15.
A mitad del segundo tramo del pasillo del primer piso, De Vincenzi oyó el traqueteo de la máquina de escribir.
Un sonido extraño, la verdad, descosido, entrecortado.
«Una máquina viejísima en la que solo él es capaz de escribir».
¿Qué podía estar escribiendo a esas horas el jorobado Bardi?
El relato de Engel, la parte que en todo aquel drama venía a representar Carlo Da Como, le habían revelado muchas cosas.
Las diversas personas de aquella aventura trágica empezaban a cobrar para él una fisonomía nítida, a vivir en su propio plano, iluminadas por su propio pasado.
Pero todavía no lograba ver con claridad.
¿Cómo podía haberse cometido el atroz asesinato de Douglas Layng?
¿Cómo, sobre todo, habían logrado mantener oculto el cadáver durante toda una tarde?
¿Y con qué diabólica habilidad habían conseguido trasladarlo desde la habitación en la que lo habían tenido escondido hasta el último piso, aunque fuera aprovechando el momento en que todos los huéspedes del hotel estaban en el comedor o fuera?
¿Podía significar el medio gemelo encontrado en el trastero empotrado que el cadáver había sido metido allí dentro?
Absurdo. ¿Pero se había escondido allí el asesino?
¿Le pertenecía a él ese gemelo? Lo que sobre todo seguía sin lograr comprender era la razón por la que habían querido colgar el cadáver en el rellano y dejar caer el papel escrito a lápiz, todo en mayúsculas, al pie de la escalera empinada.
¿Para quién habían montado la comedia, y a quién iba dirigido aquel mensaje terrorífico en su deliberada laconicidad?
—Soy yo otra vez, señor Bardi...
La habitación era pequeña y toda llena de cajas, de maletines.
Los había amontonados contra las paredes, entre las cuatro patas de la mesa, quizá también bajo la cama...
Sobre la mesa, la máquina de escribir, un fajo de hojas, recogidas en varias carpetas de colores...
De Vincenzi se sentó en la única silla, junto a la mesa.
Enseguida, fingiendo mirar a su alrededor, trató de leer la hoja puesta en la máquina.
—Estaba escribiendo una carta de negocios...
Despacio, De Vincenzi sacó del bolsillo la carta anónima, la desplegó, comparó sus caracteres con los de la hoja de la máquina.
Veuillez bien m'envoyer une Longines en or serie A.B.F.
22270... «Hay un local en Milán donde toda la noche se juega frenéticamente...
» ¡Idéntica! Misma i sin punto... misma n con una pata sola y la otra corroída...
La alineación problemática de las letras era igual...
El jorobado lo miraba. No había hecho ningún gesto.
Solo se había apoyado en el cabecero de la cama, pasando los brazos entre los hierros, casi para sostenerse.
—¿Por qué, señor Bardi, escribió usted esta carta y la envió a la jefatura de policía?
De Vincenzi había dejado, con indiferencia, la carta sobre la mesa, casi como para dar a entender que no le concedía ningún interés, y hablaba con voz suave.
—¿De verdad está seguro de que la escribí yo?
Respondía por decir algo, por ganar tiempo.
—¡Oh! Nada malo... La intención era excelente, y los hechos lo han demostrado... Quería prevenir... evitar todo lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo...
—Yo no sé nada.
—Eso es otro asunto, ¿no le parece?... Si quiso avisar a la autoridad... ponerla en guardia contra un peligro que se cernía sobre las personas reunidas en este hotel, ¿por qué quiere callar ahora? Precisamente ahora que, hablando, puede salvar una vida humana, y quizá más de una...
—¿Qué quiere decir?...
—Que el asesino todavía no ha terminado su obra... El asesinato de Douglas Layng no ha sido más que el principio... Y el de Giorgio Novarreno soy de la opinión de que ha sido completamente casual... Ya ve que le hablo con toda franqueza...
Bardi se había incorporado.
—¿Qué dice?... ¿También han matado a Novarreno?
—¿No lo sabía?... —dijo con candor el comisario—. ...Oh, entonces... quizá yo... Pero ¿qué le pasa? ¿Se encuentra mal?
Tuvo que correr a sostenerlo y lo cogió en brazos para depositarlo en la camita.
Qué extraña sensación de ligereza. Un niño habría pesado más.
Jadeaba, y los pómulos se le habían encendido —dos puntos escarlatas, exactamente— sobre la lividez terrosa del pobre rostro demacrado, sin carne.
