El hostal de las Tres Rosas 19.
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19.

A l volver al vestíbulo con Sani, De Vincenzi murmuró:

—¡Estamos llegando al final! Pero lo más terrible todavía está por venir.

—Y entró en el saloncito azul. Todos seguían de pie y lo miraron con terror, como si esperaran el anuncio de otra catástrofe.

Él fingió indiferencia. Incluso sonrió—.

Siéntense. Miss Essington está un poco loca.

No debe de haber visto ningún cadáver ni ningún asesino.

La cocaína le produce alucinaciones. —Se volvió hacia Mary Alton—: Hay que terminar cuanto antes.

Le ruego, Mrs. Alton, que vaya a buscar las muñecas...

La viuda se quedó unos instantes perpleja, como si no hubiera entendido; soltó un suspiro profundo, parpadeó.

De Vincenzi repitió la petición. Entonces, ella asintió con la cabeza y salió deprisa.

Se oyeron sus pasos ligeros —¡y qué rápidos!

— por la escalinata. Luego, nada más. Los hombres se habían sentado.

Flemington tuvo que tocarle el brazo a su mujer para acercarla a sí, porque ella parecía petrificada.

—¿Está usted realmente seguro, Besesti, de que el asesino no puede ser Lessinger?

—¡No! No puede ser Julius Lessinger...

—¿Por qué?

No respondió. Se veía el esfuerzo que hacía por tragar saliva, como si se le hubiera cerrado la garganta.

—¿Por qué?

—Porque... Julius Lessinger murió en Buenos Aires en 1913...

La revelación resultó tan extraordinaria que nadie encontró fuerzas para hablar. El primero en reaccionar fue el abogado. Se puso en pie de un salto, amenazando a Besesti con el puño tendido.

—¡Canalla!

Besesti bajó la cabeza.

—¡Miserable chantajista!

—¡Cállese, Flemington! —gritó De Vincenzi.

—¡Es un canalla! ¡Ha tenido durante cinco años a Harry Alton bajo el terror de la venganza de Lessinger!...

—¡Cállese, ahora! —y el comisario lo obligó a sentarse.

—¡Es verdad! —murmuró Besesti—. Pero yo no volví a hablarle de Lessinger al mayor, después...

—Después de haberlo inducido a convertirse en su socio en la empresa de... cabotaje...

—Sí. Había conocido por casualidad a Julius Lessinger en el hospital de Buenos Aires... Éramos vecinos de cama... Él estaba muy enfermo... una tuberculosis sin remedio... Me confió toda la historia...

—¿De quién la había sabido?...

—Parece ser que un día había emborrachado a Dick Nolan y lo había hecho hablar...

Fue él quien lo mató... en combate... Le disparó un tiro de fusil por la espalda...

No había matado también a Alton porque quería primero recuperar el cofrecillo de los diamantes...

Luego enfermó y lo hicieron volver a Johannesburgo...

Mientras tanto, Alton y Engel se habían ido a Inglaterra.

Cómo fue a parar Lessinger a Buenos Aires, no lo sé.

Solo sé que murió desesperado, porque quería vengarse de Alton, y había conseguido también averiguar dónde estaba...

—¿En Sídney?

—Sí.

—¿Y usted, entonces?

—Muerto Lessinger, partí hacia Sídney... Mi situación en Buenos Aires se había vuelto insostenible...

—¡Y vio enseguida, en la historia de Lessinger, el medio para restablecer sus finanzas exhaustas!

Flemington seguía en un estado de extrema excitación.

Que Besesti hubiera representado con Harry Alton la infame comedia de la existencia de Lessinger, y que lo hubiera mantenido bajo la amenaza del chantaje, debía de exasperarlo sobre todo por las consecuencias que de ello se habían derivado, también para él y para la madre de Douglas Layng.

—¡Pero esa carta!... ¿Esa carta, entonces, quién la ha escrito? —rugió Flemington, tendiendo el dedo hacia la mesa, sobre la que seguía el papel procedente de Hamburgo.

—La ha escrito quien quería llevar a cabo... lo que ha llevado a cabo, haciendo creer que era Lessinger —respondió con voz serena De Vincenzi—. Mister Besesti, ¿nadie más aparte de usted conocía la muerte de Lessinger?...

—¡Yo he callado ante todos! —Luego se levantó—. Juro por Cristo que desde hace cinco años no he vuelto a hablar de Julius Lessinger ni con Alton ni con nadie... Las amenazas que le han hecho no proceden de mí...

Era sincero. Una vez conseguido el chantaje inicial, que lo había enriquecido, ¿qué objetivo habría tenido él en seguir explotando un secreto que, de todos modos, era peligroso, capaz de mandar a la horca precisamente a aquel de quien era socio y al que había ligado su suerte?

Algún otro, evidentemente, conocedor de la historia de la matanza atroz, se había atribuido la personalidad de Lessinger, encargándose de mantener despierto el terror de Alton. ¿Con qué fin?

¿Y con qué fin había matado a Douglas Layng, había herido, para matarla, a Carin Nolan, y seguía manteniendo a todas aquellas personas bajo la amenaza inminente? La voz profunda y ronca de Vilfredo Engel resonó extrañamente turbada.

—¡Quienquiera que sea el asesino, está entre nosotros!

Que se encontrara en el hotel era evidente, ya que Stella Essington lo había visto, y Novarreno había pagado con la vida el intento de chantajearlo. ¿Pero que pudiera estar en aquella salita?...

