16.
D e Vincenzi se había quedado paralizado.
La camilla de la Cruz Verde acababa de llevarse, en ese mismo momento, a Carin Nolan, a quien el golpe del asesino no había matado.
Esta vez, la mano homicida no había podido servirse de la navaja de muelle, y el golpe —asestado con unas largas tijeras— no había alcanzado el corazón.
La joven había quedado inconsciente; pero no estaba muerta, y cabía esperar que pudiera salvarse.
De Vincenzi lo deseaba con todas sus fuerzas.
Se sentía un poco culpable de este nuevo atentado.
¿Por qué no había entrado antes en la habitación de la joven noruega?
La audacia del asesino resultaba inverosímil.
Todos aquellos crímenes se habían cometido corriendo el máximo riesgo.
Desde el primero, complicado hasta el absurdo, hasta ese atentado contra Carin Nolan, atacada en su propia habitación, prácticamente bajo la mirada de quienes debían protegerla.
Si para entrar en la habitación de Novarreno el asesino se había servido de la ventana, esta vez había tenido que pasar por la puerta.
No podía, por tanto, haber venido más que por el pasillo.
Y el pasillo estaba vigilado por un agente, y en ciertos momentos por dos y hasta por tres, sin contar a Sani y a De Vincenzi, que lo habían recorrido y se habían detenido en él al menos un par de veces durante la noche.
Imposible admitir que el hombre hubiera venido de abajo o del tercer piso.
Arriba estaba Cruni, y abajo el vestíbulo estaba vigilado por demasiados ojos como para que nadie pasara inadvertido.
De Vincenzi se puso a examinar con atención la habitación de Carin Nolan.
Inmóvil en el umbral, Sani lo observaba, presa de una especie de terror supersticioso.
Para él, todo cuanto estaba ocurriendo pertenecía al dominio de lo sobrenatural, de lo diabólico.
Y él, que había sido el primero en reírse de De Vincenzi cuando este parecía tomar en serio la carta anónima, ahora se repetía sin cesar, con espanto, la frase banalmente teatral: «El diablo se ríe en cada rincón».
De Vincenzi no se había atrevido a quitar las tijeras de la herida.
¿Llamar al médico de siempre, quien, por lo demás, a esas horas, con el cambio de turno inminente y tras una noche de vigilia, se lo tomaría con calma?
De Vincenzi había preferido telefonear personalmente al Hospital Mayor para que enviaran con toda urgencia una camilla.
Había explicado de qué se trataba, rogando al personal sanitario que estuviera preparado para cuando llegara la mujer herida.
Y así, Carin Nolan había sido colocada en la camilla con las tijeras todavía clavadas en el pecho.
De Vincenzi las había observado: un par de grandes tijeras de acero, presumiblemente largas y afiladas.
Pero, en cualquier caso, la joven vivía, y De Vincenzi se había asegurado de ello por el latido del pulso y por el del corazón, que era fuerte y quizá febril.
Sin duda, la pérdida de sangre había sido copiosa.
No lo bastante, en cualquier caso, como para justificar la inconsciencia prolongada de la mujer.
Debían de haberle administrado también a ella, como a Douglas, algún narcótico.
Eran las trazas de la droga lo que De Vincenzi buscaba.
No las encontró. En la habitación no había más que un único vaso sobre la repisa del lavabo, y no había sido usado: perfectamente seco y ligeramente oloroso a dentífrico, contenía dos cepillos de dientes.
¿Una inyección, entonces, o un algodón impregnado de éter?
Allí dentro, con la ventana herméticamente cerrada, no se percibía ningún olor sospechoso.
De Vincenzi se detuvo en medio de la habitación, murmurando para sí:
—Nada.
—Es diabólico —articuló despacio Sani.
—¿Diabólico? —dijo con escepticismo el comisario.
—¿Puedes imaginar tú quién es el asesino? ¿Cómo ha conseguido entrar aquí, con el agente que no se ha movido del pasillo?
—¿De verdad crees que no se ha movido? ¿Que no se ha quedado dormido durante un tiempo, aunque fuera brevísimo, pero suficiente para permitirle al asesino cierta libertad de movimiento?
Sani se dio la vuelta con ímpetu, para llamar al agente; pero De Vincenzi lo retuvo.
—¡No! Es inútil. Tratemos de no perder ni un minuto y de realizar solo los actos absolutamente necesarios.
¿Qué quieres que te responda ese hombre?
Aunque negara de perfecta buena fe, ¿a qué conclusión deberías llegar?
El hecho cometido por el asesino está aquí...
visible... tangible, ante nosotros. ¿Podrían las declaraciones de ese agente destruir este hecho?
No, evidentemente. Y entonces, puesto que no es posible...
puesto que repugna a la razón humana que el asesino se haya vuelto invisible o haya atravesado las paredes, hay que admitir que ha cruzado esa puerta, recorriendo el pasillo dos veces, la primera para entrar y la segunda para salir de esta habitación.
