El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

UNA HABITACIÓN PRESTADA

LEO

La bomba de circulación tiene el sentido del espectáculo de una diva: se rompe con el hotel lleno, a la hora de las duchas y delante de la mujer que ha venido a decidir cuánto de mi vida resulta prescindible.

—Sujeta esto —le digo a Vera.

Le paso la linterna antes de recordar que hace veinte minutos ha llegado con unos zapatos incapaces de sobrevivir a la entrada. Ahora lleva botas, el abrigo mojado y una expresión concentrada que no encaja con la caricatura que llevo una semana construyendo sobre ella.

—¿Así?

—Un poco más abajo.

El haz de luz desciende hacia la válvula. La tubería vuelve a escupir agua y Vera se aparta lo justo para evitarla.

—Estoy empezando a pensar que el hotel intenta expulsarme.

—No se lo tome como algo personal. También intenta expulsarme a mí.

—¿Desde hace cuánto?

—Desde que heredé las facturas.

Me arrepiento en cuanto lo digo. No porque sea mentira, sino porque no acostumbro a regalar información.

Mi madre murió hace tres años y, desde entonces, casi todas las conversaciones sobre Los Abetos empiezan con una cifra y terminan con alguien aconsejándome vender.

Vera Ferrer viene pagada para que la cifra tenga mejor aspecto. Eso no la convierte en distinta.

Aflojo el cuerpo de la bomba. El rodete está bloqueado y el motor huele a quemado.

—Necesitamos la de repuesto.

—¿Hay una?

—Sí.

—Eso me decepciona. Ya había preparado una observación sobre falta de previsión.

—Puede guardarla para mañana. Le daré oportunidades.

Subimos al almacén. Vera camina detrás de mí sin quejarse del frío ni del agua que le cae del abrigo. En el pasillo de servicio, Bruna nos intercepta con el transmisor en una mano.

—Las habitaciones de la cuarta planta empiezan a enfriarse.

—Ve repartiendo radiadores eléctricos —respondo—. Primero familias con niños y las dos personas mayores de la 214.

—Ya lo hace Candela. Mateo pregunta cuánto tardarás.

—Veinte minutos.

Vera consulta la hora.

—Treinta —corrijo.

Bruna asiente y se marcha. La consultora anota algo en el móvil.

—Si escribe que prometo plazos imposibles, al menos ponga que sé rectificar.

—He escrito que su personal actúa sin esperar instrucciones.

No sé qué contestar. Esperaba que buscara grietas, no que reconociera una fortaleza antes de cenar. Abro el almacén, localizo la caja de la bomba y la cargo sobre el hombro.

—Eso es bueno —añade ella—. También puede ser malo si todo depende de que se conozcan desde hace veinte años.

—Aquí nadie lleva veinte años.

—Bruna sí.

—Treinta y dos.

—Gracias por confirmar mi teoría.

Regresamos al sótano. Vera quiere ayudar y termina sosteniendo llaves, secando el suelo y leyendo en voz alta unas instrucciones que no necesito, aunque agradezco. Cuando restablezco el circuito, los radiadores despiertan con un golpe y la luz principal deja de parpadear.

Ella levanta ambas manos.

—No he tocado nada.

—Eso también es una buena noticia.

—Voy acumulando éxitos.

Tiene una mancha negra en la mejilla. Se la señalo y ella frota el lado equivocado.

—El otro.

Vuelve a fallar. Antes de pensarlo, alargo la mano y paso el pulgar junto a su pómulo. Su piel está caliente. Vera se queda inmóvil, con los labios entreabiertos y los ojos fijos en mí. El sótano se vuelve demasiado pequeño.

Retiro la mano.

—Grasa.

—Ya. Había deducido que no era purpurina.

Su voz conserva la seguridad, aunque se le ha oscurecido un poco. Me limpio el pulgar en el pantalón y recojo las herramientas.

—Vamos. Le enseñaré su habitación.

La 307 no está preparada.

Bruna me lo anuncia en recepción mientras una familia canta villancicos cerca del árbol y la señora Ortega brinda conmigo desde el sofá que acabamos de convertir en cama. La fuga de una bajante ha dejado una mancha de humedad sobre el techo de la única habitación que habíamos bloqueado para Vera.

