El hostal de las Tres Rosas 16. #2
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16. #2

—Acompáñalo abajo —ordenó—. Ponlo con el hotelero y con todos los demás que encuentres abajo en la sala de billar, y tú quédate con ellos...

Te haré llevar allí a otras personas... Los dejarás en libertad de dormir...

de jugar... de charlar; pero les impedirás de forma absoluta que salgan. ¿Entendido?

Poco después se sentó en la silla en la que había dormido Sani.

—Ven aquí y hablemos. Servirá para aclararnos las ideas. Coge tú también una silla...

Sani pensó que, de hecho, necesitaba aclararse las ideas.

—¿Qué me decías hace un momento? Que no era posible que el asesino hubiera pasado por las escaleras o por el pasillo sin que tú o el agente lo hubierais visto.

Sin embargo, tú admites haber vagado del pasillo a las habitaciones, de este rellano al comedor, de allí al tercer piso, sin contar que yo, cuando bajé la última vez y pasé por este rellano, tú dormías y ni siquiera te diste cuenta de mi presencia...

Sani hizo un gesto de disculpa.

—Déjame terminar. No tiene ninguna importancia que tú durmieras, y te convencerás de ello dentro de poco...

Queda el agente. Sin duda, ese hombre, aunque se haya adormilado de vez en cuando, como yo creo, no se ha quedado dormido ni profundamente ni durante mucho tiempo.

Dadas estas circunstancias, que están comprobadas, no se puede pensar que quien ha herido a Carin Nolan...

limitémonos por ahora a considerar solo este último atentado...

haya entrado desde fuera, ni que haya realizado alguna acrobacia para llegar a esa habitación, ni que, en fin, haya tenido que recorrer un largo trayecto para acceder a ella.

Ese hombre tenía que contar con demasiados obstáculos.

¿Me entiendes? Si evitaba a uno de vosotros, no habría evitado al otro, y viceversa; si hubiera venido del tercer piso, se habría topado con Cruni; si hubiera subido de abajo, se habría cruzado con los dos agentes que estaban en el vestíbulo...

—Es cierto. Pero olvidas la escalera de servicio, que une la sala de billar con el segundo tramo del pasillo... Se abre en el ángulo, entre la habitación número 22, que está vacía, y la número 21, que es el pequeño apartamento de Belloni... La he visto ahora mismo...

—No la olvido. La tengo en cuenta, es más, y creo precisamente que ha tenido su parte en el primer crimen de ayer, el asesinato de Douglas Layng; pero esta noche no debe de haber servido...

En cualquier caso, el problema no cambia de términos, aunque supongamos, erróneamente, ya verás, que el hombre, para llegar a la habitación de la joven, hubiera pasado por ahí.

Igualmente habría tenido que vérselas, y solo, con el agente de guardia en el ángulo del pasillo, y habría podido aprovechar algún momento de sueño suyo o alguna breve ausencia.

Esto está claro. ¿Estás de acuerdo conmigo?

—Sí. Y esto demuestra...

—Un momento. Esto todavía no demuestra nada, o muy poco, y no nos indica en absoluto el nombre del asesino.

Sacó de nuevo el plano de las habitaciones y se lo mostró a Sani.

—Veamos qué personas se encontraban en este piso, cuando ocurrió el asesinato de Giorgio Novarreno y el ataque a Carin Nolan... En la habitación número 1, Bice Toffoloni, la esposa de Agresti... en la 2, Stella Essington... en la 3, Pompeo Besesti... en la 7, Nicola Al Righetti... en la 8...

—La mujer de los diablillos —completó Sani, y se rio. Más que otra cosa, sin embargo, esa risa le servía para aflojar un poco la tensión de los nervios.

—Ya... esa... En la 10, Donato Desatta...

en la 12, Mary Alton Vendramini... en la 19, Stefano Bardi...

en la 21, por fin, la familia Belloni...

Limitémonos a estos por ahora. Yo, por un juicio quizá arbitrario pero que no creo erróneo, de los hechos y de las personas, he eliminado de la lista de posibles sospechosos a Toffoloni, a Vittoria Jumeta Zogheb, a Donato Desatta, a la familia Belloni y a las camareras...

—¿Por eso me has hecho cerrar con llave la puerta de los Belloni y has hecho bajar a los demás?

—Para apartarlos del camino y tener las manos libres dentro de poco...

—¿Tú crees que...?

—¿Cómo quieres que crea algo?

—¿Qué piensas hacer?

—Esperar... Y, mientras esperamos, podemos seguir tranquilamente con nuestras reflexiones... Si añades a los dos del tercer piso, Carlo Da Como y Vilfredo Engel, y a esos dos ingleses llegados anoche...

—Esos no pueden haberse movido del saloncito azul...

—¡Naturalmente! Pero yo decía que, con los que he dejado en sus habitaciones en este piso, todas las personas del drama están al completo...

—De hombres, ahí dentro... —y Sani señaló la puerta del pasillo— ...solo quedan tres... Pompeo Besesti, Nicola Al Righetti y el jorobado Bardi...

—Ya. Pero Besesti no puede haber matado a Novarreno, porque yo estaba con él en su habitación cuando se cometió el asesinato... Y Stefano Bardi no podría haber clavado las tijeras en el pecho de Carin Nolan, por lo demás, por la misma razón... No queda, entonces, más que Al Righetti...

—¡Lo has visto! ¡Viene de Chicago, ese!

—¡Ya! Pero ninguno de los que he interrogado ha mostrado conocer ni siquiera su existencia...

Solo el jorobado Bardi me ha hablado de él como un pretendiente insistente y peligroso de Carin Nolan, y ha aludido a cierto episodio de cocaína ofrecida y no aceptada...

Pero el jorobado, ¡pobrecillo!, está enamorado de la joven noruega y, con su sensibilidad morbosa, puede muy bien haber exagerado...

y puede haberse equivocado, también cuando me dijo que Al Righetti era amigo de Da Como y había vivido con él en Londres...

—En cualquier caso...