El hotel de las navidades imposibles
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CAPÍTULO 1
UNA CONSULTORA EN LA NIEVE
VERA
El coche de alquiler decide rendirse a trescientos metros del hotel, lo que me parece una forma bastante poco profesional de darme la bienvenida.
Piso el acelerador con cuidado. El motor protesta, las ruedas giran sobre la nieve y el vehículo retrocede unos centímetros.
A mi derecha hay una cuneta. A mi izquierda, una hilera de abetos cargados de blanco.
Delante, una carretera en pendiente que, según el navegador, conduce al lugar donde debo pasar los próximos doce días.
Apago el motor antes de que el coche elija la cuneta y apoyo la frente en el volante.
—Magnífico.
El limpiaparabrisas arrastra una capa de nieve y me ofrece una visión fugaz del cartel de madera que he dejado atrás.
HOTEL LOS ABETOS Desde 1958
Debajo hay una flecha que apunta hacia arriba. Muy arriba. Hacia una construcción de piedra y madera que se recorta entre los árboles con tantas luces encendidas que podría ser visible desde otro continente.
Mi teléfono vibra dentro del bolso. El nombre de Alicia aparece en la pantalla y tengo la certeza de que no llama para interesarse por el estado de mis extremidades.
—Dime que ya has llegado.
—Ya he llegado a la provincia.
—Vera.
—También he llegado a la montaña, al pueblo y a una carretera diseñada por una persona que odiaba los coches pequeños. Técnicamente estoy a trescientos metros del hotel.
Miro el tramo que me separa de él. Puede que sean cuatrocientos. En vertical.
—La reunión con Leo Valdés era a las cuatro.
Consulto la hora. Las cuatro menos siete.
—Y a las cuatro conoceré a Leo Valdés, siempre que no muera sepultada por una avalancha antes.
—No hay riesgo de avalanchas en esa zona.
—Gracias por quitarle épica a mi muerte.
Alicia exhala al otro lado. Llevo cinco años trabajando para ella y sé distinguir sus suspiros. Este significa que quiere recordarme que soy la mejor consultora de recuperación de Lumen Hospitality sin regalarme la satisfacción de oírlo.
—Inés Valdés nos contrató porque el hotel necesita un plan de viabilidad antes del veintitrés —me recuerda—. El banco revisará la deuda después de Reyes. Si no presentamos una estrategia sólida, dejará de ampliarles el crédito.
—He leído el expediente.
Tres veces. La primera para conocer las cifras. La segunda para confirmar que eran tan malas como parecían. La tercera por puro asombro profesional.
Los Abetos tiene una ocupación excelente durante cuatro meses al año y pierde dinero durante los ocho restantes.
Arrastra dos préstamos, una reforma que duplicó el presupuesto y una plantilla demasiado grande para su volumen de negocio.
Sobre el papel, salvarlo exige reducir costes, aumentar precios y cerrar parte de las instalaciones en temporada baja.
Sobre el papel, casi todo resulta sencillo.
—Leo no está contento con tu visita —añade Alicia.
—Nadie se alegra de verme. Es una de las ventajas de mi profesión.
—Inés dice que su hermano puede ser…
Espera la palabra adecuada.
—¿Un imbécil?
—Protector.
—Eso es «imbécil» con un gabinete de prensa.
—Procura no declararle la guerra antes de la cena.
—No prometo nada. Tengo que sacar la maleta del maletero y escalar una montaña. Si sobrevivo, te llamo.
Guardo el móvil, me pongo el abrigo y abandono el coche.
El frío me golpea la cara con la eficacia de una bofetada.
En Barcelona he metido en la maleta jerseys, botas y un gorro de lana que compré hace dos inviernos y no he estrenado.
El gorro está debajo de toda mi ropa. Las botas adecuadas, también.
Las que llevo tienen tacón bajo, suela lisa y la firme intención de acabar conmigo.
Abro el maletero. La nieve se cuela dentro mientras intento sacar una maleta que pesa lo mismo que un niño de ocho años con problemas de apego. Cuando por fin la deposito en la carretera, las ruedas se hunden.
—Vamos —murmuro, tirando del asa—. Tú y yo hemos salido de sitios peores.
No es cierto. Mi maleta ha conocido hoteles sin minibar y aeropuertos en huelga, aunque nunca una pendiente helada.
Avanzo diez pasos. Resbalo dos veces. A los quince, me quito los zapatos y los guardo en un bolsillo exterior. La nieve me atraviesa las medias al instante. A los veinte, empiezo a preguntarme si la dignidad sirve para entrar en calor.
El ruido de un motor llega desde arriba. Una camioneta oscura desciende despacio y se detiene a mi lado. La ventanilla baja.
El hombre que está al volante lleva una chaqueta de trabajo abierta sobre un jersey verde, el pelo oscuro revuelto y una expresión que no transmite la menor compasión. Mira mis pies, mi maleta atascada y el coche abandonado detrás de mí.
—¿Ha perdido una apuesta?
Tiene una voz grave y tranquila. Eso empeora la pregunta.
—¿Perdón?
—Subir descalza hasta el hotel en diciembre. Supongo que alguien le habrá prometido dinero.
—No estoy descalza. Llevo medias.
Sus ojos bajan otra vez.
—Ah. Entonces retiro mi preocupación.
Me aferro al asa de la maleta.
—El coche no sube.
—Ya.
—¿«Ya» es todo el servicio de asistencia disponible?
