El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

La mujer del mostrador levanta una ficha de cartulina y la agita para que la veamos.

—¡La he encontrado! Los Ortega llegan mañana, no hoy.

Una pareja con dos adolescentes espera ante ella. El padre no parece compartir su entusiasmo.

—Nuestra confirmación dice día doce —insiste, mostrando el móvil.

La recepcionista mira la pantalla y después la ficha.

—Pues aquí pone trece.

—Bruna —interviene Leo, acercándose—, ¿qué habitaciones tenemos libres?

—Ninguna hasta mañana. Si los Salvatierra no hubieran pedido separar a los niños…

—No vamos a cambiar a otros huéspedes.

El señor Ortega se cruza de brazos.

—Hemos conducido seis horas. Está nevando y no pensamos volver a bajar por esa carretera.

Leo apoya las manos en el mostrador. Su postura sigue relajada, aunque la tensión le endurece la mandíbula.

—No tendrán que hacerlo. Denme cinco minutos.

—Tres —corrige la mujer—. Mis hijos están cansados.

El menor parece tener dieciséis años y escucha música con los auriculares puestos. Decido no señalarlo.

Saco la tableta del bolso.

—¿Cuántas personas son?

Leo gira la cabeza.

—Puedo resolverlo.

—No lo dudo. Le pregunto a la señora Ortega.

Ella levanta cuatro dedos. Abro el plano del hotel incluido en el expediente y localizo las zonas de uso común.

—Aquí figura una sala de descanso para el personal en la tercera planta. Tiene baño, ¿verdad?

—No alojamos huéspedes en zonas de servicio.

—Hoy sí.

—No cumple los estándares.

Lo miro por encima de la pantalla.

—Tiene una reserva duplicada, utiliza fichas de cartulina y acaba de dejar el coche de su consultora en una cuneta. Los estándares han pedido la tarde libre.

Bruna se tapa la boca. No sé si oculta una risa o una reacción alérgica hacia mí.

—La sala tiene dos sofás cama —admite Leo—, aunque está llena de cajas de la campaña de Navidad.

—Vacíenla, lleven dos camas supletorias y ofrezcan a la familia una cena y una actividad sin coste. Mañana pasarán a la habitación que reservaron. Si aceptan, habremos convertido un error grave en una anécdota razonablemente molesta.

El señor Ortega mira a su esposa. Ella estudia a Leo.

—¿Qué actividad?

—Esta noche hay una ruta de faroles por el bosque —explica él—. Termina con chocolate caliente junto al lago.

La mujer arquea una ceja.

—¿Con ron?

—Si lo desean.

—Aceptamos.

Leo llama a un empleado. En menos de un minuto, tres personas suben hacia la tercera planta, alguien recoge el equipaje de la familia y Bruna prepara unas tarjetas para la cena. No hay órdenes repetidas ni caras de fastidio. Todo el mundo sabe qué hacer.

Anoto una frase en la tableta.

Respuesta operativa excelente. Sistema de reservas desastroso.

Leo inclina la cabeza para leerla.

—¿Siempre escribe mientras los demás trabajan?

Bloqueo la pantalla.

—Solo cuando hacen cosas interesantes.

—Ha tenido suerte.

—He detectado un espacio disponible y he compensado al cliente. No suelo llamar suerte a saber hacer mi trabajo.

—Yo habría llegado a la misma solución.

—Tres minutos más tarde.

Nos sostenemos la vista. Alrededor, el vestíbulo continúa funcionando. Suena el teléfono, el tren pasa frente a una iglesia diminuta y alguien deja caer una bandeja en el comedor. Leo no se mueve.

Yo tampoco.

—Despacho —dice al fin.

—¿Es una invitación o una condena?

—Aún no lo he decidido.

Lo sigo por un pasillo situado detrás de recepción.

Su despacho tiene una ventana que da al bosque, dos estanterías llenas de carpetas y una mesa de madera cubierta de presupuestos.

Nada está desordenado, aunque tampoco parece haber sido colocado para impresionar a nadie.

En una esquina hay una cafetera, dos tazas y una fotografía enmarcada.

Una mujer de unos sesenta años sonríe entre Leo y una chica más joven. Reconozco a Inés Valdés por la videollamada de la semana pasada. Leo debe de tener treinta y cuatro o treinta y cinco. En la foto parece más joven y menos cansado.

Él se coloca delante del marco al sentarse. No sé si lo hace a propósito.

—Mi hermana cree que necesitamos ayuda —empieza.

—La necesitan.

—Lleva aquí quince minutos.

—Dieciocho. Ya he encontrado un fallo en reservas, un vehículo inadecuado para traslados y al menos cuatro empleados dedicados a tareas decorativas en plena ocupación.

—La decoración forma parte de lo que vendemos.

—Y debería aparecer correctamente reflejada en los costes.

—Claro. Las estrellas del árbol en una columna y la ilusión infantil en otra.

—La ilusión infantil no cotiza, señor Valdés.

—Por eso una consultora jamás habría inventado la Navidad.

Apoyo la tableta sobre la mesa.

—No he venido a discutir sobre la Navidad. He venido a conseguir que este hotel continúe abierto cuando termine.

La ligereza desaparece de su expresión. Durante un instante veo al hombre que ha leído las mismas cifras que yo y sabe qué significan.

—Los Abetos lleva abierto sesenta y ocho años.

—La antigüedad no paga las nóminas.

—Las habitaciones están llenas.

—Durante Navidad. En abril no alcanzaron el treinta por ciento de ocupación. En mayo, el veintisiete. Mantienen abierto el restaurante para una media de nueve cenas cada lunes y martes durante la temporada baja.

—Mis empleados no son cifras que pueda borrar.