CAPÍTULO 1 #3
—No. Son personas que perderán su trabajo si usted continúa negándose a mirar las cifras.
El silencio se tensa entre nosotros. He utilizado un tono más duro de lo previsto, aunque no retiro lo dicho.
He visto hoteles esperar demasiado. Primero aplazan pagos, luego recortan mantenimiento y terminan comunicando un cierre con cuarenta y ocho horas de antelación.
Los propietarios siempre creen que resistir es una estrategia hasta que ya no queda nada que proteger.
Leo se levanta y abre una de las estanterías. Saca dos archivadores gruesos y los deja delante de mí con un golpe seco.
—Contratos de proveedores y gastos del último año. Inés le enviará las nóminas y la deuda actualizada.
—También necesito las reservas de los últimos tres ejercicios, las tarifas por canal, las comisiones, el coste por habitación ocupada, el inventario y los partes de mantenimiento.
Añade otro archivador.
—Empiece por esto.
—Trabajo con archivos digitales.
—Nosotros trabajamos con lo que tenemos.
—Ese es el problema.
Se inclina hacia la mesa, apoyando las palmas en la madera. Huele a frío y a jabón, una combinación mucho más agradable de lo conveniente.
—Escúcheme bien, Vera. Mi hermana ha insistido en contratarla y he aceptado porque confío en ella.
Eso no significa que vaya a permitir que llegue aquí con una lista prefabricada, convierta este sitio en un hotel idéntico a otros cien y despida a media plantilla para que una hoja de cálculo quede bonita.
—Yo no hago bonito nada.
—Eso sí me lo creo.
—Encuentro el motivo por el que un negocio pierde dinero y lo corrijo.
—¿Aunque al corregirlo deje de ser el mismo negocio?
La pregunta me alcanza con más fuerza de la que debería. Aparto la mano de la tableta.
—Si quiere que Los Abetos siga siendo exactamente lo que es, no necesita una consultora. Necesita un milagro.
—Es Navidad. Quizá tengamos uno reservado.
Antes de que pueda contestar, las luces se apagan.
La cafetera deja de zumbar. El ordenador se oscurece. Desde el vestíbulo llega un murmullo colectivo seguido por el chillido emocionado de un niño. Cinco segundos después, se encienden las lámparas de emergencia.
Leo cierra los ojos.
—Dígame que esto forma parte de la experiencia navideña —pido.
Un golpe metálico retumba en algún punto bajo nuestros pies. Después llega otro. Leo ya está rodeando la mesa.
—Quédese aquí.
—No.
Se detiene en la puerta.
—No era una invitación.
—Y yo no soy huésped. Si el fallo afecta al funcionamiento del hotel, necesito verlo.
—Lleva medias mojadas y zapatos que no sobrevivirán al primer escalón del sótano.
Abro la maleta, saco las botas de montaña y las levanto delante de él.
—También sé preparar equipaje. Solo tengo problemas para elegir el orden correcto.
Durante un segundo vuelve a aparecer esa casi sonrisa. Luego se esfuma.
—Tiene dos minutos.
—Necesito uno.
Me cambio de calzado mientras él avisa al personal por un transmisor. Al incorporarme, ya está en el pasillo. Lo alcanzo junto a una puerta de servicio y bajamos por una escalera estrecha. El aire se vuelve más cálido a cada peldaño. En el sótano huele a metal y humedad.
Leo abre la sala de calderas.
Una nube de vapor nos recibe.
—Eso no parece un corte eléctrico —observo.
—La bomba del circuito ha saltado y ha hecho caer el diferencial.
—¿Es grave?
—Depende de cuánto le guste el agua caliente.
Se arrodilla junto a una tubería, examina una válvula y suelta una palabrota en voz baja. Yo ilumino con el teléfono. El vapor humedece su pelo y se pega a las mangas del jersey.
—¿Cuándo revisaron la instalación por última vez?
—En octubre.
—¿Hay informe?
—Ahora mismo me preocupa más que el hotel no se congele.
—A mí me preocupan las dos cosas.
Leo gira la cabeza. Estamos demasiado cerca. La luz del móvil acentúa la línea de su mandíbula y el cansancio bajo sus ojos.
—Doce días —dice.
—¿Qué?
—Eso es lo que estará aquí. Doce días haciendo preguntas, anotando defectos y explicándonos cómo deberíamos trabajar. Después volverá a su oficina y nosotros seguiremos con lo que deje atrás.
—Si hago bien mi trabajo, seguirán con un hotel abierto.
—Si hace bien su trabajo según quién.
Un chorro de agua sale de la unión de la tubería y me alcanza el abrigo. Retrocedo con un grito. Leo cierra la válvula, se pone en pie y aparta el teléfono de mi mano antes de que termine empapado.
—Le dije que se quedara arriba.
—Y yo le dije que necesitaba verlo.
Miro la mancha oscura que se extiende por mi abrigo rojo. Él también la mira.
—¿Va a incluir eso en el informe?
—Con fotografías.
—Procure sacar mi lado bueno.
—¿Tiene uno?
Leo sostiene mi teléfono un poco más alto para iluminarme. Su sonrisa aparece despacio, sin permiso y con una seguridad que me resulta ofensiva.
—Estará deseando descubrirlo.
Me devuelve el móvil y sale en busca de herramientas.
Lo observo desaparecer entre el vapor. Después abro una nota nueva y escribo la primera conclusión de mi auditoría.
Leo Valdés será un problema.
No añado que, por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de resolver uno.