18. #2
—En cualquier caso, dentro de poco sabremos al menos si realmente Lessinger está aquí.
—Llamó al agente, le habló al oído, fuera de la puerta.
El agente subió corriendo por la escalinata.
Él volvió a la salita—. Sentémonos. Ahora vendrán los demás...
—Flemington no soltó el revólver. Aún apretándolo en el puño, fue a sentarse en el diván, junto a su esposa, que tenía el rostro empapado en lágrimas, pero que, al verlo acercarse, dejó de gemir.
Da Como entró primero, y detrás de él, bamboleante, encorvado de hombros, elefantino, Vilfredo Engel, que se había puesto el abrigo sobre el pijama y que calzaba las zapatillas rojas.
Da Como miró a su alrededor, esbozó una sonrisa, saludó a todos con un gesto amplio.
Engel resoplaba. Estaba lívido. Sus pupilas, ya pequeñas de por sí, parecían dos puntos encendidos en medio de la hinchazón malsana de los ojos.
Debía de tener aún la mente nublada por el alcohol; pero logró llegar hasta Flemington y le estrechó la mano y se inclinó ante la señora.
Luego se sentó, y resultó grotescamente enorme en la silla, demasiado pequeña para su cuerpo desmesurado.
—Siéntese usted también.
Da Como vio una silla junto a la mesa. Fue a cogerla y la llevó lejos, a un rincón, y se sentó, como para marcar su distancia del resto.
—Abogado Flemington, puede dar lectura al testamento...
—Este señor —objetó de inmediato el abogado, señalando a Da Como—, no había sido convocado, y además...
—¡No importa!
—...Y además, faltan...
—Douglas Layng y Carin Nolan, lo sé...
—¡No solo ellos dos! Faltan las tres muñecas.
—¡Es verdad!
Se volvió hacia Engel.
—¿Dónde ha puesto la suya, mister Engel?
—En el segundo cajón de la cómoda —pronunció la voz profunda y ronca del hombre—.
Aquí está la llave. —Y la sacó del bolsillo del abrigo.
De Vincenzi la cogió, salió al vestíbulo, mandó al agente al tercer piso a por la muñeca.
Llamó al brigada, al que vio sentado en el diván de mimbre, junto a un anciano flaco, amarillo, ictérico, que tenía una mano pegada a la boca y se roía las uñas.
—Comisario, ese de ahí es el antiguo dueño del hotel...
—Bien —dijo De Vincenzi—. Ponte en la puerta de la salita y no pierdas de vista ni un instante a las personas que hay dentro.
Fue a sentarse en el sitio de Cruni.
—¿El señor Bernasconi, verdad?
El hombrecillo se sacó la mano de la boca.
—Soy yo... ¡y estoy muy molesto, querido comisario! ¡Estaba en la cama! Yo ya no tengo nada que ver con lo que pueda ocurrir en mi hotel... ¡Lo he alquilado! ¡Esto no son formas!... ¿Por qué me han hecho venir?... ¡Yo sigo siendo súbdito suizo! ¡Y tengo derecho a que se me respete!
—¡Todos los derechos, querido señor Bernasconi! Pero necesito algo de información.
—¡Y no podía esperar!... ¿Le parece una hora cristiana, las siete de la mañana?...
—En el 14, ¿regentaba usted el hotel por su cuenta?
—¡Pero claro!... ¡Y funcionaba mejor, se lo garantizo! ¡Yo sabía elegir a mis clientes! No aceptaba cualquier...
—Escúcheme —interrumpió el comisario con voz brusca.
El otro se llevó la mano a la boca y volvió a morderse las uñas.
—¿Recuerda que ese año se alojaran en su hotel una joven señora de nombre italiano y un inglés bastante mayor... el mayor Harry Alton?... La joven se llamaba Mary Vendramini...
Seguía royéndose la punta de los dedos y miraba fijamente al comisario.
—¿Lo recuerda?... Se casaron en su hotel... la boda se celebró en la iglesia evangélica de la plaza Missori...
Callaba. Pero bajó la mano y continuó con los dedos de la otra royéndose las uñas.
—¿Y bien?
—Sí. Recuerdo. Ella era rubia. Él, alto, huesudo, con el pelo abundante y gris... Había también otro inglés con ellos... Se marcharon los tres juntos...
—¿No recuerda nada más?
—¿Y qué más quiere que recuerde?
