15. #2
Una crisis de furia. Lanzaba patadas al vacío.
Se debatía. Resbaló hasta el suelo y empezó a revolcarse, golpeándose la cabeza y los pies contra las esquinas de los muebles; le salía espuma por la boca.
Fueron diez minutos de lucha contra un poseso, que le daba lástima y a quien no quería en absoluto hacer daño.
Cuando logró llevarlo de nuevo a la cama, si él estaba exhausto, deshecho, De Vincenzi estaba extenuado.
Se incorporó y se recompuso la ropa, la corbata, que en la lucha se le habían descompuesto.
Había un espejo colgado en la pared, sobre el lavabo, y De Vincenzi sorprendió en su propio rostro los signos de un cansancio mortal.
Tenía los ojos profundamente ojerosos y dos surcos se le marcaban en las comisuras de la boca.
Suspiró. Luego esbozó una sonrisa resignada.
Era su oficio, eso... Miró el reloj: las siete menos cuarto.
Pronto amanecería. ¿Qué más ocurriría todavía?
¿Qué había ocurrido que él ignoraba? Durante unos instantes, fue el pánico lo que se apoderó de él, dándole la sensación de no tener escapatoria.
Tuvo que reaccionar con violencia sobre sí mismo.
Como tenía los nervios sanos, logró dominarse.
Pero el presentimiento, oscuro e inasible, impreciso, persistía.
A toda costa debía actuar. Se dirigió a la puerta, y cuando tuvo la mano en la llave, se dio cuenta de que Bardi había abierto los ojos y lo miraba fijamente.
Sintió como un soplo, de tan bajo que hablaba, casi sin mover los labios.
—¡Es mi enfermedad!... Esta vez se me ha pasado sola... ¿Quiere darme el calmante, por favor?
Y señalaba la cómoda, tendiendo la mano.
Qué mano. De Vincenzi la miraba, fascinado.
Larga, simiesca, con gruesos nudos blancos en las articulaciones de los dedos.
Tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada de ella.
Sobre la cómoda vio una botella con una etiqueta amarilla.
Había una cuchara. Le dio la pócima. Mientras todavía estaba vuelto, para volver a dejar la botella y la cuchara sobre la cómoda, el otro habló.
—Pregunte lo que quiera. Le diré lo que sé...
Se volvió y lo vio con los ojos cerrados. Pálido hasta impresionar. Comprendió que debía aprovechar el momento, aquel estado suyo de depresión debilitante, y que debía darse prisa.
—¿El nombre del hombre?
—El americano... Al Righetti...
—¿Llegaron al mismo tiempo al hotel, él y Carin Nolan?
—No... El americano, un mes antes...
—¿Le hacía la corte?
—Sí.
—¿Y ella?...
Una sonrisa dolorosa contrajo los labios de Bardi.
—Ella... Creo que le gustaba...
—¿Escribió la carta solo porque el americano le hacía la corte a la chica?
—No... Aquí dentro... se juega... Es un lugar de corrupción.
Muchas mujeres toman cocaína. Un día... yo estaba detrás de la puerta acristalada que separa el comedor del vestíbulo...
vi al americano abrir una cajita de plata y ofrecerle un polvo blanco a la chica, para que lo aspirara...
comprendí que el objetivo de ese hombre era perderla, arruinarla... Entonces, escribí.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace dos o tres días. Escribí la carta la misma noche en que presencié el hecho...
—¿A qué se dedica Al Righetti?
—No sé. A nada, creo. Tiene dinero.
—¿Conoce a Engel?
—No me lo ha parecido.
—¿Y a Da Como?
—Sí. A ese sí. Deben de haberse conocido en Londres. Alguna vez, entre ellos, delante de los demás, han recordado episodios comunes... vividos en Londres...
—¿Con quién tiene especial intimidad el americano?
—Con nadie. Al principio casi ni hablaba con los demás...
—¿Y con las mujeres?
—Debe... de haber tenido cierta... intimidad con Stella Essington... Pero desde que llegó Douglas Layng, aquella se había pegado al inglés y Al Righetti se había apartado enseguida...
—¿De Besesti qué sabe?...
—¿Qué tiene que ver Besesti? Es rico. Se queda muy poco tiempo abajo, en la sala. Nunca lo he visto jugar...
—¿Besesti conoce a alguien aquí dentro... de manera especial?... Quiero decir, ¿tiene amistad con alguien?
—Con Engel... A veces incluso sube a su habitación... hasta arriba del todo...
Y tuvo un estremecimiento al recordar lo que había visto allí arriba.
—¿Qué intereses puede haber entre esos dos?
—Besesti debe de haberle dado dinero al inglés... pero no en préstamo... no sé... Quizá se lo debía... Me ha parecido entender que entre ellos había relaciones antiguas...
—¿Y Novarreno?
—El levantino no conocía a Besesti... quiero decir, lo conocía como a todos los demás... Aquel charlatán siempre encontraba el modo de hablar con quien quería... nadie se le escapaba... pero en cuanto a intimidad...
—Bardi —dijo con voz grave De Vincenzi, tras una brevísima pausa—, ayer por la tarde, ¿dónde estuvo usted?
—Tuve que salir nada más desayunar, para visitar a algunos clientes... Pero a las cuatro ya estaba en el hotel...
—¿Dónde?
—Aquí dentro...
Una sonrisa, y luego continuó:
—Le habrán dicho que yo ando continuamente por todo el hotel... que me ocupo de los asuntos ajenos... Eso es lo que quiere saber, ¿verdad?... Ayer me quedé en mi habitación. No me encontraba bien.
—¿Y Carin Nolan?
Fue con esfuerzo como respondió:
—Había salido... con Al Righetti... Volvió a las seis...
—¿Está seguro de que salió con el americano?
—Lo creo... Los oí hablar en el pasillo, hacia las seis... Puede ser, sin embargo, que ella hubiera salido sola y que se hubieran encontrado en el pasillo...
—¿A qué hora bajó usted a la sala, anoche?
—Poco después de las siete...
—¿Notó algo raro en el pasillo?
—Nada...
—¿Por qué subió usted al tercer piso, anoche? ¡Dígame la verdad!...