19. #3
—No hay huellas... —murmuró el comisario—.
No puede haberlas... —Y recogió un cojincito de raso amarillo que yacía a poca distancia—.
¿Ves? Tenía el revólver escondido en medio de este cojín...
Se acercó al hombre, que no podía sospechar de ella y que quizá quería abrazarla, y le apretó el cojín contra el pecho mientras disparaba...
Por eso no se oyó el disparo... —y señalaba, sobre el raso, la misma marca chamuscada del pijama.
—¡¿Ella?! —Sani abrió los ojos de par en par—. ¿Pero quién, ella?
—Sí... Era el único modo de quedarse con toda la herencia y de impedir que el cómplice hablara.
Se había ensombrecido, tenía las mandíbulas contraídas, los labios apretados. Observó el cadáver: los ojos abiertos de par en par expresaban solo un grande, un desmesurado asombro.
—Ve a buscar al jorobado y tráelo aquí...
Sani había renunciado a pedir explicaciones.
Se fue. Al quedarse solo, De Vincenzi observó la habitación.
Se sentía presa de una excitación febril.
¡Ya lo sabía todo! La chispa, que le había faltado durante tantas horas, se había encendido en su cerebro.
Un drama atroz... De inmediato, se lanzó de la cama a la ventana, por la que entraba la luz del día, porque las persianas estaban abiertas de par en par.
Luz mortecina de lluvia. Se puso a observar el alféizar.
Se agachó al suelo. Había intuido bien. Reconoció, sobre la madera del alféizar y sobre las baldosas del suelo, huellas húmedas, que en vano habían tratado de hacer desaparecer.
Para matar a Novarreno, Al Righetti había pasado de su ventana a la del levantino.
Un ejercicio gimnástico de los más sencillos.
No había necesitado escalera, ni bajar al patio y volver a subir, nada.
Se había agarrado a la cornisa que bordeaba todo el muro, prolongando la línea de los alféizares.
Volvió hacia la cama. En un rincón, entre la pared y el armario, vio una pequeña estufa de petróleo.
Era la que había servido para sobrecalentar la atmósfera de la habitación de Douglas Layng, para que el cuerpo no se rigidizase.
Y él la había buscado... Todo lo había intuido; detalle por detalle; solo que no había conseguido tener la visión de conjunto...
¿Pero cómo tenerla?... ¿Cómo podía saber que Julius Lessinger había muerto?
Y precisamente ese nombre, recurrente en boca de todos; aquel fantasma vengador, que cada uno le anunciaba con la angustia de sentírselo a la espalda; precisamente la existencia de Julius Lessinger, a la que había tenido que dar crédito, lo había desviado, impidiéndole buscar en otra dirección.
Sí, naturalmente, de Nicola Al Righetti había sospechado, y precisamente por eso no había querido interrogarlo más, no había querido entrar en su habitación.
Tras el ataque a Carin Nolan, no le había parecido posible que el hombre pudiera cometer otros intentos delictivos, y no había querido despertarle sospechas antes de tener las pruebas...
¿Cómo suponer que ella iba a matarlo?...
Y sin embargo, ahora le parecía inevitable que hubiera tenido que matarlo.
Era indispensable, para Mary Alton, impedir que su primer marido hablara.
Una sensación atormentadora de malestar, como un remordimiento, lo invadió.
Él la había mandado sola a buscar las muñecas, precisamente porque quería que se traicionara.
Sí... en el fondo, era culpa suya aquella muerte...
Y cuando había corrido al primer piso y se la había encontrado en la escalinata, con las dos muñecas en brazos, le había parecido tan plácida, tan invariablemente cándida —y hermosa— que se había reprochado la trampa en la que poco antes habría querido verla caer, y de nuevo se había dicho a sí mismo que iba por un camino equivocado...
Seguía buscando. Abrió el armario y vio una camisa de seda colgada de una percha.
Observó los puños. Del ojal de uno de ellos colgaba un trozo de cadenita rota, y estaba el disco de oro, con los tres círculos concéntricos rojos y azul esmaltados...
El otro disco, el encontrado en el trastero del tercer piso, estaba en su bolsillo.
Volvió a cerrar el armario. Buscó en los cajones de la cómoda, en el de la mesa.
No encontraba nada. Había ropa interior, trajes, cajas de corbatas y de cuellos; en el primer cajón, oculta bajo las camisas, vio una gran Colt, negra y siniestra, con silenciador en el cañón.
Un instrumento de gánster americano. Pero ninguna carta, ningún documento.
Siguió buscando. Su agitación iba en aumento.
Qué esperaba encontrar, ni él mismo lo habría sabido decir.
Vio una maleta y se apresuró a abrirla. Sus movimientos se habían vuelto desordenados.