—¿La señora había llegado antes?
—Sí...
Ahora, el hombrecillo se había puesto nervioso. Se agitaba en el diván.
—Diga lo que sabe...
—¡Ha pasado tanto tiempo!
—Pero usted tiene buena memoria... ¡No! Déjelo. Se comerá las uñas dentro de poco. ¡Ahora, hable!
—¡Vaya modales! —refunfuñó el hombrecillo. Luego habló—. ¡Yo no tengo nada que ver!... ¿Por qué quiere saber todo esto precisamente de mí?
—Dígame. Es información que solo me sirve a mí. No tendrá que ir a declarar. Le garantizo que ni siquiera lo interrogará el juez...
—Por lo demás, también el jorobado Bardi estaba en el hotel... Él también puede decírselo...
Así que el jorobado, cuando le había respondido que no sabía nada más sobre la señora Mary, que no recordaba, había mentido. Puesto que, sin duda, había algo más que él habría podido contarle...
—Bien... Interrogaré también a Bardi. ¡Pero ahora hable usted!...
—Esa señora... aquí, en el hotel... había estado ya otras veces... con regularidad... desde 1912, me parece... o antes...
—¿Sola?
—No. Siempre llegaba un hombre al mismo tiempo que ella... Pero cada uno cogía una habitación por su cuenta...
—¿Llegaban juntos?
—Sí. También comían juntos.
—¿Era joven, el hombre?
—Más o menos de su misma edad.
—Joven, entonces.
—Sí.
—¿Y la última vez... cuando se casó con el viejo?...
—Estaba también el otro... Naturalmente, en cuanto llegó el inglés, los dos fingieron no conocerse... Pero el viejo era astuto. Tenía unos ojos que traspasaban de parte a parte...
—¿Qué quiere decir?
—El mayor me pidió información sobre aquel joven... Quería hacerme hablar... Me puso una moneda de oro en la mano...
—¿Y usted qué le dijo?...
—¿Yo? Nada. ¡No soy tonto, yo!... Pero él interrogó a los camareros... a todos los que pudo... incluso le compró un reloj al jorobado, para hacerlo hablar...
—¡Gracias!... No hace falta más. He entendido... —y se levantó.
Bernasconi se quedó desconcertado. Ya se había puesto a hablar, y habría seguido.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Puedo irme?
—Claro. ¡Y gracias!
El hombrecillo se dirigió a la puerta trotando y desapareció por el zaguán.
—Aquí está la muñeca, comisario.
De Vincenzi la cogió. Por un instante, al sentirla en la mano, la miró.
Se dio cuenta entonces de que era una muñeca vieja.
También tenía la porcelana un poco desconchada en el cuello.
Y las mejillas descoloridas. Solo las dos rosetas de los pómulos seguían vivas.
¿Cuántos años llevaba viviendo aquella muñeca?
... Las tres hermanitas... los cocodrilos del Vaal...
¡Claro! El vestidito de gasa rosa era reciente.
Pero la muñeca de Engel era igual a la otra, a la de Mary —«¡Es mía!
»— y tenía el mismo vestidito de gasa rosa...
¿Quién las había vestido de nuevo, a las dos?
Pasó delante de Cruni, volvió a entrar en la salita.
Cuando lo vieron con la muñeca, todos tuvieron un estremecimiento.
Todos, salvo Mary Alton, que dijo con su voz melodiosa:
—¡Mi muñeca! ¿Ha ido usted a buscarla?
—No es la suya, Mrs. Alton...
Se la llevó a Engel, que la agarró con sus manazas, torpemente, y no supo hacer otra cosa que ponérsela sobre las rodillas, boca abajo, con los bracitos extendidos, como si se ahogara.
—Ahora, señora, puede ir a buscar la suya... y también la de Carin Nolan, por favor...
La viuda se levantó.
—Voy —dijo.
Se movió. ¡Qué frágil y qué hermosa!... No le dio tiempo a salir.
Cruni se había apartado de la puerta, y en el umbral había aparecido otra mujer en pijama verde y amarillo, con el pelo rojo.
Fumaba, sosteniendo entre los labios una boquilla larguísima de marfil.
Los ojos le brillaban, encendidos por cien destellos cambiantes.
Se sacó la boquilla de la boca e hizo una mueca de disgusto, torciendo los labios rojos.
Estaba palidísima y tenía alguna mancha rojiza en la frente y en el cuello.