El hostal de las Tres Rosas 16. #3
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16. #3

—En cualquier caso... el americano tiene treinta y cuatro años, puede ser el hijo de Donald Lessinger, y puede haber cometido él los tres crímenes...

para vengarse. Tú no puedes entenderme del todo, porque no conoces la historia del mayor Alton; pero yo sí la conozco...

¿Ves? Aquí dentro, en mi cráneo, se encuentran reunidas, de forma confusa, todas o casi todas las noticias necesarias para explicar el misterio...

Y sin embargo, para mí sigue siendo impenetrable...

No consigo coordinarlas... conectarlas...

¿Sabes cómo actúan los químicos para ciertas soluciones especiales?

Reúnen en un recipiente todos los ácidos...

o los sulfuros... o lo que diablos sean, porque ya ni recuerdo la poca química que aprendí en el instituto...

pero, en fin, sé que en el recipiente, incluso cuando ya se han puesto todos los ingredientes necesarios para crear ese tal precipitado que se quiere obtener, no ocurre nada, si no se hace pasar por él la corriente eléctrica y no se produce la chispa...

Lo mismo pasa en mi cerebro. Está todo, y no sale ningún resultado.

Falta la chispa... —Calló. Miraba al vacío, delante de sí.

Luego se sacudió y le sonrió a Sani. Se levantó, como para desentumecer las piernas, y se metió las manos en los bolsillos.

De inmediato sacó una de ellas e hizo brillar algo en la palma.

—¿Qué es eso?

—La mitad de un gemelo, que he encontrado en el trastero del tercer piso...

—¿Donde colgaron el cadáver?

—Ya... —volvió a guardarse el disco de oro en el bolsillo—.

Al Righetti... un americano que ha estado en Londres y que allí conoció a Carlo Da Como y su pensión donde se jugaba a juegos de azar y se fumaba opio.

Pero él estaba abajo... estaba cenando en la sala de billar...

cuando Bardi bajó gritando que había visto al ahorcado...

Y tiene coartadas. Si me quedo con la apariencia de este hecho, debo descartar que pueda haber cometido él el crimen...

a menos que haya tenido un cómplice, al que le haya encargado preparar la escena macabra...

Pero es poco probable... —Se pasó una mano por la frente—.

Siento que me acerco cada vez más a la solución; pero no consigo ver los pasos que doy hacia ella. ¿Entiendes?

Cruni subía la escalinata, y los dos se volvieron a mirarlo.

—Comisario, ya están todos reunidos en la sala de billar... Parecen supervivientes de un incendio, con esas dos mujeres en bata y el hombre en pijama... Están tan cansados y aterrorizados que ni siquiera han tenido fuerzas para protestar...

—¿Qué hacen?

—Están ahí... Los cuatro de la escoba siguen con sus partidas...

—¿Y bien, qué quieres?

—Faltan pocos minutos para las siete y media, comisario... ¿Quiere que vaya a buscar a ese Bernasconi?

—¡Ah, sí!... Ve y date prisa... Es el antiguo dueño del hotel —explicó a Sani—, y necesito conocer algunos detalles... —Llamó de nuevo a Cruni, que ya estaba al final del tramo—. ¿Quién está de guardia abajo?

—Dos hombres en el comedor, vigilando la puerta de la sala de billar...

—¡Bien! ¿Y la escalera de servicio que une la sala de billar con el primer piso?

El brigada guiñó un ojo con malicia:

—¡He pensado en eso, comisario! Hay una barra con un candado en esa puerta. La he cerrado y tengo aquí la llave...

—Menos mal... Ve... y vuelve deprisa.

En ese momento se oyó sonar el teléfono. Sani corrió abajo.

—Era el hospital... La noruega está muy grave; pero el médico jefe... era él precisamente quien telefoneaba... espera salvarla. Le he preguntado si sería posible interrogarla, y me ha preguntado si estaba loco... Harán falta al menos cuatro o cinco días antes de que pueda hablar...

—¡Naturalmente! ¿Y quién esperaba poder saber algo de ella?...

Luego miró el reloj. Eran las siete y media, como había dicho Cruni.

Del gran ventanal del rellano llegaba una luz mortecina, lívida.

Los primeros resplandores del amanecer a través de la espesa cortina de la lluvia, que seguía cayendo inexorable.

Dentro de poco, el hotel empezaría a despertar...

Se sobresaltó, porque otro timbre había sonado.

Era el de la puerta de entrada. Sani bajó.

Se le oyó abrir la mirilla del portón, hablar con alguien en voz baja, luego volver, y le llegó el ruido de algo metálico y tintineante depositado en el suelo.

—Era el lechero... Ahora empezará el desfile de los proveedores...

En otras palabras, también Sani pensaba que así no se podría seguir mucho más...

—Quédate tú aquí... Pero mantente atento...

—¡Eh, claro!... —murmuró el subcomisario, que habría preferido no recibir ese encargo, y miró el pasillo sobre el que se abrían todas aquellas puertas. Y había un cadáver...

—Yo bajo al saloncito azul... Haré venir allí, uno a uno, a todos los que están encerrados en sus habitaciones...

Te mandaré, de vez en cuando, al agente con el nombre de quien debas hacer bajar, escrito en una hojita de mi libreta...

Y bajarás tú mismo a llamarlo... Pero antes tengo que mantener una conversación un poco larga con esos dos ingleses...

—¿Y si... si ocurre algo?...

De Vincenzi lo miró y le dio una palmada en el hombro.

—También tú algo cansado, ¿eh?... ¡Aguanta! Creo de verdad que dentro de poco todo habrá terminado...

Y bajó. Sani lo siguió con la mirada y luego sacudió tristemente la cabeza.

Más que cansado. Ya no podía más, él... Cogió una silla y la llevó al principio del pasillo.

Así, al menos, nadie pasaría sin que él lo hubiera visto y hubiera podido detenerlo.

Pero ni siquiera esa precaución, que le parecía esencial, pudo detener el curso fatal de los acontecimientos. Ni lo detuvo.