El hostal de las Tres Rosas 20.
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—Yo no entiendo —pronunció de pronto la voz profunda y ronca— cómo se las arregló el americano para mantener oculto hasta la noche el cadáver de Layng...

—El comisario lo ha entendido —respondió Da Como, que había asistido a la redacción del atestado y a todas las conversaciones de De Vincenzi con el juez—.

Al chico lo mataron a mediodía... cuando había subido a su habitación, de vuelta de un paseo.

El americano, tras haberlo matado de una puñalada, temiendo que la sangre dejara marcas visibles en la habitación...

había cubierto el cuerpo con las sábanas...

—¿Pero por qué estaba Layng en pijama? ¿Y por qué se había metido en la cama?

—Pero para subirlo arriba...

—Aprovechó el momento en que todos estaban abajo, en el comedor...

Al Righetti comía, como siempre, en la sala de billar...

Pietro lo servía... pero, naturalmente, muy a menudo el hombre se quedaba solo allí dentro...

Entonces le resultó fácil subir por la escalera de servicio, que comunica directamente con el pasillo del primer piso...

Solo el jorobado lo puso en peligro, por un instante...

Pero el americano tuvo tiempo de aprovechar el primer momento de pánico para volver a bajar a la sala de billar sin ser visto, y para correr también él hacia el comedor...

Siguió un silencio. Luego, de nuevo, la voz profunda y ronca:

—¿Pero cómo podían esperar que no los descubrieran?...

—La instigadora fue ella... la mujer. Ella había conocido la historia de Julius Lessinger por Alton y había seguido manteniendo despierto el miedo del mayor, contando con servirse de esa historia con la ayuda de Al Righetti...

Matarlo no pudieron, o no quisieron, porque la mujer había leído el primer testamento, el que el mayor había hecho cuando se casó con ella, y quería poder heredar todo su patrimonio...

Cuando Alton le escribió que estaba a punto de morir, y cuando el abogado Flemington la informó de la cita en este hotel, ella hizo escribir la carta desde Hamburgo y concibió todo el plan diabólico...

—¿Y yo? —preguntó la voz profunda y ronca, quebrándose en un sollozo.

—Y a ti, viejo amigo, te tenían reservada una muerte por accidente... con la visión del ahorcado en el rellano... Puedes darle las gracias al jorobado, que te ha salvado la vida...

Engel rio con esa risa suya estruendosa, que hizo saltar a Besesti en el sillón.

—¡Yo no habría muerto! ¡Tengo la piel dura!

Y Da Como asintió con convicción. Siguió otro silencio.

Virgilio cruzó el vestíbulo, viniendo de la escalinata.

Estaba más desarticulado y descoyuntado que nunca, movía las piernas de través y lanzaba los brazos hacia delante, como si tuviera miedo de caerse.

Fue a detenerse junto al mostrador de su esposa, que, plácida, blanca, matronal, hacía círculos con el lápiz en el reverso de una lista de platos del día. Mario se movía tras la barra.

—Mario, tráeme un bíter... —gritó Da Como.

Los cuatro jugadores de escoba, de vuelta en su mesa de rincón, en el comedor, habían retomado la serie infinita de partidas. Se habían quitado el cuello y la corbata, tenían el rostro descompuesto, los ojos ojerosos, y bebían y fumaban sin descanso.

—¡No llego a entender cómo se puede desparejar el siete de primera mano! —chirrió la voz cascada de Verdulli.

Da Como estaba a punto de llevarse el vaso de licor a los labios, cuando se quedó con la mano a mitad de camino, mirando fijamente la puerta.

En el zaguán habían aparecido, una tras otra, tres mujeres, cada una con un lazo, violeta, malva y negro, sobre el vestido monacal, y las tres con idénticos perfiles ganchudos bajo los sombreros de abalorios.

El hombre se levantó y fue a su encuentro con jovialidad.

—¿Qué hay de nuevo, hermanas mías?

El lazo violeta habló:

—¡Jolanda ha querido volver a verte!

El lazo malva apretó los labios con desprecio. El lazo negro gimió:

—Te damos diez mil...

—¡Ocho mil! —interrumpió con aspereza la hermana mayor.

—¡Diez mil! —suplicó Jolanda.

Y en ese momento, mientras Carlo Da Como sonreía con sarcasmo y se disponía a responder, sonó el teléfono. Mario acudió corriendo, y enseguida reapareció con medio cuerpo fuera de la puerta de los lavabos —donde estaba el teléfono—, sosteniendo el auricular en una mano.

—Señor Besesti, lo llaman del Banco de los Metales Puros...