—Depende. ¿Es huésped del hotel?
—Todavía no lo sé.
—Eso suele decidirse antes de traer equipaje.
El hombre apaga el motor y baja. Es alto.
No de una forma llamativa hasta que lo tienes delante y debes inclinar un poco la cabeza para sostenerle la vista.
Lleva botas de montaña, vaqueros oscuros y las mangas del jersey subidas hasta los antebrazos, pese al frío.
En la mano derecha tiene una mancha de grasa.
Mecánico, técnico de mantenimiento o asesino rural con muy buena genética.
Cualquiera de las tres opciones explicaría su simpatía.
Se acerca a mi coche, comprueba la posición de las ruedas y abre la puerta del conductor sin pedirme permiso.
—El freno de mano está puesto —le informo.
—Es una noticia estupenda.
—Sé conducir.
—No he dicho lo contrario.
—Lo ha pensado muy alto.
La comisura de su boca se mueve. No llega a ser una sonrisa. Probablemente sus músculos faciales no tienen licencia para tanto.
—La carretera tiene hielo. Dejaremos el coche en el arcén hasta que pase la máquina quitanieves.
—Tengo una reunión dentro de cinco minutos.
—Entonces lleva cuatro minutos de retraso.
Miro la hora y descubro que tiene razón. Él se inclina, recoge mis zapatos del bolsillo abierto de la maleta y los observa con una desaprobación personal.
—¿Pensaba inspeccionar el hotel con esto?
Levanto la cabeza.
—¿Cómo sabe que voy a inspeccionar el hotel?
Sus ojos regresan a los míos. Son de un tono entre verde y gris que tendría cierto interés si su dueño no me estuviera evaluando como una avería cara.
—Vera Ferrer —pronuncia—. Lumen Hospitality. Treinta y un años. Ha trabajado en diecisiete hoteles durante los últimos cinco y ha recomendado cerrar cuatro.
No me gusta que conozca mi edad. Tampoco que haya resumido mi trayectoria con la parte que puede hacerme parecer una liquidadora con abrigo rojo.
—Y usted es Leo Valdés.
—El imbécil protector.
Se me enfría algo más que los pies.
—No he utilizado exactamente esas palabras.
—No. Ha sido la mujer del teléfono.
Alicia. Altavoz del coche. Ventanilla abierta. Me concedo dos segundos para maldecir cada decisión que me ha llevado hasta esta carretera.
—También ha dicho que tengo una excelente reputación.
—Esa parte no la he oído.
—Porque no la ha dicho en voz alta.
Esta vez sí sonríe. Apenas dura un instante, aunque cambia su cara lo suficiente para irritarme por razones nuevas.
Leo carga mi maleta en la camioneta. No pregunta si puede hacerlo y yo no protesto, ya que he dejado de sentir dos dedos del pie derecho. Rodeo el vehículo, abro la puerta del acompañante y encuentro el asiento ocupado por una caja de bombillas, un manojo de muérdago y una llave inglesa.
—Su comité de recepción es peculiar.
—La llave inglesa no suele viajar delante. Hoy se ha portado bien.
Muevo la caja al suelo y me siento. La calefacción está tan alta que mis gafas se empañan. Me las quito, las limpio con el borde de la bufanda y descubro que Leo me observa.
—¿Qué?
—Nada.
—Eso ha parecido bastante a algo.
—Esperaba a una mujer mayor.
—¿Por qué?
—Por los cuatro hoteles cerrados.
—Puedo arruinar negocios a cualquier edad.
—Me tranquiliza saberlo.
Arranca y conduce hacia el hotel. El trayecto dura menos de dos minutos, tiempo suficiente para que comprenda que mi primera impresión de Leo Valdés es recíproca.
Él cree que he venido a arrancar números de una hoja de cálculo hasta que el hotel encaje.
Yo creo que dirige el negocio con el mismo método con el que conduce por el hielo: demasiada confianza y ninguna intención de frenar.
Los Abetos resulta aún más imponente de cerca.
El edificio principal tiene cuatro plantas, balcones de madera y una entrada protegida por un tejadillo cubierto de nieve.
Varias guirnaldas rodean las columnas. Un abeto enorme se alza junto a las escaleras, decorado con lazos rojos y estrellas doradas.
No hay adornos de plástico ni luces que parpadeen con desesperación. Todo parece cálido, caro y estudiado.
Eso no encaja con las facturas de decoración que he revisado.
—¿Quién se ocupa del montaje navideño? —pregunto.
Leo aparca junto a la puerta.
—Todo el personal.
—¿Durante su horario laboral?
—Bienvenida a Los Abetos, señorita Ferrer.
Baja antes de que pueda exigir una respuesta.
El vestíbulo huele a madera, naranja y canela.
Una chimenea ocupa la pared del fondo, flanqueada por dos sofás de terciopelo verde.
Hay familias junto al árbol, una pareja mayor jugando a las cartas y tres niños arrodillados ante un tren eléctrico que recorre un pueblo en miniatura.
Detrás del mostrador, una mujer de pelo blanco habla por teléfono mientras busca algo en un archivador.
Un archivador de papel.
Siento un pequeño dolor bajo las costillas.
—No —murmuro.
Leo deja mi maleta junto a recepción.
—¿Ya ha encontrado algo que quiere despedir?
—Dígame que las reservas no están ahí.
—Las reservas están en el ordenador.
Relajo los hombros.
—Y ahí —añade.