18.
L a señora Flemington había sido llevada al diván del saloncito azul por el abogado y por De Vincenzi, que habían tenido que emplear con ella una suave violencia.
A su lado permanecía de pie su marido. De Vincenzi se acercó a Mary Alton, que no se había movido de su silla.
La viuda lo miró con aquellos ojos violáceos y aterciopelados, tan profundos y sin embargo tan límpidamente inocentes.
La primera impresión que el comisario había tenido de ella, como una sensación dulce de armonía, se repetía cada vez que la miraba.
Habría querido confiar en aquella mujer; aquel candor suyo actuaba sobre él como un bálsamo, lo reconciliaba con los seres humanos y con la vida; incluso en medio de toda aquella suciedad moral y de aquel monstruoso aquelarre de cadáveres, la joven seguía siendo pura y blanca, inocente como el cordero del Señor.
—Mrs. Alton —le dijo, con inconsciente dulzura—, ahora debería usted ir a buscar la muñeca de porcelana... y también le rogaría que trajera aquí la otra, que pertenecía a Carin Nolan y que sin duda encontrará en su habitación... Es la número nueve, al principio del segundo tramo del pasillo...
Mary se levantó. Lo miraba:
—¿No bajarán las demás personas que deben asistir a la lectura del testamento?...
Detrás de De Vincenzi, desde el fondo de la salita, la voz de Flemington sonó metálica:
—Bajarán, Mrs. Alton... —Y rio a su modo sarcástico.
—¿Por qué no podría ir yo cuando hayan bajado ya todos los demás?
—Siéntese —le ordenó De Vincenzi.
¿Tenía la mujer miedo de subir? ¿Creía sentirse más segura yendo cuando todos los herederos —salvo el muerto y la muchacha herida— estuvieran ya reunidos en aquella sala?
Sin hacerse repetir la orden, Mary se sentó y dejó las manos en el regazo, e inclinó un poco la cabeza rubia hacia el hombro.
Su actitud era de reposo; pero también de espera resignada.
De Vincenzi escribió otro nombre en la libreta y le entregó al agente el papel para que se lo llevara a Sani.
—¡Mrs. Flemington!... —e hizo una pausa.
La mujer palideció aún más. El abogado había dado un paso adelante, como para defenderla.
—Mrs. Flemington —repitió De Vincenzi con cortesía llena de respeto—, ¿quiere decirme su apellido de soltera?...
—Layng —respondió la mujer con voz firme, y de inmediato miró a su marido. Su mirada era desesperadamente suplicante.
Flemington le hizo una señal de asentimiento y, dirigiéndose al comisario, articuló en tono de desafío:
—Miss Layng... y nació en Australia...
—Gracias. —Enseguida se volvió y se dirigió a la puerta.
Quería hacerle entender al abogado que no había nada más que decir sobre ese asunto, y que él no daba ninguna importancia al hecho de que Mrs. Flemington hubiera sido la amante de Harry Alton, la madre de Douglas Layng.
En el umbral, esperó. Cuando Pompeo Besesti llegó ante él, se apartó, diciéndole:
—¡Entre!
El propietario del Banco de los Metales Puros había perdido toda su altivez.
El rostro, habitualmente sonrosado y lleno, estaba lívido y parecía demacrado.
La barba dorada ya no tenía aquella pulcritud redondeada e impecable, y el pelo se le había despeinado.
Los ojos azules nadaban en un terror líquido y perdido.
Había bajado sin ponerse el abrigo de piel, y como la corbata se le había movido y le salía casi por entero del corte del chaleco, el grueso brillante, al girarse, lanzaba de través sus destellos gloriosos.
Cuando vio a Flemington, se animó un poco.
—Mister Flemington... —y corrió hacia él, como para pedirle protección—. ¡Ah, mister Flemington!...
El abogado sonrió con desdén, a su modo entrecortado.
—¡Mister Besesti!... Su Lessinger ha dado señales de vida, por fin...
Golpeado de lleno en el pecho por la frase, el hombre vaciló y se detuvo a medio camino.
—¿Qué dice usted?... Pero ¿qué dice?...
—¿No había jurado vengarse, Julius Lessinger? ¿No fue a usted a quien se lo anunció?... ¿No fue usted quien le llevó la noticia a Harry?... ¡Feliz noticia, que desde entonces le hizo la existencia gratísima!
—¡Pero no puede ser él!... ¡No puede ser Lessinger!...
—¿Y quién, entonces? ¿Quién habría podido matar a Douglas?... ¿Quién habría podido querer la muerte de Carin?...
—¿Miss Nolan asesinada? —y la pregunta le salió como un grito ahogado.
—¡Sí, miss Nolan!... Si no la han matado, poco ha faltado...
—¡Oh!... —agitó los brazos en el aire, se los llevó a la garganta, como si estuviera a punto de asfixiarse.
De Vincenzi se había situado junto a la ventana, casi oculto por la cortina, y escuchaba y miraba fijamente a los dos hombres, sin perder un solo movimiento.
La señora Alton había mirado a Besesti con curiosidad, como preguntándose qué tenía que ver ese nuevo personaje.
Pero había sido un instante. Enseguida había vuelto a caer en aquella atonía suya, que le servía para aislarse, para volverse casi inmaterial e inexistente.
