también trabaja.

—Menos.

—Eso no convierte las horas de diciembre en gratuitas.

—No son gratuitas. Son… nuestras.

La palabra me acompaña al lavadero, donde dos camareras planchan servilletas bordadas que solo se utilizan en Navidad.

En mantenimiento, Tomás fabrica pequeñas casas de madera para sustituir las que se rompieron en el tren del vestíbulo.

Nadie ha anotado esas horas. En cocina, Mateo reduce una salsa mientras enseña a un ayudante a cortar naranjas para las guirnaldas.

—¿Esto también es cocina? —pregunto.

—Todo es cocina si hay un cuchillo.

Mateo ronda los treinta y cinco, lleva barba corta y un delantal con un reno que amenaza con denunciar a su fabricante.

—Necesito costes de cada plato, mermas y ventas por franja horaria.

—Yo necesito que pruebes esto.

Me acerca una cuchara. Es una crema de castañas con un toque de romero.

—No afecta al inventario.

—Afecta a mi disposición a colaborar.

Pruebo. La crema es suave, cálida y bastante mejor que la cena de un hotel de cuatro estrellas que audité el mes pasado.

—Demasiado romero —digo.

Mateo me mira, ofendido.

—Mientes.

—Un poco.

—Vas a caerme bien contra mi voluntad.

—Es contagioso. Pregunte a Leo.

—Leo ya te ha dejado dormir en su casa. A su ritmo, eso equivale a una declaración pública.

—No había habitaciones.

—Claro.

Obtengo los registros antes de que convierta mi alojamiento en una novela que no quiero leer. A media mañana, Inés me llama. Tiene la misma boca que su hermano y mucha más facilidad para sonreír. Está en Zaragoza, embarazada de siete meses, y el médico le ha prohibido viajar.

—Siento haberte dejado sola con él —dice.

—He trabajado con propietarios peores.

—No lo dudo. ¿Más guapos?

—No forma parte del análisis.

—Eso no es un no.

Cambio de tema y le resumo mis primeras observaciones. Inés escucha sin interrumpirme.

—Leo no entiende que conservar cada tradición puede hacer que las perdamos todas —dice al final—. Mamá creía que el hotel debía ser la casa de cualquiera que entrara. Era precioso cuando ella estaba. Ahora intentamos ser la casa de todos y no podemos pagar el tejado.

—¿Leo sabe que piensas así?

—Lo sabe. No consigue oírlo.

—¿Y esperas que me oiga a mí?

—Espero que te discuta hasta que se escuche a sí mismo.

Me masajeo la sien.

—No venía incluido en el contrato.

—Te pagaré un suplemento por paciencia.

Después de comer reviso el sistema de reservas.

Las comisiones de intermediación son más altas de lo necesario; la web pierde clientes en el formulario de pago y nadie utiliza la base de datos de antiguos huéspedes.

Encuentro dinero posible sin despedir a nadie.

También encuentro un crédito de cuatrocientos ochenta mil euros garantizado por el edificio.

La cifra pesa de otra manera cuando levanto la cabeza y veo a Tomás colocar una pieza nueva en el tren navideño.

A las cinco empieza la ruta de faroles. Veintisiete huéspedes se reúnen en la entrada. Candela reparte lámparas de metal y Leo comprueba que todos lleven botas adecuadas. Cuando llega a mí, mira mis pies.

—Progreso.

—He conseguido vestirme sin asistencia.

—No quería asumirlo.

—¿Va a vigilarme toda la ruta?

—Voy delante.

—Entonces solo podrá vigilarme cuando me pierda.

Me entrega un farol.

—Procure no hacerlo. Rescatar consultoras no aparece en el presupuesto.

La senda entra en el bosque detrás del hotel.

La nieve cruje bajo las botas y la luz azul del atardecer se cuela entre los abetos.

Candela cuenta una leyenda sobre viajeros que dejaban faroles para señalar el camino a quienes regresaban en Nochebuena.

Los niños escuchan en silencio. Los adultos también.

Yo cuento empleados, minutos y material. Al menos al principio.

Después el camino se estrecha y el grupo avanza en una hilera de luces cálidas.

Nadie mira el teléfono. Una niña toma la mano de su abuelo.

La señora Ortega, la de la reserva duplicada, se acerca para agradecerme la solución de ayer.

Me cuenta que sus hijos han dormido mejor de lo esperado y que ya han reservado la próxima Navidad.

—En una habitación de verdad —aclara.

—Comprobaré personalmente la ficha.

