El hostal de las Tres Rosas 17. #2
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17. #2

—Entonces, Pompeo Besesti debería estar en condiciones de reconocer a Julius Lessinger... —Hizo una pausa. Los dos seguían sentados, sin moverse.

—Habían fijado para hoy la lectura del testamento de Harry Alton, ¿no es así?

El abogado asintió con la cabeza.

—Bien. Ahora haré venir a esta habitación a las personas que usted convocó.

—¡No a todas!... —sonrió con desdén Flemington.

—¡No a todas! —repitió el comisario, y luego, con un cambio brusco—: Mister Flemington, ¿conoce los términos del testamento?

—No. Alton me lo mandó hace un par de meses...

cuando el médico le dijo que estaba desahuciado...

en un sobre lacrado, con la prohibición absoluta de abrirlo hasta después de su muerte y en presencia de esas cinco personas que me indicaba...

de esas cinco personas y de tres muñecas de porcelana... ¡Esa era su voluntad precisa!

—La tercera muñeca debe de estar en la habitación de Carin Nolan... ¿Pero por qué precisamente en este hotel?

Flemington, sorprendido de golpe por la pregunta, vaciló.

—No me diga que no puede darme explicaciones sobre este hecho, porque el propio mayor, en la carta que le escribió a su esposa, que tengo aquí, ha afirmado que usted conoce muy bien la existencia de este hotel...

—Fue aquí... donde Harry Alton se casó...

—¿Solo por eso?

—Cuando decidió casarse con miss Mary Vendramini, el mayor accedió a reunirse con su futura esposa en Milán, y fue aquí donde se encontraron...

—¿Cree usted que fue Mrs. Mary quien eligió este hotel?

—En cualquier caso, fue aquí donde ella esperó la llegada del mayor.

—¿Y usted?

—Y yo... fui llamado por sir Alton, y fui uno de los testigos de la boda.

—¿Y el otro testigo?

—Debía indicarlo la señora; pero ella se negó a hacerlo. El propio pastor se encargó de buscar a algún inglés de paso por Milán, o residente aquí, que se prestara por cortesía. Fue un anciano, del que ni siquiera recuerdo el nombre.

—¿No ve otra razón que pudiera haber inducido al mayor a querer que este fuera el lugar de la cita de todos los herederos?

—Alton tenía sus manías y sus supersticiones. Puede haberle bastado el hecho de haberse casado en este hotel para sugerírselo.

De Vincenzi escribió deprisa un nombre en una página de su libreta y se dirigió a la puerta. Le dio el papel al agente que estaba en el vestíbulo y volvió hacia la mesa.

—¿Fue la carta de Lessinger lo que le hizo temer que la vida del joven Douglas Layng estuviera en peligro?

—Sí.

—¿Por qué llevaba Layng ya un mes en Milán?

Le echó una mirada a su esposa.

—El chico deseaba visitar Italia y aprovechó el hecho de que, de todos modos, tendría que venir...

—Entonces, ¡Douglas Layng sabía, antes de que el mayor muriera, que tenía que venir a este hotel a escuchar la lectura del testamento de su padre! ¿Quién se lo había dicho?

El abogado se mordió los labios.

—Yo —pronunció, a su pesar.

—¿Por qué?

—No era ningún secreto...

—¿Se lo comunicó a otras personas?

—Yo no; pero Douglas, en la estación, adonde mi esposa y yo fuimos a despedirlo, me dijo que había hablado del motivo de su viaje con Mrs. Mary Alton.

—Entonces, ¿el chico conocía a la esposa de su padre?

—No podía no conocerla, si cuando el mayor se casó él ya era mayor de edad...

—¿Por qué no le dio Alton su apellido al hijo?

Otra brevísima vacilación.

—...Alton abandonó a la madre, dejándola con el niño... Ella le dio al hijo su apellido de soltera.

—¿Y ahora, esa mujer?...

—Se ha casado con otro hombre.

—Fue en Australia, naturalmente, donde Alton la conoció.

—Sí.

—¿Y Alton la ha vuelto a ver... después?...

—Sí.

—¿Y el marido de ella no lo ignora?

—No.

El agente abría la puerta y hacía pasar a Mary Alton Vendramini. Flemington se levantó. La viuda tenía su aire lleno de candor, aquel perfil purísimo bajo la gran masa de cabellos de oro. Y era tan frágil.

—Perdóneme, señora, por haberla hecho bajar...

—Luego De Vincenzi se volvió hacia Flemington y continuó en inglés—: El abogado Flemington dará dentro de poco lectura al testamento de su marido...

—Le acercó una silla. La mujer se sentó, saludando con la cabeza a la señora Flemington, que no le había quitado los ojos de encima desde que había entrado, y que respondió despacio, con dignidad.

—¿No ha traído la muñeca, señora?

Ella lo miró con sorpresa.

—Es necesario que también la muñeca... asista a la lectura. El mayor Alton lo puso como condición indispensable...

—Si es realmente necesario... —murmuró Mary Alton, y se dispuso a levantarse.

—Ahora no. Antes de que la lectura comience, le rogaré que vaya a buscarla.

De Vincenzi seguía de pie. La pausa que hizo fue brevísima, y luego empezó a interrogar a la mujer, con voz fría, siempre en inglés, para que los dos Flemington pudieran entender.