—Puedo dormir en la sala del personal —dice ella.

—La ocupan los Ortega.

—Cierto. Mi primera buena idea acaba de volverse contra mí.

Repaso mentalmente el hotel. No queda una habitación libre, la enfermería tiene una camilla y el despacho dispone de un sofá en el que ni yo logro estirarme. La casa de Inés está cerrada desde que se marchó a Zaragoza, y encontrar las llaves puede llevar una hora.

Solo queda el apartamento familiar, en la última planta del ala antigua.

Mi apartamento.

—Hay una habitación libre arriba —digo.

Bruna alza las cejas. Vera no conoce la razón.

—Perfecto.

—Está en la vivienda privada.

—Mientras tenga una puerta y una cama, sobreviviré.

—Comparte salón y cocina conmigo.

Vera parpadea. Bruna encuentra una urgencia imaginaria en el mostrador y se aleja.

—¿No hay una pensión en el pueblo? —pregunta Vera.

—Dos. Llenas por el mercado de Navidad. La carretera está peor y su coche sigue abajo.

—Podría buscar un apartamento.

—A las seis y media, durante una nevada, para doce noches.

—Me encanta que exponga los problemas con tanta ilusión.

—No es ilusión. Es experiencia.

Ella mira hacia la escalera, luego hacia su maleta.

—¿Tiene costumbres que deba conocer? ¿Toca la trompeta al amanecer? ¿Colecciona insectos?

—No.

—Eso no descarta suficientes cosas.

—Trabajo hasta tarde, madrugo y no entro en habitaciones ajenas.

—Una propuesta conmovedora.

—Es alojamiento, no una propuesta.

Bruna tose detrás de una pantalla apagada. Estoy seguro de que mañana todo el personal habrá decidido lo contrario.

Subimos por el ascensor de servicio con la maleta.

El apartamento ocupa parte del ático, detrás de una puerta sin número.

Mi madre vivió allí casi toda su vida. Yo volví de Bilbao cuando enfermó y me instalé en la habitación pequeña con la idea de quedarme seis meses.

Tres años después, sigo sin haber cambiado el papel pintado del pasillo.

Vera entra y observa sin comentar. Hay un salón con vigas vistas, una cocina estrecha, dos dormitorios y ventanas que dan al bosque.

La decoración conserva demasiadas cosas de mi madre: cojines bordados, fotografías, una estrella de latón sobre la chimenea.

He retirado muy poco. Cada objeto que intento guardar parece hacer ruido.

—Es precioso —dice Vera.

—Es viejo.

—Las dos cosas pueden convivir.

Deja el bolso sobre una silla y se acerca a la ventana. La nieve ha borrado la carretera. Las luces del pueblo brillan más abajo, desperdigadas por el valle.

—La habitación es esa —le indico.

Abro la puerta del cuarto de invitados. La cama está hecha, aunque nadie duerme allí desde Inés, el verano pasado. Vera recorre con los dedos el respaldo de madera.

—¿Cuánto me cobrará por el suplemento?

—Ya encontraré una columna.

Me mira y esta vez la sonrisa le alcanza los ojos. Son marrones, con una franja clara alrededor de la pupila. No debería haberme fijado.

—Necesito ducharme —dice—. Y después quiero ver los cierres de caja, el planning de personal y las reservas de enero a junio.

—Después necesita cenar.

—Puedo comer mientras trabajo.

—Aquí no.

—¿También controla eso?

—Mateo controla eso. Es peor que yo.

Le explico dónde están las toallas, le doy la contraseña de la red privada y regreso abajo. En recepción me esperan dos huéspedes, una avería del montacargas y Bruna con una sonrisa que merece una sanción.

—Ni una palabra —le advierto.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy alto.

—Pobrecita. Doce noches contigo.

—Es una consultora.

—También parece una mujer.

—Gracias por el informe.

Bruna me entrega las incidencias. Trabajo durante hora y media sin conseguir olvidar la sensación de la piel de Vera bajo el pulgar.

Me enfada por su inoportunidad. Esta mañana he llamado a tres proveedores para retrasar pagos.

Mañana tendré que explicarle a un técnico por qué aún no hemos abonado la mitad de la reforma del spa.

