18. #3
—¡He llegado yo también!... ¿No me quieren aquí?
... ¡Pues debería estar!... ¿Todos reunidos, eh?
... ¡para la lectura del testamento! ¡Hay que repartirse un millón de libras!
¡Un buen pellizco! ¡Pero yo también tengo que ver!
¡Él me lo había dicho!... ¡Me lo decía todo, él!
... ¡Yo era la única mujer con la que hablaba!
... ¡Un buen chico!... ¡Y joven, además!
... ¿Creían que no los iba a encontrar? ¡Yo buscaba al comisario!
... ¡Los he encontrado a todos!... ¡Mejor, así también me oiréis vosotros! ...
Detrás de ella, Sani permanecía perplejo, habría querido agarrarla y no se atrevía.
—¡He intentado retenerla! ¡Ha pasado corriendo por delante de mí!...
—No importa —dijo De Vincenzi—. ¡Pase, usted!...
Le había hablado en inglés, tan acostumbrado como estaba ya a hablar inglés allí dentro, a esa gente, y Stella Essington se encogió de hombros.
—¿Cree que no entiendo inglés? No lo hablo, ¡pero lo entiendo!
Avanzó. Mary Alton retrocedió unos pasos, pero sin ostentación, con esa gracia armoniosa suya; se sentó.
Los demás, alrededor, callaban y miraban fijamente a la mujer en pijama verde y amarillo, con aquel pelo rojo artificial suyo, sin lograr entender cómo había podido ir a parar entre ellos, en ese momento.
Sani y Cruni se habían quedado en el umbral y bloqueaban la salida.
Stella buscó una silla, la vio contra una pared y fue a sentarse en ella, cruzando las piernas.
Llevaba en los pies unas zapatillas con dos grandes penachos de plumas blancas que le cubrían los tobillos.
De Vincenzi no le dio tiempo de retomar su soliloquio.
—Ya que ha venido, ¡responderá a mis preguntas!
—¡Oh, oh! ¡Qué tono!... Responderé, claro... ¡si quiero responder!
—¡No! Responderá a todas las preguntas que yo le haga. A menos que prefiera que la lleven directamente a San Fedele...
La mujer palideció.
—¿Qué dice?
—Digo que la mando a San Fedele y hago sacar el expediente de Rosetta Carboni...
—La mujer se mordió los labios hasta sangrar.
Estaba a punto de sufrir un ataque de histeria.
Pero De Vincenzi se le adelantó—. Compórtese y responda.
Es lo mejor que le queda por hacer. ¿Cómo sabía que Douglas Layng no había muerto a consecuencia del ahorcamiento... sino que lo habían matado antes?
—¿Lo sabía? ¿Quién le ha dicho que lo sabía? Yo no sabía nada...
El comisario dio un paso hacia la puerta.
—¡No! —gritó ella enseguida—. ¡Es una vileza, todo esto!
—Usted misma, cuando la interrogué la primera vez, me dijo textualmente: «¿Cómo sabe que no murió ahorcado?». ¡Así que también usted lo sabía!
Bajó la cabeza, volvió a meterse la boquilla en la boca, dio un par de caladas, apresuradamente.
—Lo sabía... porque lo había visto muerto, en su habitación...
Todos se sobresaltaron, salvo George y Diana Flemington, que no entendían el italiano. También la viuda había tenido un estremecimiento, y los ojos se le habían oscurecido y relucían como gemas duras. La muñeca de Engel había resbalado al suelo.
—¿A qué hora?
—Serían las ocho de la tarde... o un poco antes...
—¿Y por qué no gritó?... ¿Por qué no dio la voz de alarma?...
Respondió con vehemencia, incorporándose en la silla:
—¡Porque yo también habría muerto, si lo hubiera hecho!...
—Entonces, ¿usted vio al asesino, y el asesino la vio a usted?...
La pregunta le dio la sensación exacta de lo que acababa de afirmar, en un momento de arrebato.
Toda la sangre le afluyó al corazón, el rostro se le puso lívido.
Callaba, con los ojos desorbitados. Se oyó el ruido de la boquilla de marfil al caer al suelo.
Stella Essington miró a su alrededor. Vio en la puerta a Sani y a Cruni.
Retrocedió. Quizá no los había reconocido.
Quizá tuvo la impresión de que le habían cerrado la huida.
Soltó un grito agudo, estridente, que sonó como el de una fiera herida.
Fue un instante de terror espasmódico, para todos.
También los dos ingleses se habían puesto en pie de un salto.
De Vincenzi apenas llegó a tiempo de agarrar de un salto la muñeca de Flemington y arrancarle el revólver, que el inglés había levantado.
Se lo guardó en el bolsillo y volvió hacia la mujer.
Stella se había pegado contra la pared. Los ojos desmesuradamente abiertos, la boca contraída, las manos convulsivamente extendidas hacia delante.
—¡No!... ¡No!... ¡No es verdad! ¡No es verdad!...
Vio que De Vincenzi se le acercaba, y sobrevino la crisis.
Cayó de golpe, con los músculos contraídos, las uñas clavadas en la carne, los dientes rechinándole.
Sani y De Vincenzi la agarraron en volandas y la sacaron.
Cuando llegaron al vestíbulo, la depositaron en el diván de mimbre.
Estaba tan contraída, tan rígida, que enseguida resbaló hasta el suelo, volcando la mesita pequeña.
—¡Llama a un taxi! —ordenó De Vincenzi a Cruni.
—¿De quién tiene miedo? —preguntó Sani.
—Lo dirá después. La mando llevar al Hospital, porque, mientras esté aquí, no hablará.
La cargaron, y Cruni entró con ella en el coche.
—No te muevas de su cama...
Y el taxi partió, bajo la lluvia, con aquella mujer en pijama amarillo y verde, que poco a poco perdió de verdad el conocimiento y se desplomó en el asiento. Cruni encendió medio toscano, porque llevaba horas y horas sin fumar y ya no podía más.