17.
L os esposos Flemington dormían cuando De Vincenzi entró en el saloncito azul. La lámpara seguía encendida.
La señora, todavía tendida en el diván, respiraba de forma irregular y se agitaba.
El abogado, en mangas de camisa, sin cuello ni corbata, se había dejado caer con la cabeza sobre la mesa, vencido por el cansancio y el alcohol.
Delante de él, el revólver negro y las botellas cuadradas de whisky manchaban el tapete de terciopelo rojo.
El vaso yacía volcado a poca distancia, y un poco de licor había caído sobre el tapete, emborronándolo.
En la salita, nada se había movido. El montón de maletas se elevaba en el suelo, delante de la ventana.
Hacía frío allí dentro. La caldera del radiador, abandonada a su suerte, debía de haberse apagado, y aquella habitación, al nivel del patio como estaba, notaba la humedad del anegamiento producido por la lluvia.
De Vincenzi movió ruidosamente una silla, tosió, dio unos pasos por la habitación.
Había dejado la puerta abierta, para poder llamar al agente cuando quisiera, y el hombre, en el vestíbulo, se paseaba golpeando los pies contra el suelo de piedra, para entrar en calor.
Mrs. Flemington se giró de golpe sobre un costado, dejó escapar un gemido.
Despacio, el abogado levantó la cabeza, apoyó los codos en la mesa, trató de cambiar de postura para volver a dormirse. Parpadeaba; soltó un gruñido.
—¡Abogado Flemington!...
Él miró al comisario, sin reconocerlo. Tenía las pupilas turbias. Se había puesto pálido, y las mejillas parecían habérsele desinflado. Más profundos, los surcos de las comisuras de la boca daban relieve a los labios amoratados y a la nariz poderosa y autoritaria.
—¿Qué pasa?... ¿Qué quiere?... —Miró a su alrededor.
Vio a su esposa. Empezó a recordar—. Ah...
—Cogió el revólver y lo mantuvo cubierto con la mano ancha, en cuyo meñique relucía el brillante.
Luego rio y retiró la mano. Y había recuperado de golpe su risa sarcástica, breve y entrecortada, y de golpe la mirada se le había despejado—.
¿A quién han matado ahora?... No me venga a nombrar otro Novar...
Bonar... zeno... otro con un nombre extraño, que yo no conozca...
o pensaré que he acabado en un manicomio...
—No se ría más, se lo ruego, mister Flemington.
Él dejó de reír. Y esperó.
—Ha llegado el momento en que debe hablar... Contármelo todo... Vilfredo Engel me ha contado la historia del mayor Alton y de su hermano... Pompeo Besesti se ha decidido a empezar a confesar... ¿La quinta persona que había convocado usted para la lectura del testamento era Besesti?
—En efecto...
—Bien, es necesario que me diga todo lo que sabe y me dé a conocer el testamento...
—¿Y Julius Lessinger?... ¿Qué hace usted con Julius Lessinger?... ¿Lo han encontrado?... ¿Quién más ha sido eliminado... de esos cinco?
—Han intentado matar a Carin Nolan... pero la salvarán...
—¿Y usted?... ¿Y usted qué ha hecho?...
—Yo estoy cumpliendo con mi deber, abogado Flemington... y, para cumplirlo, también debo ordenarle que hable...
—¿Cree que lo que puedo decirle le ayudará a detener al asesino?
... Los herederos... o al menos los presuntos herederos...
son cinco, ¡y por ahora solo ha alcanzado a dos!
Es poco... —Esbozó aquella risa suya entrecortada—.
...Aún quedamos mi esposa y yo... Lessinger no hará las cosas a medias... me lo ha escrito...
De Vincenzi se sobresaltó. ¿Así que Julius Lessinger existía de verdad, era precisamente a él a quien había que detener?...
—He tomado todas las precauciones que he podido tomar, y en cualquier caso ningún peligro ha amenazado hasta ahora a Mrs. Flemington ni a usted... Muéstreme lo que le ha escrito Julius Lessinger...
Flemington se levantó y apartó la silla de la mesa.
Se quedó unos instantes de pie, como si hubiera querido recuperar el equilibrio.
Pero cuando se movió, no titubeaba. Cogió la chaqueta del respaldo de la silla donde la había colgado y se la puso.
Luego sacó del bolsillo del pantalón un manojo de llaves.
Se acercó a las maletas, cogió la más pequeña, de cuero negro, la abrió, después de haberla puesto sobre la silla contigua.
Todos sus movimientos eran lentos, calculados; cada uno de ellos iba precedido de un breve instante de reflexión.
Sin duda, el hombre tenía un gran dominio sobre sí mismo, pero todavía debía de sentirse entorpecido por el alcohol.
Volvió hacia la mesa y se sentó. Tenía un sobre en la mano.
Lo puso delante de sí, y luego lo empujó hacia De Vincenzi.
La carta llevaba la dirección de George Flemington en Lincoln's Inn Fields y tenía los sellos de Hamburgo.
Estaba escrita en inglés, a máquina, incluso la firma.
«Quien me mató al padre y a las hermanas ha escapado para siempre de mi venganza; pero esta recaerá sobre quienes esperan repartirse el botín.