—Pero... —objetó Sani—, yo no me he movido del rellano, o si lo he hecho, ha sido para bajar al vestíbulo o al comedor...
he subido la escalerilla del tercer piso...
he permanecido, en resumidas cuentas, siempre dentro del radio de acción del delincuente...
¡Y estoy bien despierto, yo! ¿Cómo es posible que no lo haya visto?
—Hay varias objeciones que hacer a tus afirmaciones. Y te las hago, porque considero precisamente necesario discutir la situación antes de actuar. Un movimiento en falso, un paso fuera de tiempo, ahora, puede significar la impunidad para el asesino.
—¿Qué quieres decir?
—Ya lo entenderás.
De Vincenzi se había sentado. Sacó del bolsillo el plano de las habitaciones del hotel, con los nombres de quienes las ocupaban, y se puso a estudiarlo durante unos instantes.
—Escúchame. Es necesario que sigas al pie de la letra mis instrucciones... ¿Cuántos agentes hay en el hotel?
—Cuatro, ya lo sabes... más Cruni y más el agente de guardia en la puertecilla que da a la parte trasera del edificio.
—Sí... cuatro...
De Vincenzi seguía con la mirada fija en el papel que tenía entre las manos. Sani lo vio mover los dedos y los labios para contar.
—Cuatro agentes... trece personas en este piso...
más un cadáver... Cuatro personas en el tercer piso, más otro cadáver...
Y abajo, el hotelero, la hotelera, los dos camareros, el trajinante y los cuatro jugadores de escoba...
Todavía no he terminado... los dos esposos Flemington en el saloncito azul, y el mozo, durmiendo en alguna parte... Demasiada gente...
—Y demasiados cadáveres —exclamó Sani.
—Ya... Pero esos, al menos, ya no nos molestan más...
—Se había vuelto cínico. Superado el momento de depresión, había recuperado toda la lucidez de su cerebro, y además una determinación fría e implacable.
La lucha se había vuelto terrible, y él la afrontaba, decidido a no ahorrarse nada y a no perdonar nada—.
Así que escúchame. Antes que nada, tú irás al fondo de este pasillo.
En el número 19 está el jorobado Bardi...
Asegúrate de que sigue ahí y de que... está vivo...
Luego pasa al número 21. Son dos habitaciones, una dentro de otra, una especie de pequeño apartamento.
Allí encontrarás a un tal Belloni, que es cajero del Crédito Indígena, con su mujer y su hija.
Es muy probable que estén durmiendo; en cualquier caso, abre también su puerta, míralos, examínalos, cuéntalos, luego discúlpate por lo que estás haciendo y cierra su puerta con llave, guardándote la llave en el bolsillo. ¿Entendido?
Sani asintió. Lo vio alejarse. Se quedó esperando, mirando las puertas cerradas, una a una. Sani volvió, con una llave en la mano.
—Me dijiste que cerrara solo el 21, ¿verdad?... ¿Y por qué no la puerta del jorobado?...
—¿Qué hacía Bardi? —preguntó por toda respuesta De Vincenzi, bajando la voz y hablando casi en un susurro.
Sani, al responderle, lo imitó.
—Me ha parecido que dormía... Ni siquiera debe de haberse dado cuenta de que he entrado...
—¿Tenía la luz encendida?
—Sí...
—¿Y tú la has apagado?
—No...
—Bien... Ven conmigo y hazlo despacio...
Volvió a subir un poco, hasta la puerta número 10, contigua a la ahora vacía de Carin Nolan, y la abrió, encendió la luz, entró.
Un hombre, que evidentemente dormía, al despertar sobresaltado se incorporó sentado en la cama, con los ojos desorbitados.
Un rostro carnoso, ojos de buey, labios abultados.
El escaso pelo, mal teñido, se le erizaba desordenado sobre el cráneo.
—¿Qué pasa? —logró decir, con voz ahogada.
—No se asuste. Nada malo para usted, salvo la molestia de bajar a la sala... Es necesario que reúna a todos los huéspedes del hotel...
—¿Pero por qué?... Yo soy Donato Desatta... soy el propietario del Orfeo... ¿Qué tengo yo que ver con el inglés ahorcado?
—Precisamente porque no tiene nada que ver, y estoy seguro de que no tiene nada que ver, le ruego que baje a la sala... Se lo pido por favor, naturalmente...
El hombre sacó las piernas de entre las sábanas. Llevaba un pijama de franela a rayas rojas y azul celeste. Buscó las zapatillas. No las encontraba. Fue De Vincenzi quien se las acercó a los pies. Él se incorporó, subiéndose el cinturón del pantalón sobre la barriguita prominente.
—Tengo que vestirme... —murmuró, pasándose una mano por el pelo.
—No importa... Hay que darse prisa... Mire, si quiere, póngase solo el abrigo sobre el pijama.
—Pero... presentarme así... entre la gente...
De Vincenzi le sostuvo el abrigo, se lo hizo poner y lo empujó hacia la puerta. Llamó en voz baja al agente de servicio en el pasillo.