Solo la excitación nerviosa le impedía desplomarse, caer redondo, tras aquella noche de pesadilla diabólica.
Había entrado en el hotel a las diez... ahora eran cerca de las ocho...
Diez horas... Tenía miedo de hacer balance de esas horas; de pensar en lo peor, que todavía lo esperaba.
Seguía teniendo ante los ojos un rostro ovalado, purísimo, blanco como la cera, enmarcado por una masa ardiente de cabellos de oro...
la profundidad oscura de dos pupilas color de violeta...
la armonía de un cuerpo flexible, grácil, frágil...
Volcó en el suelo el contenido de la maleta.
Corbatas, ropa interior, alguna joya masculina.
Otro revólver más pequeño. ¡Nada, en fin! Pero ¿qué esperaba encontrar?
Y encontró, por fin. Eran unos folios amarillentos, en parte impresos y en parte cubiertos de indicaciones y nombres escritos a pluma.
Justo lo que él había supuesto oscuramente, en cuanto el viejo Bernasconi le había hablado del joven con quien siempre llegaba a Milán Mary Vendramini.
Nicola Al Righetti se había casado en secreto en Chicago, en 1911, con Mary Vendramini, y esos folios eran los documentos que acreditaban el matrimonio.
Todo estaba claro, ya. Mary, conociendo la riqueza del mayor Alton, no había vacilado en contraer un segundo matrimonio, de acuerdo con su marido, para disponer de aquella riqueza y para heredarla, llegado el caso.
Y el caso se le había presentado. De Vincenzi se sobresaltó como si lo hubieran azotado, porque había oído un suspiro, una especie de estertor, detrás de él.
Se guardó los folios en el bolsillo y se volvió.
El jorobado estaba delante de la puerta.
Miraba fijamente al muerto en la cama con los ojos dilatados por el espanto.
De Vincenzi se incorporó.
—Señor Bardi, ¿reconoce a este hombre?
Lo miró.
—¿Cómo?... ¿Qué quiere decir?...
—En 1914, este hombre estuvo en este hotel, ¿lo reconoce?
El jorobado tuvo un destello. Fue exactamente como si su rostro exangüe, amarillento, anguloso, se hubiera iluminado.
—Sí... —gritó—. Sí... ¡es así! Era el hombre que acompañaba a Mary Vendramini...
—Está bien. Nada más... —e hizo una señal a Sani para que se lo llevara—. Que no se mueva de su habitación...
—¿Quién lo ha matado? —preguntó Bardi con voz estridente, pero más firme.
—No importa, ahora... Ya lo sabrá... Váyase... —Y siguió a los dos, cerró la puerta con llave, se dispuso a bajar. Terminar de una vez... Terminar cuanto antes... ¿Qué le esperaba abajo, en el saloncito azul? Los dos agentes estaban en la puerta.
—¿Nada?
Negaron con la cabeza y se apartaron. Dentro, todos estaban donde los había dejado. También la viuda, que se volvió a mirarlo, expectante.
—Mrs. Mary Alton, la declaro detenida por el asesinato de Nicola Al Righetti, su primer y único marido, puesto que el segundo matrimonio contraído por usted con el mayor Alton era nulo, y por complicidad en el asesinato de Douglas Layng y de Giorgio Novarreno y en el intento de asesinato de Carin Nolan...
La mujer seguía mirándolo fijamente.
Alrededor, George Flemington, Diana, Vilfredo Engel, Carlo Da Como, Pompeo Besesti, tras el primer instante en que se habían sobresaltado, tendiéndose hacia él, callaban en suspenso, casi clavados al suelo por una ansiedad nueva, por la sensación de que algo horrible, inesperado y sin embargo fatal, estaba ocurriendo.
De Vincenzi repitió la intimación. Entonces, Mary Alton se dirigió a la mesa, cogió las dos muñecas, se las apretó contra el pecho, las besó y, sentándose, se puso a mecerlas dulcemente, acariciándolas y hablándoles con esa voz suya uniforme, armoniosa como una música, dulce y nostálgica como una canción de amor.
—Sois mías... mías las dos... Os tendré siempre conmigo... hermanitas buenas... ¡Siempre conmigo!...
La llevaron en coche, bajo la lluvia, por calles y avenidas, entre campos, con aquellas dos muñecas de porcelana; y el coche, tras pasar una verja, se detuvo delante de un gran edificio blanco, en medio de los parterres, y vinieron dos hombres con bata azul a hacerse cargo de ella, recibiéndola de manos del subcomisario Sani.
Poco después, un señor con gafas de oro y una gran nariz aguileña la recibió en una habitación toda blanca y reluciente, y se puso a observarla con intensa curiosidad.
Ella mecía las muñecas y cantaba la nana de la inocencia...