También los inocentes pagarán las culpas de los padres.
Los alcanzaré, cuando estén a punto de tocar el dinero manchado de sangre.
Todo en el plazo de veinticuatro horas. Y usted con ellos.
La madre caerá sobre el cuerpo del hijo.
El hermano expiará la culpa del hermano.
Tendrán tres rosas sobre su tumba. Julius Lessinger».
De Vincenzi dobló despacio el pliego y lo volvió a meter en el sobre.
Se oyó el gemido apagado de la señora Flemington, que se había despertado y lloraba.
Flemington se volvió hacia el diván y dijo con voz dura:
—¡Diana! Es inútil llorar...
De Vincenzi observó que la mujer se apresuraba a secarse los ojos y se incorporaba del diván, recomponiéndose y tratando de recuperar su aire lleno de dignidad y de altivez.
—Mister Flemington, todo lo que he sabido por los demás me permite comprender esta carta... casi por completo. Todavía ignoro cuáles fueron los vínculos que le unían a usted con Harry Alton... ¿Quiere precisármelos?
—¿Desea usted juzgar a los muertos?
—Deseo solo comprender las intenciones de quienes... siguen con vida. Dígame todo lo que sabe de Julius Lessinger...
—Es el hijo de Donald...
—¿Quién le reveló el modo en que murieron el padre y las hermanas?
—Lo ignoro.
—¿Quién puede haberlo informado de la muerte del mayor Alton y, sobre todo, de la convocatoria de los herederos en este hotel? La alusión a las tres rosas es significativa. ¿Cómo podía saberlo Julius Lessinger?... ¿Qué sabe usted de Julius Lessinger?...
—Estuve en Sídney, en 1915...
—¿Era socio de Alton?
—No exactamente. Es más, no lo era en absoluto. Pero era el asesor legal del mayor, y tuve que asistirlo...
—¿En un proceso grave?...
—Si insiste, se lo precisaré. Pero le repito que no me parece que este sea el momento de reconstruir toda la vida de un muerto.
—Digamos que era un proceso... por cabotaje, es decir, por abastecimiento en alta mar de algún submarino...
Flemington lo interrumpió, y por primera vez su ansiedad le trasparentó en la voz.
—¿Ha telegrafiado Scotland Yard?...
De Vincenzi sonrió. A él le convenía que el otro lo creyera.
—¡No importa, mister Flemington! No es eso lo que urge... Continúe. ¿En Sídney conoció usted a Julius Lessinger?...
—Alguien me habló de él, alguien que lo había conocido...
—Pompeo Besesti...
—¿También sabe eso?
—Lo he deducido.
—Sí, fue Besesti quien me habló de él, y quien por primera vez le había revelado a Alton que el hijo de Lessinger estaba al corriente del... tipo de muerte que había tenido el padre...
—Y Besesti se convirtió de ese modo en socio de Alton... —afirmó, casi para sí mismo, De Vincenzi.
El abogado no pudo contener un gesto de sorpresa.
—¿Todo deducción suya?
—¡Fácil! ¿Besesti le dijo que había conocido personalmente a Julius Lessinger?
—Lo dijo...
En efecto. ¿Cómo habría podido no conocerlo?
El quebrado de Buenos Aires había tenido tratos con Lessinger, había conocido la historia del cuádruple crimen y del cofrecillo de diamantes, y había partido hacia Australia en busca de Alton.
Una vez encontrado, el juego le había resultado fácil.
Convertido en socio del mayor, lo había mantenido bajo el peso del secreto.
Y así había nacido también el Banco de los Metales Puros, con el capital de diez millones íntegramente desembolsado.
Todo esto era fácil de reconstruir. Menos fácil, en cambio, era explicarse por qué Julius Lessinger, conociendo la historia trágica y habiendo decidido vengarse, no había ido él mismo a Australia y había dejado que Harry Alton muriera tranquilamente de muerte natural, para luego vengarse de aquella forma atroz en inocentes.
Que no hubiera rastreado los pasos del mayor, ni siquiera cabía pensarlo, dado que ahora demostraba conocer perfectamente todo sobre él, incluso la historia de las Tres Rosas, incluso la existencia de un hijo de Alton con un nombre que no era el de su padre, incluso los vínculos que unían a Alton con los esposos Flemington...
Pero, en el fondo, ¿cuáles eran esos vínculos?
¿Era posible que Flemington hubiera actuado siempre y siguiera actuando ahora —incluso a riesgo de su propia vida— como abogado del mayor?
«Mi mujer ha tenido en el regazo al pequeño Douglas»...
De Vincenzi miró a la mujer. Se mantenía erguida en la silla, inmóvil, mirando fijamente a su marido, como para sacar de él la fuerza necesaria para esa impasibilidad, que era solo aparente.
El silencio se prolongaba, pesado, gélido.
A medida que unas sombras se disipaban, otras se acumulaban en oleadas apremiantes.
Todo lo que De Vincenzi lograba descubrir no lo hacía avanzar hacia la solución del problema.
En su cerebro, las revelaciones se amontonaban, se superponían, sin coordinarse. Le faltaba la chispa reveladora.