El abogado reía. De Vincenzi se dijo que la pesadilla, para él, duraría hasta que tuviera que oír aquella risa.
—¡Y además!... ¡Mire ahí, sobre la mesa!... Está la carta que Lessinger me ha escrito...
—¿A usted?... ¿Lessinger?... —Cogió el papel. Lo recorrió deprisa... Volvió a empezar a leerlo desde el principio. Su terror se había vuelto espasmódico, febril. Miraba a su alrededor con desesperación, buscando una salida que no encontraba—. ¡Pero no!... ¡Pero no!...
Balbuceaba. De pronto vio la botella de whisky, el vaso volcado.
Cogió con una mano la botella, con la otra el vaso, y sirvió el licor hasta hacerlo rebosar.
Bebió de un trago. El alcohol lo reanimó.
Se secó la boca, sacando el pañuelo de seda del bolsillo del pecho.
Se ajustó la corbata. Se tocó el brillante.
—¡Es muy extraño!
—¿Por qué es muy extraño, señor Besesti? —De Vincenzi se había mostrado. Lo miraba fijamente.
Tuvo un gesto de sorpresa. Sin duda, solo entonces debía de estar viendo al comisario.
—Dejé a Lessinger en América...
—¿En qué año?
—En el 13... me parece... En el 13.
—¿Desde entonces no lo ha vuelto a encontrar nunca más?
—Nunca más.
—¿Lo reconocería, si lo viera?
De nuevo actuó como si se hubiera encontrado ante un espectro. Adelantó las manos, para defenderse. —¡No es posible!...
—Pero, en fin, mister Besesti, ¿por qué no quiere admitir que Lessinger haya querido vengarse, si usted, mejor que nadie, debería saberlo?
¿Por qué no podría estar en Milán, si ha escrito esa carta a mister Flemington desde Hamburgo?
¿Y por qué no él... y solo él... si el cadáver de Layng fue colgado de una cuerda para ahorcarlo...
como habían ahorcado a Donald Lessinger?
... ¡Y después de Douglas, Carin Nolan...
la nieta de Dick Nolan!... ¡Y el cadáver del chico había sido puesto justo donde Vilfredo Engel tenía que verlo!
... ¿No le parece que todo esto basta para indicar que el asesino es Lessinger, y no puede ser otro?
¿Por qué no lo cree? ¿Por qué?... ¿Por qué? ...
De Vincenzi martilleaba las palabras. Avanzaba, hablando, hacia Besesti. Lo escrutaba en el fondo de los ojos, y no veía en ellos más que el destello de la locura.
—¡Pero no! ¡Pero no!... ¡No es posible!...
—¿Quién más, entonces, puede haber sido?
La pregunta natural, que planteaba un problema sencillo, que era la consecuencia inevitable y lógica de aquellas negaciones obstinadas suyas, pareció devolverlo a la razón.
El cambio fue visible. Todas sus facciones se relajaron, como distendidas; luego frunció el ceño y apretó los labios.
Hacía un esfuerzo terrible por reflexionar, por concentrarse.
—¿Quién?... ¿Quién puede haber sido?...
—¿Y quién es el que todavía está aquí, en este hotel... y que, si no se lo impedimos, seguirá matando... hasta el final?...
Se aferró a la mesa, se irguió, pareció recuperar algo de su arrogancia.
—¿Cómo quiere que lo sepa, yo?... ¡Es usted quien debe encontrarlo!...
—¡Pero usted, Besesti, no admite que pueda ser Lessinger!... ¿Qué razones tiene para no creer que sea él?... ¡Eso es lo que quiero saber!...
También Flemington se había acercado y observaba a Besesti. Se oyó el gemido sordo, dolorosísimo, de la señora Flemington.
—He dicho que no era él... porque no logro imaginar cómo podría haber llegado hasta aquí...
Porque yo no he vuelto a verlo... —Buscaba las razones y jadeaba.
Aquel esconderse suyo tras los subterfugios resultaba lastimoso.
Encontró una justificación lógica y la gritó—: ...
¡Pero porque, ante todo, habría matado a Harry Alton!
... ¡No le habría dejado tiempo de morir de muerte natural! ...
—¿Quién dice que Harry murió de muerte natural? ¡Su enfermedad era misteriosa! ¡Sabía que se moría, y no había médico que pudiera salvarlo! ¿Por qué?... Nadie ha dicho nunca de qué enfermedad murió Harry... Puede haber sido... envenenado...
Todos se estremecieron. Diana Flemington se lamentó con desesperación.
De Vincenzi dio un salto hacia la viuda.
Había sido ella quien había hablado, con esa voz melodiosa suya, sin cambiar la expresión del rostro, sin encendérsele las mejillas.
Flemington, instintivamente, alargó la mano sobre la mesa y agarró el revólver.
Besesti se pasó la mano derecha por la frente, la deslizó por la mejilla.
Trataba de entender. De nuevo la mirada se le desvaneció.
El silencio contenido, ansioso, aterrado, se prolongó durante unos instantes que resultaron eternos.
—Es verdad, señora. Nadie sabe cómo murió su marido.
De Vincenzi había recuperado su frialdad.