El hostal de las Tres Rosas 15. #3
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15. #3

—Me había parecido que un hombre había entrado por la puerta del primer rellano de abajo, la que da a la escalera del tercer piso...

Yo estaba al final de la escalinata, casi en el vestíbulo...

Oí bajar a alguien... pero los pasos se detuvieron en el primer rellano y nadie apareció...

Pensé que era el mozo, que iba a buscar a la camarera.

Fue una curiosidad morbosa la mía, ¡lo reconozco!

Esperé unos diez minutos... luego subí yo también... Y vi el cadáver...

¿Había trasladado el asesino el cadáver hasta arriba precisamente en ese momento?

¿Le habían bastado esos diez minutos para poner la cuerda en la barra y colgar el cuerpo?

... ¿O ya había terminado la operación y volvía arriba para dar el último toque, para cuidar algún detalle?

¿Había oído subir a Bardi y se había escondido en el trastero empotrado...

el gemelo... y luego, aprovechando el momento de pánico suscitado por los gritos del jorobado asustado, había bajado deprisa...

? Sí, todo se sostenía; pero, una vez abajo, ¿cómo había hecho para entrar en el comedor sin ser advertido?

Y, en cualquier caso, si tenía que aceptar aquella reconstrucción —por ahora absolutamente disparatada—, ninguno de los que se encontraban en el comedor en el momento en que Bardi había dado la alarma podía ser el culpable.

Recordó las caras de todos aquellos a quienes había visto encerrados allí...

Y además, ¿no le había dicho acaso el comisario Bianchi que en las habitaciones del primer piso no había nadie?

Ni había entrado nadie después... Dejó de romperse la cabeza por el momento con aquel problema, que tenía toda la apariencia de ser insoluble, y retomó el interrogatorio deprisa.

Había un punto todavía —importante— que quería aclarar.

—¿Cuántos años lleva viviendo en las Tres Rosas, Bardi?

—Diez años... Antes trabajaba en Lausana... Vine a Milán en 1909 y fui a parar enseguida a este hotel.

—Entonces, en 1914 usted ya estaba aquí.

—Sí. ¿Por qué?

—¿Vio usted a esa señora de luto que llegó ayer?...

—¿La señora Alton Vendramini?

Bardi se había incorporado sobre los codos y miraba fijamente al comisario.

—Precisamente. ¿La conocía?

—¡Ah!... Sí... ¡Estaba seguro de haberla visto otras veces!... Se lo he dicho también a la señora Maria... ¡Es así! ¿Ha dicho 1914?... ¡En efecto! Vivió en este hotel, ese año... pero no se llamaba Alton Vendramini... No, no me parece que tuviera ese nombre...

—¿Estaba sola?...

Fue casi un grito.

—¡Pero si se casó aquí, esa señora! ¡Claro! Se casó con el mayor Alton... un inglés bastante mayor que ella... Todos se reían de eso... Fue una boda que dio mucho que hablar en el hotel... también porque se celebró en la iglesia evangélica de la plaza Missori... ¡y ella, la señora, era católica!...

—¿No recuerda otros detalles?

—No. Se marcharon al día siguiente de casarse.

—¿Y antes?

—La señora llevaba aquí unas semanas... Luego llegó el mayor... Se conocían, ella lo esperaba... se casaron enseguida...

—¿No recuerda nada más? ¿Qué personas frecuentaba la mujer antes de la llegada del mayor... la vida que llevaba... nada más?

—¿Cómo quiere que lo recuerde? Han pasado cinco años... ¡Tanta gente he visto aquí dentro!...

Y volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada.

Cerró los ojos. De Vincenzi lo miró unos instantes, luego abrió la puerta y salió al pasillo.

¿Le había contado Bardi todo lo que sabía?

Ahora, el problema más urgente era poner a salvo a Carin Nolan.

Había tomado la decisión mientras interrogaba al jorobado.

Y había hecho todo un plan. Todavía no sabía nada, él.

Nada de nada. Pero, aunque fuera en estado crepuscular, una hipótesis se iba concretando en su cerebro.

Tenía el valor que tenía, esa teoría, así, sin siquiera el principio de una prueba.

Pero que Carin Nolan corría un peligro serio era evidente.

Y tanto más lo corría cuanto más se acercaba la hora en que el abogado Flemington debía convocar a los presuntos herederos de Harry Alton.

Por eso De Vincenzi había decidido alejarla del hotel.

La convencería de aceptar durante unas horas su hospitalidad, y la haría acompañar a su casa, confiándola a los cuidados de la buena Antonietta, su vieja gobernanta.

Era una medida absolutamente ilegal y no prevista por ningún reglamento.

Pero él, mientras pudiera, se preocupaba poco de los reglamentos y de la legalidad, y estaba bien decidido a adaptar los medios de acción a las circunstancias.

Llamó a la habitación número 9 y no obtuvo respuesta.

Estaba tan agitado, y el triste presentimiento operaba tan profundamente en él, que no esperó más que unos segundos y de inmediato giró el pestillo y abrió la puerta.

La habitación estaba a oscuras, pero el silencio de tumba que reinaba en ella le dio de inmediato la sensación de la catástrofe.

Accionó el interruptor y miró la cama. Enseguida se volvió hacia el pasillo, y llamó a Sani y a los agentes, gritando sus nombres con voz metálica.

Sobre la cama estaba tendida una mujer, y tenía algo reluciente sobre el pecho, en medio de una amplia mancha roja...

El rostro de la mujer era cerúleo, bajo la masa de cabellos negros.