Lo hizo beber, y el agua le corrió por la barbilla y por el cuello.
Parpadeaba. Poco a poco se recuperó, y enseguida se incorporó de golpe, con las piernas en el suelo.
De Vincenzi hizo ademán de retenerlo, tan clara le pareció la impresión de que quería huir.
—Novarreno... —articuló—. ¡También él!... ¡Oh, y yo que creía...!
Se interrumpió, mordiéndose los labios con fuerza. De Vincenzi se puso serio.
—Bardi, ¡ya es hora de terminar con las reticencias! Es un juego que no puede prolongarse, y yo lo haré cesar a toda costa. A toda costa, ¿entiende?... ¿Qué sabe usted? ¿Qué ha visto? ¿Quién es ese que lo aterroriza hasta el punto de impedirle hablar?
Le lanzó una mirada desesperada.
—¡Pero si no sé nada!... Yo no conocía a ninguno de todos ellos...
¿Por qué escribí la carta? ¡Hice mal! No debía entrometerme...
Pero esa criatura me daba lástima... ¡Veía que estaba a punto de caer!
¡Tan buena... tan hermosa!... Me desgarraba el corazón...
También intenté hablarle... Pero no lo conseguí...
¿Qué habría pensado de mí, si le hubiera dicho que no debía fiarse del cortejo que le hacía aquel hombre?
... En el fondo, ni siquiera sabía quién era...
La cocaína... ¡sí, la cocaína la he visto!
Pero ella se había negado a tomarla... ¡se había echado a reír!
Y el otro se guardó enseguida la cajita, fingiendo haber gastado una broma...
¿Podía bastarme eso para decirle que había observado las miradas de él...
que había sentido terror ante esas miradas?
... No había sido una broma... ¿Pero cómo demostrárselo a ella?
¡Y además yo! ¡Precisamente yo, a quien ella nunca dignaba de una mirada!
... Entonces, escribí... ¡Hice mal! Pero el ahorcado...
Novarreno... todo lo demás... ¡No, no!...
¡Yo no sé nada! ¡Yo no sé nada!... ¡Y no habría imaginado que aquí dentro...
en este hotel... después de tantos años que llevo viviendo aquí...
¿Qué quiere que le diga? Estoy solo en el mundo, y había llegado a considerar este lugar como mi casa...
los que vivían aquí constituían para mí...
¡mi familia!... ¡No, si me hubieran dicho que pasaría aquí dentro una noche de pesadillas atroces como esta, no lo habría creído!
Incluso en el estado de agitación en que se encontraba, mientras hacía aquel desahogo lastimero, le habían salido frases melodramáticas de novela romántica para modistillas.
Un sentimental de una sensibilidad morbosa, que se altera, se disgrega, se exalta en su propia obsesión.
Cuántas veces, con la joroba toda sacudida por los sollozos, había tenido que llorar de amor en aquella camita, sobre aquella almohada, por una mujer que quizá lo evitaba, o que se le acercaba solo para rozar supersticiosamente su deformidad de buena suerte.
De Vincenzi sintió una infinita compasión por aquel pobre ser humano, solo en el mundo.
Pero lo esencial para él debía consistir en el hecho de que aquel pobre despojo humano sabía, en realidad, muchas cosas.
—Bien, bien, señor Bardi... Usted no tiene nada que ver en todo esto...
Y además, la pesadilla también pasará...
¡Lo hecho, hecho está, por desgracia! Los muertos no resucitan.
Pero la justicia humana existe y debe actuar en defensa de la sociedad...
Sobre todo, tengo que impedir que sigan otras víctimas a las que ya ha habido.
Debe ayudarme. Entonces, la inocente asediada sería... ¿es...?
El otro lo había escuchado, tratando de calmarse, de jadear menos fuerte; pero seguía agarrándose con las manos a la manta blanca de la cama, y de vez en cuando lanzaba miradas de terror hacia la puerta, que había quedado entornada. De Vincenzi fue a cerrarla, giró la llave, volvió hacia él.
—En el pasillo están los agentes... No tiene nada que temer... Dígame... la mujer de la que se habla es... ¿Carin Nolan?
Los ojos tuvieron un destello desesperado.
—¡Defiéndala! —exclamó de inmediato, con acento sublime, iluminándose. Su secreto se le había escapado con esas palabras.
—¿Contra quién? ¿Quién es el hombre que la asedia? ¿Quién es el hombre que le hacía la corte y que quería darle la cocaína?