—¿Por qué negó usted, Mrs. Alton, conocer a Douglas Layng?

Los ojos de Mary destellaron.

—¡Porque no era necesario que se lo dijera!

—¡Pero es cierto que lo conocía! ¿El chico confiaba en usted?

—Éramos amigos.

—¿Y él le habló de esta reunión que debía tener lugar en las Tres Rosas?

—Me dijo que se iba a Milán y que se alojaba en este hotel. Por lo demás, la carta de mi marido era bastante clara para mí.

—¿Pero usted lo sabía por Douglas Layng ya antes de recibir esa carta?

—Puede ser...

—¿Cómo es que, conociendo al chico... siendo amigos, como usted dice, no se conmovió, no dio ninguna muestra externa de interés, cuando supo de su muerte trágica?

... —Pero no le dio tiempo a responder—.

¿Y cómo es que, desde que había llegado a Milán ayer por la mañana, no lo buscó? ¿No lo hizo avisar de su llegada?...

Respondió con inocente sencillez.

—Yo sabía que Julius Lessinger podía estar aquí, y sabía... que todos nosotros estábamos amenazados... Me pareció que no le haría ningún bien al chico si me dejaba ver junto a él...

—¿Pero después de muerto?

—¿Sabe usted con precisión lo que ocurrió aquí dentro, desde el momento en que ese señor entró gritando en el comedor?

¡Fue el pánico!... Para mí, que sabía que la muerte de Douglas no era más que la primera, fue también algo más.

¡Fue el terror! ¿Por qué habría de hablar?

¿Y con qué fin? Yo no tenía más que esperar, también, mi turno...

—¿Conocía a Carin Nolan?

—Sabía quién era, y había hablado con ella un par de veces... Carin Nolan no vivía en Londres...

—Abogado Flemington, ¿cómo explica que también Carin Nolan viniera a Milán... y a este hotel... casi al mismo tiempo que Douglas Layng?

Flemington respondió con voz seca.

—Las mismas razones que para el chico. Y, además, Douglas y Carin eran amigos.

No era una respuesta convincente; pero De Vincenzi se volvió de nuevo hacia la viuda.

—¿Quién le contó la historia... de los cocodrilos del Vaal, Mrs. Alton?

—Fue... Harry... en un momento en que creía cercana la amenaza de Lessinger...

—¿En Londres?

—Sí.

—¿Y no quiso quitarle la muñeca?... ¿Y no sintió el deseo de destruirla?

—¿Por qué lo habría hecho?

—Por esa misma razón por la que le pidió a Engel que le entregara la muñeca parecida a la suya, que había pertenecido a su hermano...

—Sí, Harry me pidió la muñeca... Fui yo quien no quiso dársela, diciéndole que la había perdido...

Algunos años después, cuando me pareció que ya no temía la amenaza de Lessinger, le confesé que le había mentido, y le dije que me había...

encariñado con esa muñeca, y que sería un dolor para mí desprenderme de ella...

—¿Conocía la existencia de las otras dos muñecas?

—Naturalmente.

—¿Qué hizo usted ayer en Milán, señora Alton?

—Bueno... nada particularmente destacable. Me quedé en mi habitación... di un paseo por la ciudad...

—¿A qué hora?

—Salí después de desayunar y volví hacia las seis...

Se oyó sonar el timbre de la puerta. Luego el portón se abrió.

Algunas voces. El agente volvió al vestíbulo acompañado de dos hombres que llevaban una camilla.

De nuevo los hombres salieron, de nuevo volvieron, trayendo una segunda...

De Vincenzi había oído el ruido de pasos de los hombres, el ruido sordo de las camillas depositadas en el suelo.

—¡Un momento! —dijo, y salió del saloncito azul.

Habían venido a recoger los cadáveres para llevarlos al Monumental. Uno de los hombres se le acercó y le entregó un papel.

—Es la autorización del juez... Vendrá dentro de poco...

—Vayan primero al tercer piso... Luego irán a buscar al que está en el primero.

El agente guio a los dos camilleros que llevaban la camilla.

De Vincenzi se volvió de golpe. En el umbral del saloncito había aparecido la señora Flemington.

Detrás de ella se veía al abogado. La mujer se mantenía erguida, altiva; pero blanca como un cirio, e inmóvil.

Los ojos, muy abiertos, miraban fijamente la camilla.

El primer impulso de De Vincenzi fue el de lanzarse a hacerla retroceder al interior.

Pero se contuvo. Esperó. Fueron minutos interminables.

Detrás de su esposa, Flemington callaba; pero su preocupación era evidente.

Se oyeron pasos por las escaleras. Lentos, iguales. Se detuvieron. Volvieron a bajar.

Apareció, en lo alto de la escalinata, el primer camillero, la camilla, el segundo camillero. Los pasos... uno por escalón, calculados, iguales... Llegaron al vestíbulo. El golpe sordo de la camilla al depositarla.

Un rostro blanco y un hombro desnudo asomaban de entre la sábana.

Resonó un grito agudo, desgarrador. Y Diana Flemington se desplomó de rodillas sobre el cuerpo de Douglas Layng.

Ni Flemington ni De Vincenzi se habían movido.

El abogado miró fijamente al comisario, y por primera vez sus ojos se mostraron humanos, dulces, perdidos.