—¿Qué quiere decir usted, Engel?

El hombre había recogido la muñeca y la sostenía por una piernecita, con la cabeza colgando.

Respondió, animándose, y se puso a gesticular con aquella muñeca que agitaba delante de sí.

El abrigo se le había abierto, mostrando el pijama blanco que le ceñía el cuerpo. Resultaba grotesco como un payaso.

—Las cartas se han escrito para aterrorizar y facilitar la comedia trágica... Solo uno de nosotros... podía conocer la historia... y saber cuál era el lugar de reunión de los herederos... Y solo uno de nosotros podía tener interés en que los demás murieran.

—¿Pero por qué? —gritó Besesti.

Flemington se había levantado y miraba fijamente a Engel.

—¿Qué quiere decir, mister Engel?

El paquidermo se volvió despacio y contempló al abogado. Luego sonrió con desdén.

—Nadie mejor que usted, mister Flemington, de Lincoln's Inn Fields, que es abogado, puede comprender el interés de un heredero... por quedarse solo para recibir la herencia.

Besesti intervino:

—En tal caso, yo quedo excluido de toda sospecha. Yo no tenía nada que esperar de Alton. ¡Y todavía necesito saber por qué me convocaron a esta reunión infernal!

Se oyó, lenta, pausada, la voz de Da Como, dirigiéndose al comisario:

—¡Yo tampoco tengo nada que ver! Que me condenen si vuelvo a gastar una broma en mi vida, y lo de poner la muñeca en la cama de Engel no era más que una broma... ¿Por qué me han hecho bajar aquí?

De Vincenzi se sobresaltó. ¡La muñeca!... ¡Las dos muñecas que había ido a buscar Mary Alton!... ¡Y no volvía!

—¡Sani! —gritó con voz cortante.

—¡Aquí estoy! —respondió Sani, acudiendo desde el vestíbulo—. ¿Quién está de guardia en el primer piso?... —El subcomisario palideció.

—Nadie... ¡Es verdad!... Estaba yo, y he bajado detrás de esa mujer...

De Vincenzi se lanzó, apartó de un empujón a Sani, subió corriendo por la escalinata. Pero todavía no había llegado al primer rellano cuando se detuvo. Ante él había aparecido Mary Alton. Bajaba despacio y llevaba entre los brazos las dos muñecas.

—¡Ah! —suspiró el comisario. Luego se recompuso, sonrió—: Temía que no lograra encontrar la muñeca de Carin Nolan...

—He tenido que buscarla en todos los cajones, en efecto... No la encontraba... Estaba en un sombrerero, dentro del armario...

—Bien.

Dejó pasar a la mujer delante de él. La siguió. Esperó a que hubiera entrado en la salita.

—Sube al primer piso y vigila el pasillo... Las habitaciones número 7 y 19 están ocupadas, ya lo sabes... Preocúpate sobre todo por la 7... y, si oyes el más mínimo ruido sospechoso, entra enseguida...

—Descuida —se apresuró a decir Sani, que quería hacerse perdonar el descuido anterior.

—¿Vas armado?

—Sí... —y mostró el revólver, que le abultaba el bolsillo de la chaqueta.

De Vincenzi volvió a entrar en el saloncito.

La viuda había dejado una muñeca sobre la mesa y se había sentado con la otra en brazos.

La apretaba con fuerza contra el pecho. Era su muñeca.

La que había dejado sobre la mesa, aunque idéntica en todo a las otras dos, tenía el vestidito de seda azul.

¿Cómo era que las otras dos, en cambio, iban vestidas de gasa rosa?

—Mister Engel, cuando su hermano volvió de África, la muñeca que traía consigo, ¿qué vestido llevaba?

—¿Cómo dice? —preguntó él, sorprendido. No lograba entender qué tenía que ver el vestido de la muñeca en un drama de esa clase.

Fue la señora Flemington quien respondió:

—Los dos vestidos de gasa rosa los cosí yo. Mi marido me encargó que lo hiciera... Harry Alton le había pedido que preparara dos vestiditos para las muñecas...

—Harry temía que Lessinger llegara a Londres y descubriera las muñecas y las reconociera como las que habían pertenecido a sus hermanitas...

Quería destruirlas... se las pidió a Engel y a su esposa...

pero tanto Engel como Mrs. Mary se negaron a entregárselas...

Entonces pensó en cambiarles los vestidos...

Fue mi esposa, como les ha dicho, quien los hizo...

—¿Y esa? —preguntó el comisario, señalando la muñeca azul.

—Carin Nolan vivía en Noruega... y desde el Transvaal, tras la muerte de su abuelo, la muñeca había sido enviada a Cristianía...

—Pero usted, Mrs. Alton, ¿no le había dicho a su marido que la había perdido?...

—¡No recuerdo! —respondió la viuda. Y frunció un poco el ceño—.

El caso es que me había encariñado con la muñeca, y le negué a Harry que la siguiera teniendo...

o le rogué que me la dejara... No recuerdo.

Quizá dije ambas cosas... Harry era muy suspicaz, y no era fácil engañarlo... Pero no veo qué importancia...

—En efecto, no tiene ninguna...

—¡Es verdad, lo del vestido! —exclamó Engel de golpe—. Un día vino Harry a verme, y fue él mismo quien cambió el vestidito ante mis propios ojos. El vestidito azul se quemó en la chimenea de mi habitación...

—Mister Flemington... ¡Lea el testamento!...