No tengo espacio para pensar en una desconocida que mide cada decisión y lleva un abrigo rojo como una señal de alarma.

A las ocho, Mateo saca la cabeza de la cocina.

—¿La tiburona cena carne?

—Pregúntaselo a ella.

—Me han dicho que vive contigo.

—Durante unos días.

—La Navidad obra deprisa.

Le lanzo el paño que tengo en la mano. Él lo atrapa y vuelve a la cocina riéndose.

Encuentro a Vera en el despacho con el pelo húmedo, un jersey color crema y unos vaqueros. Sin el abrigo y las gafas parece más joven. Ha ocupado un extremo de la mesa con el portátil, dos archivadores y una hilera de notas adhesivas.

—Ha tardado —dice, sin levantar la vista.

—Dirijo un hotel.

—Eso intento verificar.

Dejo un plato frente a ella. Estofado de ternera, patatas y pan recién hecho. Vera mira la comida y después a mí.

—No he pedido servicio de habitaciones.

—Mateo se niega a permitir que alguien coma barritas energéticas en su propiedad.

—El restaurante es suyo.

—La cocina. El resto finge que también.

Se lleva una cucharada a la boca. Cierra los ojos un instante y comprendo que Mateo acaba de ganarse una defensora.

—Esto es excelente.

—No se lo diga. Ya es insoportable.

Me siento enfrente con mi plato. Vera ha clasificado los gastos en tres montones.

—¿Qué ha encontrado?

—Que pagan un precio razonable por casi todo y compran cantidades poco razonables de algunas cosas. Que tienen cuatro aplicaciones diferentes que no se comunican entre sí. Que nadie imputa las horas extra a los eventos que las generan. Y que la ruta de faroles pierde dinero.

—La ruta se incluye en la estancia.

—Compra material, requiere cinco empleados y un seguro específico. No se incluye: se regala.

—Los huéspedes la esperan.

—Entonces hay que ponerle precio.

—No todo puede llevar una etiqueta.

—En un negocio, sí.

—Ese es el tipo de frase que hace que la gente esconda la cubertería cuando llega una consultora.

Ella moja pan en la salsa.

—Mañana asistiré a la ruta.

—¿Para disfrutarla?

—Para calcular cuánto cuesta.

—Naturalmente.

—Y quiero entrevistar a cada responsable de área. Sin usted delante.

—¿Teme que los intimide?

—Temo que contesten lo que usted quiere oír.

—Aquí la gente dice lo que piensa.

—Bruna sí.

—Bruna dice lo que piensa, lo que pensó ayer y lo que cree que pensará mañana.

Vera ríe. Es un sonido breve, inesperado. Me sorprende querer provocarlo otra vez.

Terminamos la cena discutiendo sobre cierres parciales, precios y el valor de conservar tradiciones.

Ella escucha más de lo que imaginaba. No cede, aunque pregunta por qué hacemos cada cosa y distingue entre una respuesta sentimental y una operativa.

Cuando subimos al apartamento, ha dejado de parecerme una enemiga. Es peor: parece una enemiga competente.

En el salón, Vera abre el portátil de nuevo.

—Son casi las once —digo.

—Trabajo una hora más.

—Mañana empezamos a las siete.

—Yo empiezo a las seis.

—Esto no es una competición.

—Entonces deje de intentar ganar.

Voy a mi dormitorio. Diez minutos después regreso por agua y la encuentro dormida en el sofá, con el ordenador abierto sobre las rodillas y una hoja de cálculo iluminándole la cara. Tiene una arruga entre las cejas incluso dormida.

Retiro el portátil con cuidado. Vera murmura algo y gira hacia el respaldo. Sobre la pantalla hay un modelo de ingresos con decenas de variables y una frase resaltada: «No recortar antes de entender qué sostiene la experiencia».

Me quedo quieto.

No es una frase de alguien que ha venido a vaciar el hotel.

Cierro el ordenador, dejo una manta sobre ella y apago la lámpara. Cuando me alejo, Vera habla entre sueños.

—No cierres la puerta.

No sé si me lo dice a mí o a alguien que ya no está.

Dejo la puerta de su habitación abierta.

También dejo la mía.