Al final del sendero aparece un lago pequeño, congelado en los bordes. El personal ha encendido braseros y Mateo sirve chocolate desde una olla. Hay mantas, bancos y un arco de ramas con muérdago suspendido encima. El reflejo de los faroles tiembla en el agua oscura.

Me quedo quieta.

He pasado la infancia en hoteles. Mi madre trabajaba en aperturas y nos mudábamos cada pocos meses: Málaga, Lisboa, Lyon, Tenerife.

Conozco el olor de una habitación recién pintada y el silencio de los pasillos antes de que lleguen huéspedes.

Nunca tuve un lugar al que regresar en Navidad.

Tenía vestíbulos perfectos que desaparecían antes de febrero.

—¿Cuánto? —pregunta Leo a mi lado.

—¿Qué?

—¿Cuánto cuesta esto?

Miro el lago, los niños con las manos alrededor de las tazas, Candela ajustando una manta sobre los hombros de una mujer.

—Aún no lo sé.

—Creía que sabía poner precio a todo.

—Sé calcularlo. Decidirlo es distinto.

Leo me observa con una atención que me obliga a mirar el chocolate.

—Pruebe —dice.

—Si lleva ron, sigo trabajando.

—Precisamente por eso.

Me entrega una taza. Nuestros guantes se rozan. El calor me sube por los dedos, aunque no procede del chocolate.

—La ruta no puede continuar como está —le digo.

Su expresión se cierra.

—Lo sabía.

—No he dicho que haya que cancelarla. Hay que limitar plazas, convertirla en una experiencia reservable y medirla. Los huéspedes que la valoran pagarán por ella. Podemos incluirla en paquetes premium y mantener algunas salidas familiares sin suplemento.

—¿Cobrar por caminar por nuestro bosque?

—Cobrar por los faroles, el seguro, el guía, el chocolate de Mateo, los traslados y la historia. El bosque seguirá siendo gratis.

Leo bebe sin responder.

—Treinta y dos euros por adulto —continúo—. Dieciocho por niño. Si se contrata con alojamiento, un veinte por ciento menos. Con dos salidas semanales en temporada alta, cubre costes y deja margen.

—Veinticuatro y doce.

—Veintiocho y quince.

—Chocolate ilimitado.

—Una repetición.

—Eso es mezquino.

—Dos para menores.

—Trato hecho.

Me tiende la mano. La estrecho. Leo no la suelta enseguida.

—Acaba de negociar conmigo sin insultarme —dice.

—No se acostumbre.

Una voz infantil nos interrumpe.

—¡Tenéis que besaros!

La niña de antes señala el arco. Sin darnos cuenta, hemos quedado bajo el muérdago. Varias personas se giran. Candela se muerde el labio. Mateo levanta una ceja desde la olla.

—Es una tradición —añade la niña con gravedad.

—Estamos negociando —respondo.

—Mamá dice que las tradiciones son obligatorias.

Leo baja la vista hacia mí. Una chispa de diversión suaviza sus ojos.

—No querrá decepcionar a una clienta.

—Ni crear expectativas difíciles de monetizar.

Me inclino y beso su mejilla. Su barba raspa mis labios. El grupo aplaude y la niña protesta por la interpretación del reglamento.

Cuando me aparto, Leo sigue mirándome. La diversión ha desaparecido. Hay otra cosa, más quieta, que me seca la boca.

—Muy profesional —murmura.

—Impecable.

Regreso junto al fuego antes de hacer algo poco defendible en un informe.

Durante la vuelta, cae nieve fina. Camino detrás de Leo y me obligo a observar el funcionamiento del grupo.

A mitad del sendero, un huésped resbala.

Leo lo sostiene y reorganiza la fila para que nadie se quede atrás.

No busca reconocimiento. Protege el hotel como si el edificio y las personas fueran la misma cosa.

Empiezo a entender el error en su forma de dirigir.

También empiezo a entender por qué puede costarme mantener la distancia.

Al llegar, subo al apartamento y abro el modelo financiero. Creo una nueva línea de ingresos: Experiencias propias.

Debajo escribo: «Conservar lo irrepetible. Cobrar lo que cuesta hacerlo posible».

Leo aparece en la puerta con dos tazas vacías.

—¿Alguna sentencia?

Giro la pantalla hacia él.

Lee la frase despacio.

—No es un milagro —digo—. Es un principio.

—Podría servirnos.

—No suene tan sorprendido.

Se apoya en el marco. Aún tiene en la mejilla la huella casi invisible de mi pintalabios.

No se la señalo.

Él tampoco parece tener intención de borrarla.